Relación tardígrado

Río visto desde el aire

Los ríos no fluyen cuesta arriba,
se precipitan gravitacionalmente.

Desean ir a morir
en aquellos espacios donde el océano se agota
y, gota en mano,
el río sale a caminar los siete mares
que un día narraron la historia del hombre
en su caza de ballenas;
los mares,
leyenda de antiguas razas ajenas al absurdo,
donde los hombres fueron hormigas mutantes
arrojadas a la sal,
donde las olas y las estrellas nocturnas
perdonaron la vida de Cristóbal y Magallanes;
donde un Dios permitió hacer historia.

Los ríos no fluyen cuesta arriba.

Se mueren en los océanos
y se funden entre las orillas del mar;
ni siquiera los ríos rebeldes,
amantes de laguna,
los que quieren vivir, gota a gota,
en las cerradas masas
del interior de los continentes.

Los ríos no fluyen cuesta arriba.

Se van hacia los otros ríos,
persiguen las corrientes secundarias
y se escabullen entre afluentes,
o yacen en el subsuelo.

Antes que andar cuesta arriba,
el río prefiere andar las ranuras de la tierra
y que su agua inunde
las zonas del desierto
o de la roca.

Antes que andar cuesta arriba,
el río prefiere, incluso,
evaporarse.

Pero hubo,
al menos una vez,
en la que el Mississippi
corrió cuesta arriba.

Y es que,
aunque el agua apague el fuego
y, por regla común,
nos cuenten las hojas de otoño
que los ríos no se incendian,
más de una vez
el Cuyahoga se prendió en llamas.

Y es que los ríos son como esa regla
que falla
cuando confiesa que dejó atrás al helio
y que, por más que lo enfríes,
nunca se hará hielo.

Es como esa ranura
en el punto exacto
de la extrema pureza del agua,
que se sostiene líquida
en el 0 °C.

Como un ornitorrinco.

Así como los topillos
sin receptores de oxitocina
demostraron que,
sin el «receptor del amor»,
igual se podía amar;
y como algunas estrellas nos contaron
que se podía sobrevivir
a la explosión de una supernova,
pese a que se decía por ahí
que una explosión estelar
destruía todo lo que tuviese
demasiado cerca.

Los ríos no deberían fluir cuesta arriba
ni deberían incendiarse.

El helio tendría que ser menos egocéntrico
y aceptar su destino de congelación,
así como el agua debería ensuciar su pureza
—demasiado escandalizante—
y aceptar su congelamiento
en el punto del cero.

Quizás no deberían existir los ornitorrincos,
ni los topos demasiado románticos,
ni las estrellas aferradas al espacio.

No debería haber vínculos tan abstractos,
amores tardígrados,
ni humedad en el desierto.

La gente debería entender
que la distancia fractura,
que el cuerpo merece el contacto
del deseo del otro
y no bastan las ganas
para cubrir territorios
y cazar fronteras,
que los besos no se hacen
cosiendo banderas.

La gente tendría que comprender
que no se sobrevive la espera,
que no hay relación que exista
cuando existe la distancia,
que deberían saber
que no se puede tocar el alma
a través de una pantalla.

Pero, a veces,
los ríos fluyen cuesta arriba
y el agua se incendia;
a veces el líquido se rebela
quemando con frialdad,
sin hacerse hielo,
y el agua te dice
que no se congela
porque es una reina;
y el ornitorrinco camina,
y los topillos sin amígdala
eligen quererse,
y las estrellas no se mueren
aunque las arrase una supernova.

A toda regla
asalta una excepción.

Y tú
eres la mía.

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