Entre 1999 y 2000, la investigadora de la literatura fronteriza mexicana, Diana Palaversich, originaria de Europa pero residente australiana, vino a Baja California para entrevistar a los escritores de la entidad. Por aquel entonces conseguí una antología de literatura australiana, donde destacaban los poemas de Bruce Dawe. En los versos de este poeta descubrí que Australia y Mexicali, la ciudad fronteriza donde vivo y escribo, coincidían por su entorno desértico, por sus espacios abiertos, por su luz sin límites. Y Dawne me pareció un escritor afín a mis propios intereses como poeta: el de un autor que vive en las márgenes del planeta, pero que está atento a lo que sucede en el mundo. Le pedí a Palaversich que le entregara un poema que le dediqué a Dawe. Lo llamé “Carta entre dos continentes”:
En algo nos parecemos Bruce Dawe:
Vivimos en las márgenes del mundo
En la periferia de los grandes acontecimientos
Nuestra poesía se nutre de las noticias
Que llegan de lejanos países
Donde el horror es pródigo
Y la violencia costumbre cotidiana
Ese es el problema de no ser
Parte de la historia: de no estar inscritos
En el libro de las causas justas
O en el manual de los partos prematuros
No somos más que testigos
En la última fila del foro
Espectadores anónimos de la catástrofe
Que celebra su festín en otros cuerpos
Y tú sabes: Bruce Dawe:
Que sólo contamos con la poesía
Para no olvidar lo frágil que somos
Ahora que las esquirlas de la muerte
Pasan a lo lejos y la sangre se derrama
En distantes calles y suburbios
Porque eso no es defensa suficiente
Para escapar al corazón de las tinieblas
Ni atenúa el opresivo dolor que nos oprime
Cuando vivimos pegados a la pantalla
Que a diario se ilumina con el fogonazo
De batallas campales y asesinos a sueldo
Sí: Bruce Dawe: somos gente afortunada
Y los versos que escribimos en silencio
Desde los desiertos de México y de Australia
Sólo nos confirman que el mundo carece
De santuarios permanentes: excepto
En las palabras que riman su consabida
Consonancia: en las metáforas que creamos
Para sobrellevar la jauría de las depredaciones
Y son las que dan sentido a nuestras vidas
Color al horizonte después de la tormenta:
Time, pain, love, hate, age, war, death, laughter, fever
Hasta que el tiempo nos amase y nos olvide
Y volvamos a ser arena en otros labios
Espejismos en la cima del verano
En 2001 recibí respuesta de Bruce desde Golden Beach, Australia. Era una carta manuscrita donde Dawe me informaba que no sabía más que dos palabras en español: “¡hola!” y “amigo”, pero que gracias a Diana había leído mi poema:
Diana Palaversich very kindly passed on your poem, “Bruce Dawe: a letter between two continents”, to me, which I read with great appreciation. Yes!, all that you say is true I do feed “on news/that arrives from far away countries”, and so “I am a witness in the last row of the forum” (I once did a short political series I called “Circus Mimmus”, satirizing Queensland politicians of the now blessedly defunt Bjelke Petersen era).
I am sometimes referred to as though I write nothing but satire, to which I often reply that even poems about home, family, children, are related to the belief that when the sky falls and war happens or dictatorship crafts its shadow over a country– it´s home, family, children, friends; every bond that is affected. And how true today (for Americans, too) is your assertion “that the world lacks/Permanent Sanctuaries”. And it is equally true, as you say, that rhyme and metaphor (and all the building blocks and forms) are our special emergency service materials with which we and countless others seek to renew the horizon “after the storm”.
I have included for you a recent poem I wrote which sums up (for me) that weller of experience which life offers each one of us.
