Los días del sillón

Mecedora vacía
Fotografía: cortesía de Missouri Historical Society, St. Louis. Adaptación cromática pop vintage y encuadre: Suburbano.

Me duelen el sillón detenido
y tus cabellos blancos,
saber que ya no andas
por la casa de abuela.

Que no hay cuentos de Historia de Cuba,
ni referencias a Alejo Carpentier.

Que ya no estás para hacernos entender
que tú mismo eras la historia.

Me duele tener que aprender;
decir “abuela”
cuando hablo de lo que se quedó en Cuba.

Sustraerte del plural,
como si el absurdo justificase
semejante asesinato a la gramática.

Como si nombrarte en pasado
bastase para borrarte
de las calles de Matanzas.

Como si la cordura exigiera
la desaparición de tu sombra.

Se empeñan en contarme un mito:
El absurdo del fantasma innombrable.

Nadie me ha dicho que te has muerto.
No decimos que no estás.

Ausencia.

Nunca he visto a los güijes
entre las rocas de los charcos
en los pantanos de Oriente,
ni le he agarrado la cola
al ratoncito Pérez.

Si lo inconcebible no existe,
y lo irreal es cuanto escapa a la lógica
del deber ser de las cosas
en El reino de este mundo,
entonces, estás en el sillón.

La Mesa Redonda
te cuenta sus mentiras,
tú las crees y,
por una vez,
no te vamos a regañar.

Estás aquí.

Yo no te vi morir.
(Discúlpame)

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