A los directores de la granja

Perdónenme los sabios, los cultos y los intelectuales, pero debo admitir que no me apasionan los textos de Cortázar, con alguna excepción:

Si por estos días me invitaran a escribir un proyecto de instrucciones, como aquellas para subir una escalera, pero sobre cualquier tema, elegiría la escritura de una carta.

Me pongo a pensar y empiezo a redactar ideas:

Para escribir una carta se necesita un asiento cómodo, ubicado frente a la ventana de todos los versos; entiendo que la tarea resultaría del todo irrealizable si no se contara con un vaso de vino a la distancia justa de estirar la mano. Aún hace falta un bolígrafo; la primera instrucción consiste en saber qué escribir cuando se llega al remitente.

—Se detiene—

No sé a quién deseo escribirle esta carta, aunque he pensado en diferentes opciones. Una de ellas, por ejemplo, es dedicarla con sarcástico amor a Miguel Díaz-Canel. La cuestión es que también podría dedicar una tarde entera de mis pensamientos a escupir en un sobre destinado al actual presidente de los Estados Unidos.

Es difícil elegir, porque a todos les encanta jugar juntos y, aunque discutan como niños pequeños y se crean, cada uno, el centro del mundo, terminan siendo al final lo mismo. Por eso resulta tan difícil distinguir entre ellos.

En algún punto de mis reflexiones sobre los requisitos y las instrucciones para escribir una carta —algún punto cercano al párrafo anterior— perdí el norte respecto del objetivo y comencé a escribir la carta en cuestión:

30 de junio de 2026
Houston, TX

A los directores de la granja:

Escribo hoy esta carta a vuestro colectivo con el simple —y quizás ingenuo— deseo de compartir algunas dudas e inquietudes, e incluso hacerles llegar ciertas reflexiones que han estado surcando mi mente en los últimos días.

Antes de comenzar, y un poco avergonzada por las faltas que pueda llegar a cometer —jamás hechas con ánimo de ofender—, deseo apelar a esa vasta comprensión que les caracteriza, dedicada a mantener la «soberanía cubana» o al compromiso de «volver a hacer grande América» (aunque nunca me ha quedado claro si se refieren al país o al continente). Pero sí he logrado entender que, al final, son todos ustedes, más o menos, lo mismo. Por eso ruego, desde la humildad de esta chiquilla cualquiera, de esta emigrante de veintidós años, que se tenga condescendencia hacia mi ignorancia respecto de los temas siguientes:

Y ya que esta carta no pretende ser hipócrita —porque en ella tal virtud se reserva a aquellos a quienes va dirigida—, simplemente confesaré que, aunque siempre he sabido muy poco de política, historia y geografía, he crecido con la convicción de que el conocimiento es acumulativo y de que aprendemos y entendemos el mundo según la forma en que somos expuestos al aprendizaje.

Pero, por algún motivo que escapa a mi capacidad de comprensión, mientras más leo sobre sociología, filosofía y psicología, mientras más autores comienzan a rellenar espacios antes vacíos entre las fibras de mi mente y empiezo a interesarme por los sistemas de valores y la manera en que suelen funcionar las personas, menos soy capaz de entenderlos a ustedes.

Y quizás el fallo radique en considerarlos humanos, en asumir sus capacidades sintientes o en negarme a patologizar a las criaturas de su entorno con diagnósticos de psicopatía. No sé si ello sea, de hecho, un requisito para ejercer la profesión o si la pérdida de los valores, los principios y la empatía, así como el proceso de convertirse en criminal, forman parte de un desarrollo que se expande con el tiempo. Me gustaría comprenderlo.

Entender por qué se llama criminal a quien dispara en las calles de una comuna y no a quien ordena ir a matar o morir en el intento, ni a quien deja morir de hambre y necesidad. Y no comprendo cómo se atiende a la moral de quien habla de principios y de resistencia mientras ambos violan los derechos humanos y son la voz de mando de miles de injustos que atropellan a millones.

Y no entiendo, y quisiera saber, en qué punto exacto del camino del poder, la corrupción y el nepotismo la gente deja de ser para ustedes un sujeto y se convierte en estadística.

¿Es divertido manipular a otros hombres? ¿Qué tan excitante es utilizar el dolor ajeno para avalar el discurso que van a pronunciar? ¿Sienten algo cuando su ejército se muere? Tú, que deportas a la gente, ¿has escuchado sus historias? Tú, el otro, la marioneta, ¿has visto los hospitales?, ¿ves los videos en las redes?, ¿sabes cuántos se están muriendo? Me pregunto si lo ignoran o si la realidad simplemente no toca a la puerta de sus casas.

Quisiera compartirles algunas notas sobre las que he estado reflexionando:

  1. Si Kafka no hubiera sido un judío de Praga, un trabajador de clase media, el hijo de un comerciante, nunca se habría sentido escarabajo.
  2. Cuando pienso en ustedes, yo misma me siento un poco hormiga, y he llegado a la conclusión de que sentirse insecto debe de ser un requisito en esta ecuación.
  3. Nos pasamos la vida intentando poner nombre a una Cuba que ya narró George Orwell, que es el escenario vívido de Rebelión en la granja, y a un país hijo de la distopía, que jura que la gente es libre mientras todos son personajes de una obra de Yevgueni Zamiatin.
  4. Por último, he comprendido que los límites del ser humano no radican en lo que sea capaz de hacerle al otro. Habiendo visto lo que le hacemos a una cucaracha, sabemos que todavía se puede llegar más lejos.

Sé que esta carta nunca llegará a las manos de ninguno de aquellos que se supone que deberían leerla, y sé que, en caso de llegar, ni siquiera cumpliría su cometido ni causaría la más mínima mutación de carácter, pues se necesita, ante todo, alma para poder sentir.

Pero las alimañas «comunes», que sí tenemos algo, necesitamos a veces extraernos el propio veneno para no morir (tan rápido) frente a ustedes. Y en todo caso, ya decidida a aprovechar las circunstancias con el mismo cinismo con el que ustedes deciden seguir intoxicando sus respectivas tierras cada día, podría incluso agradecerles ser la inspiración de mis textos. Gracias a ustedes vivo entre el insomnio y la pluma, y al final cómo no decir que incluso le debo mi nombre a sus crímenes:

 

La cucaracha

 

Soy un insecto multifacético,

vivo en la casa del presidente naranja.

 

Tengo ocho patas, dos antenas,

y hablo igualito que Gregorio

cuando llegaba tarde.

 

No soy escarabajo torpe,

no caparazón patas arriba

y dolor en el abdomen.

 

Un buen insecto se adapta al clima,

se cuela por las rendijas,

vive escondido.

 

Un buen insecto también es una plaga.

? a menos que seas

mariquita o mariposa?

El presidente naranja

te quiere matar.

 

Y yo me siento como esa cucaracha

vuelta a pisar

después de arrancarle la cabeza.

 

Como un grillo

al que un niño

medio psicópata y con peluca,

le quita una a una

todas sus patas.

 

Sí,

YO soy un insecto.

sufro por no tener alas,

y salgo a andar cuando me arrancan

la cabeza.

 

Tengo ocho patas, dos antenas,

y cuantitativamente una conciencia

igualada a menos cero,

que viene a ser mayor a la cualidad

del presidente.

 

Después de todo,

Somos cucarachas:

 

tenemos orgullo.

 

 

 

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