
para Bill Nericcio, investigador texano-californiano
Buena parte de los autores policíacos mexicanos que aparecieron en las primeras cuatro décadas del siglo XX, escribieron relatos provenientes de hechos criminales que conocieron de primera mano por las actividades que realizaban, ya fuera como periodistas de nota roja, policías dedicados a casos célebres de robos y homicidios, agentes del Ministerio Público o abogados en el sistema de justicia federal, que utilizaron sus experiencias laborales para escribir ya fuera sus memorias de los casos en que participaron como de los personajes que llegaron a conocer. Hablo de autores como Santiago Méndez Armendáriz, Guillermo Mellado, cuyo seudónimo era Nick Carter, y Anastasio Manzanilla, cuyo seudónimo era Hugo Sol. A este terceto de periodistas-policías-escritores les tocó vivir la transición del Porfiriato al régimen revolucionario.
De todos ellos me centraré aquí en Santiago Méndez Armendáriz, quien estudio Derecho y se graduó en 1908, siendo testigo de los usos y costumbres judiciales de la dictadura del general Porfirio Díaz, así como de la revolución maderista, del golpe de estado del general Victoriano Huerta y del triunfo de la revolución carrancista hacia 1915. Un año más tarde vivía exiliado en los Estados Unidos, donde publicó, en San Antonio, Texas, un folleto de un poco más de 70 páginas titulado Vida y milagros de Pancho Reyes (El detective mexicano), donde aparecían dos cuentos sobre las andanzas de este detective que, utilizando los métodos deductivos a la Sherlock Holmes, encaraba casos criminales con astucia, ironía y análisis certero de las evidencias a su disposición. En 1971 el crítico estadounidense Luis Leal lo dio a conocer en su Historia del cuento hispanoamericano, pero se lo atribuyó a Alfonso Quiroga. Sin embargo, el crítico mexicano Vicente Francisco Torres en su libro Muertos de papel (2003) ya pudo adjudicarlo correctamente a Méndez Armendáriz.
El folleto da inicio con el relato “La suicida invisible”, donde Carlos Montero, hacendado veracruzano, es la voz cantante, amigo del detective desde sus años preparatorianos. Aquí, Pancho Reyes aparece desde un principio como una celebridad, como “el héroe policíaco nacional”, mientras que Montero la hacía de su Dr. Watson, el que contaba las aventuras de ambos persiguiendo criminales y revelando misterios, el que hacía de amanuense para Reyes, El Tejón: “Los periódicos estaban llenos de sus retratos, los linotipos habían escrito, en los últimos días, su nombre por cientos de veces, y la ciudad entera asombrábase de su clarividencia y de su perspicacia en la resolución del intrincado asunto del aeroplano robado, y la seguridad con que había afirmado -afirmación que los hechos y descubrimientos corroboraron- que el único matador posible del velador del hangar era el mismo dueño del aeroplano”. Según Méndez, Reyes aparece como “un muchacho alegre vividor, despreocupado, admirador de la bohemia trashumante, frecuentador empedernido de sitios sospechosos de donde había salido más de una vez ileso gracias a su agilidad y buena estrella”.
En “La suicida invisible”, el misterio es el que les presenta un compañero de clases, Eduardo, cuya hermana, Clara, ha dejado una nota de suicidio, pero cuyo cadáver no ha aparecido por una semana. Las preguntas revolotean mientras Reyes y Montero investigan: ¿Clara realmente se suicidó? ¿Qué hizo para matarse que su cuerpo no aparece por ningún sitio? En la carta de despedida habla que el motivo de su suicidio es un acto de deshonor, ¿en qué consistió tal acto y con quién lo llevó a cabo? ¿Hablamos de un suicidio o la nota es apócrifa, lo que implica un asesinato?
Pancho Reyes pareciera un estudiante que, hacia finales del siglo XIX, todo lo ha aprendido por su cuenta y riesgo. Santiago Méndez Armendáriz, su creador, como abogado de altos vuelos -durante el régimen maderista se entrevistó, como agente del gobierno, con el mismísimo Pancho Villa, cuando éste se encontraba en prisión-, que conoce al dedillo los vericuetos de una indagatoria criminal, pero también que sabe moverse por todos los ámbitos y sectores de la sociedad mexicana de los tiempos de la dictadura porfirista. Para él ser detective no es un oficio burocrático sino un arte mental. Así, uniendo pistas y evidencias, llega a la conclusión que todo es una puesta en escena por Eduardo para hacer pasar el escándalo de su hermana, que han mandado a Europa, a un convento de monjas, para evitar la mancha en su honor y para hacer que todo cuadre, Luisa, la doncella de Carla, es asesinada por el propio Eduardo y transformada en Clara para que la versión del suicidio se sostenga y quedé oficializada por las autoridades en turno.
