El mal no existe

Takumi en el bosque, en El mal no existe
Fotograma de El mal no existe (2023). Fuente: Janus Films.

Glamping es una palabra que emana glamour. No en vano, deriva de la fusión del mismo término con la palabra camping y, como no podría ser de otra forma, proviene del mundo anglosajón. Eso de acampar entre los espesares del bosque teniendo todas las comodidades podía ser propio del Sultán del Imperio Otomano o de las grandes cacerías coloniales en África. Pero no fue hasta iniciado el siglo XXI, en 2006, cuando se comercializó por primera vez en el Reino Unido. De ahí el nombre.

De eso, de glamping va El mal no existe (2023) la película que el director japonés Ryūsuke Hamaguchi estrenó después de Drive My Car (2021), su éxito más internacional, película que se hizo acreedora del Óscar a la mejor cinta extranjera en 2021. A diferencia de Drive My Car, filme basado en un cuento de Haruki Murakami, El mal no existe no va de incomunicación ni de relaciones rotas en la gran ciudad (o no del todo). Va de veredas junto al bosque que se quieren llenar de esterillas. La trama se desarrolla en un pequeño pueblo de montaña. Allí una promotora quiere instalar un glamping, con la incomodidad que eso genera para los habitantes del lugar, que sospechan que esas esterillas de lujo transformarán su día a día.

Para suavizar tensiones, la empresa promotora envía a dos trabajadores. Una pareja: Takashi y Mayuzumi. Ellos sí sufren la incomunicación de la gran ciudad en sus biografías. Han crecido allí y les ha supuesto una serie de problemas. Trabajan para una gran empresa pero sus debilidades les permiten entender las preocupaciones de los habitantes del pueblo, particularmente, del viudo Takumi. Sus particularidades y sus zonas oscuras los humanizan y los separan del capital que les paga. Son seres empáticos. Es desde esa humanización como el espectador contempla sus esfuerzos por relacionarse con los nativos, sus intentos por llevar su empresa a buen puerto y que sea algo que revierta para todos. Sin embargo, cuando la pequeña hija de Takumi desaparece en ese bosque de hermosos alerces que se plasman en las imágenes, la película vuelve a empezar y todo se acaba desencadenando, no sin cierta magia, no sin cierto horror.

La acequia que separa a un grupo humano de otros cuando estos aparecen en su mundo parece estrecha y fácil de vadear. Sin embargo, el líquido cultural del que se nutren esas regueras emana efluvios que pueden levantar barreras infranqueables. De esos vapores surgen el mal y la incomprensión, lo que nos lleva a no entender a los otros en sus miserias. Eso se simboliza con los dos ciervos: la madre y la cría, que encarnan simbólicamente el final y desencadenan el enfrentamiento entre Takumi y Takashi. Poco tienen que ver esos animales con los chotos que asaban los amigos de mi padre o con los olivos de mi infancia. Y, sin embargo, la carga alegórica que esconde me llegó hondo. Es lo mejor de la película. Ese lenguaje resulta atávico y, por tanto, debería ser universal. Cuando escucho a personas cercanas hablarme de lo inexplicable de la secuencia, entiendo que lo hemos perdido. Y es que El mal no existe no es un drama rural. Es el grito de quienes habitan la naturaleza.

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