La carta de Bruce Dawe incluía, como él lo decía en su misiva, un poema que dialogaba con el mío, “Autobiography”, el cual es un manifiesto de lo que significa escribir desde los márgenes de la historia, desde la orilla del mundo, sin perder el vínculo con los acontecimientos que se suceden en su desfile de cataclismos y tragedias:
I lived for a certain number of years on the earth’s surface,
like many of my kind,
remote from the tsunami of wars, plagues, ‘quakes, great floods, etc.,
was loved by my family, loved in due course that family which I had
a small part in creating,
was loved by others as well, despite my limitations, as if there
was something else there
beneath the Martian rubble of self-interest,
wrote love-poems for divers persons, longed for God from an essentially
pagan basis of feelings,
believed in the unseen sun though I never found a way out of Plato’s cave,
was most at home with dawn and sunset, wondered over
the limitless mystery of being, the infinite worlds
moving in panorama in the Serengeti of the imagination, admired particularly
the indomitable will to live in the tiniest, was moved profoundly
by songs, saints’ lives, heroic actions on battlefields, in prisons
in the fearful Plötzensees and Lubyankas of history,
in hospital wards and research facilities,
and would have honoured them even more had I had the skills and knowledge,
shared humankind’s inexhaustible dreams of freedom, was comforted to know
those dreams are passed on, like the gift of fire, from Periclean Athens
to Myanmar and beyond,
never had an adequate answer for fruits and flowers and candle shines,
and wouldn’t have missed for anything
having lived (like you) for a certain number of years on the earth’s surface.
Al final, lo que nos hermana es el ejercicio de la poesía como un catalizador de la realidad, como una manera de ver el mundo en sus elementos esenciales: desde la lucidez, desde la imaginación, desde la vida misma en sus misterios y paradojas. La poesía como talismán para advertir los peligros con la luz de las palabras, para curar los males desde la sabiduría de la experiencia, para aprender de la historia de la humanidad con su salvajismo letal, con sus sueños de poder, que sólo somos gente en apuros, pero gente que no cierra los ojos ante el vendaval que ruge por todas partes:
Los árboles se curvan con el viento
Resisten la ventisca sin quebrarse
Así nosotros: en este rincón
Del mundo: en esta esquina del planeta
Bruce Dawe nació en 1930 y durante toda su vida fue un hombre que no le tuvo miedo al trabajo: fue obrero en una fábrica de vidrio y en una de baterías, fue cartero y piloto de la Fuerza aérea australiana, y al final, ya como poeta, llegó a ser profesor de lengua inglesa en instituciones educativas de poblaciones pequeñas de su país. Escribió poesía sobre los desamparados, los marginados, la gente común, porque en ellos veía el verdadero espíritu de Australia, tierra de migrantes que, como su familia, vinieron desde Inglaterra y Escocia a contribuir a un vasto continente, donde la naturaleza y la cultura aborigen tienen un peso enorme a la hora de cantar sus maravillas, de contar sus tribulaciones, de hacer de sus paisajes y personajes materia elemental de su identidad. Eso era lo que nos unía: la matriz de las arenas, los espejismos del desierto, la narración minuciosa de pueblos en la periferia del mundo. Siempre me encantaron los títulos de sus poemarios: Ola de calor, Ojos por diente, Sin domicilio fijo o Hacia el amanecer. Era un poeta con profunda capacidad de observación: veía el sol brillante de su comunidad como las largas sombras de su historia. Y era un hijo de su tiempo, de las guerras y vicisitudes de su nación. Y como todo hijo de lo azaroso, sabía defenderse con el humor ácido del que lo has visto todo y ha seguido adelante, del que nada tiene que perder porque es el lenguaje su mayor ganancia. Murió en 2020 y en su legado poético más que el silencio meditabundo hay el zumbido de las moscas, el furor de la vida que nunca descansa, la tozudez del que se sabe eternamente efímero. Ese era el poeta Bruce Dawe: una muesca en la roca, un canto de júbilo, un parpadeo. O como gustaba decirlo: una galleta mordida, sin acabar: that pride of life no language can define.