Aquí hay que señalar que las costumbres de la época de la dictadura porfirista marcan que, como Reyes y Montero son compañeros de escuela preparatoria de Eduardo, acepten no destapar el asesinato de Luisa, siempre y cuando la familia de éste pague el sostenimiento de la madre de la doncella asesinada que se hizo pasar por Clara. Todo queda entre amigos, excepto la resolución del feminicidio. Pero como la víctima es una empleada asalariada, su familia debe conformarse con el dinero por la vida de la hija. Y los ricos, muy asesinos, muy comodines, siguen disfrutando los privilegios de ser parte de un sector intocable de la sociedad: el de los banqueros.
El segundo relato, titulado “El tres de espadas”, donde se cuenta que el coronel Federico Núñez, jefe del 39 Batallón en la campaña contra los yaquis en Sonora, fue encontrado envenenado y más tarde se descubrió un desfalco en las cajas del batallón, pensándose que el coronel se había suicidado porque estaba a punto de ser descubierto su delito. A su muerte, el coronel Martín Serrano tomó el mando del 49 Batallón, que se trasladó a la ciudad de México, donde se localizó en muerto por heridas en el zaguán de la casa donde residía la viuda del coronel Núñez, que estaba desaparecida. Allí es cuando intervienen Pancho Reyes y Carlos Montero para resolver tales crímenes. Y más cuando alguien le envía al detective Pancho Reyes pidiéndole que investigué la muerte de Serrano y luego recibe otra carta donde amenazan a Reyes tanto como a Montero de que no acepten el caso so pena de muerte.
Si la primera aventura estaba contada con cierta parsimonia, esta otra es más rauda e intrigante, pues la dupla de investigadores no solo debe indagar en asesinatos ajenos sino que debe procurar no morir en el intento. Reyes infiere que son espiados y que las muertes de los coroneles están relacionadas, que la viuda de Núñez es el hilo que une ambos hechos. Pronto descubren que hubo una conspiración para asesinar a Núñez y Serrano, y gracias al apoyo de un general del ejército todos los oficiales cómplices de robo y asesinato son aprendidos. Reyes demuestra, frente a las autoridades, la trama criminal y lo hace con peligro de su propia vida y de la de Montero. Sus palabras para ordenar el misterio del caso hablan de su poder deductivo ante los hechos: “Yo veo la cosa así. La señora de Núñez, tiene pruebas de ese crimen, que no sabemos aún cuál sea, pero que tal vez esté relacionado, no tal vez, sino seguramente está relacionado con el suicidio dé Núñez… para entregarlas busca a una persona de confianza, se acuerda de Serrano… lo llama… éste acude al llamado pero alguien que no quiere que esas pruebas sean conocidas, sabe que Serrano va a recibirlas, lo acecha,… pero Serrano no era hombre para dejarse quitar esos papeles con un simple “manos arriba” y lo mata… se los quita… y huye”.
En el libro Vida y milagros de Pancho Reyes (El detective mexicano), Méndez Armendáriz no deja de señalar, al final del segundo relato, que nuestro detective fue pagado, por sus servicios, con un viaje a Europa, de donde regresó con sus famosos “estudios sobre el Calendario Azteca y el Tesoro de Moctezuma, que él halló tenían no sé qué extraña relación, asunto que dio mucho que hablar y que en otra ocasión, mañana o pasado, me referiré”. Y el propio Montero termina diciendo que ese nuevo “episodio de la vida de Pancho Reyes, bien puede llamarse «El Secreto del Calendario Azteca” y a fe que fue secreto que sólo él pudo descifrar”. En esa misma página final, aparecía el anuncio de la Librería de Quiroga, la casa editora del libro de Santiago Méndez, avisando a su clientela: “Lea Usted el Tercer Episodio de la Vida y Milagros de Pancho Reyes, titulado “El Secreto del Calendario Azteca o el Misterioso Tesoro del Rey Moctezuma”. Vale 25 Centavos. Oro Americano”. Lamentablemente, por más esfuerzos que académicos, aficionados al género y bibliófilos han realizado sigue sin encontrarse un ejemplar de la tercera aventura de Pancho Reyes, el detective mexicano. Lo que sí es obvio es que el libro sobre el detective mexicano forma parte de la narrativa del exilio nacional durante los años de la Revolución Mexicana. Y que su publicación por una librería en Texas nos hace comprender que una parte significativa de la literatura mexicana se publicó, por esos años, en los Estados Unidos. Y que dentro de esa producción editorial estuvo la narrativa detectivesca y que uno de sus autores pioneros, Santiago Méndez Armendáriz, fue uno de sus mejores representantes.
En todo caso, con este libro se inauguró un personaje literario muy estimable, un protagonista que marcó el rumbo de la narrativa policial de nuestro país desde una fecha tan temprana como 1916, cuando la Revolución Mexicana todavía era batallas por pelear, pero donde ya se atisbaba a nuestro Sherlock Holmes, un muchacho de inagotable locuacidad, de “desmelenado rostro imberbe, de nariz remangada y ojillos brillantes que había valido a su dueño, junto con ciertas habilidades, el remoquete de “El Tejón”: era Pancho Reyes. Siempre de pie, con el sombrero de alas echado para atrás en gesto de ‘reitre’ matón, con los rebeldes mechones de negro cabello lacio caídos sobre la frente, y si eterno cigarro (negro o blanco, Chorritos o Mascota, según quien se lo hubiera dado, pues él nunca compraba, por sistema), con las bolsas del saco llenas de papeles, era Pancho Reyes”.
Este personaje que va a mostrar, como Sherlock Holmes, una combinación afortunada de la personalidad excéntrica con el genio mental capaz de unir toda clase de cabos sueltos, es a quien sus compañeros de preparatoria reconocieron como un excelente conversador, un polemista brillante sobre cualquier tema que le pongan enfrente y, sobre todo, un indagador muy hábil para tejer presunciones e inferencias hasta volverlas verdades demostrables. De esta forma, Pancho Reyes es el detective por antonomasia: listo para leer al prójimo de los pies a la cabeza como para descifrar una escena del crimen, un acto fortuito, un documento. En ese sentido, Santiago Méndez Armendáriz supo representar a un mexicano que ante nada ni nadie se arredraba, un joven que intuía quién era inocente y quién culpable, que se preocupaba tanto por tener razón como por resolver enigmas criminales, siempre y cuando no causaran escozor entre sus amigos de abolengo. Un detective porfirista en tiempos de cambios, creado por un escritor mexicano en el exilio y cuyas aventuras fueron publicadas en San Antonio, Texas. ¿Qué más moderno investigador privado podemos tener para dar comienzo a la gran aventura de los detectives en México?
Desde mi punto de vista, Pancho Reyes, el indagador sagaz que siempre andaba tropezando con escenas del crimen, es el origen de todo el género negro en nuestro país. Bueno, al menos hasta que descubramos, en publicaciones olvidadas, a un Auguste Dupin con sello nacional anterior a 1916. Por eso es toda una buena noticia que la editorial RedRum lo publique de nuevo y que le añada al texto mismo una presentación del Doctor José Salvador Ruiz y un posfacio de la Doctora Cathy Fourez. Lo trascendente de la recuperación de esta obra de Santiago Méndez Armendáriz lo puntualiza José Salvador Ruiz, pues señala que su descubrimiento “desplaza hacia atrás la cronología del género y también evidencia la existencia de lectores, imaginarios y modelos narrativos asociados al detective en un momento en que la crítica literaria apenas comienza a reconocerlos. En ese sentido, el personaje de Pancho Reyes, el Tejón, se convierte en una figura inaugural: un detective mexicano que, antes de la institucionalización del género en la literatura nacional, ya operaba dentro de las coordenadas narrativas del enigma y la deducción. Su rescate invita a replantear la historia del policial mexicano como un campo todavía abierto, donde cada hallazgo puede modificar lo que creíamos saber sobre sus verdaderos comienzos”.
De esta forma, los lectores del siglo XXI ahora pueden leer las aventuras de lo que, hasta el momento, suponemos es el primer detective de ficción a la mexicana. Un hombre desaliñado pero sumamente perspicaz. Un observador de la naturaleza humana que bien sabía usar sus células grises, en el México del Porfiriato, para resolver los misterios criminales que le salían al paso. Nos encontramos, pues, con un rescate histórico de la literatura policíaca nacional y con una obra que se lee con placer y sabiduría a la vez. ¿Quién puede pedir más?





