
Cuba hoy es – además de todo – polémica. Lo que antes se reconocía, proveniente de la poca información de internet, la diáspora en diferentes países, el trabajo de los artistas disidentes y la “lacra” o los “gusanos” que habitaban la Florida, representa una Cuba que ya no existe.
El discurso sobre la lucha libertadora del pueblo contra la colonia española y la información que fue borrada o distorsionada referente a esa época (por ejemplo, los tan mencionados textos de José Martí a los que nos limitó el acceso), la “verdad” que ha sobrevivido al tiempo y a la dictadura para erigirse como testimonio de lo que ocurrió en la Sierra. Los discursos de Fidel, la represión, todo lo que sufrió el pueblo, no representa a la Cuba de hoy.
Y por supuesto que es necesario que nuestra tierra y nosotros mismos, tengamos memoria, pero la Isla presenta un fenómeno curioso, no pocos se han referido a ella como un trozo de tierra “perdido en el tiempo”, y parece un mal más llevado en la sangre que en el fango, porque incluso desde afuera se sigue volviendo una y otra vez sobre la misma historia, sobre los mismos hechos, hasta el cansancio.
La dictadura comunista con su disforia de revolución lleva 67 años en el poder, de esos, hace ya nueve años y medio que Fidel Castro nos bendijo con su muerte «no lo suficientemente sufrida» un veinticinco de noviembre. Ese hombre al que hoy se le acusa de crímenes, se le imputa condena y se relaciona con GAESA, ese, tiene actualmente 94 años, y continúa de pie, apenas sosteniéndose sobre este plano terrenal, porque a toda regla debe haber una excepción y, aparentemente esta vez Dios quiso demostrarnos con la longevidad de Raúl Castro, que un mal sí puede durar 100 años.
Hemos crecido escuchando mentiras y reiteraciones asfixiantes que comparan constantemente el presente con el pasado, los beneficios de la Revolución comparables a los males sociales de un país que albergaba aún esclavitud, quizás por eso nos empeñamos en cometer el mismo acto desde otro punto de vista, defendernos de las mentiras, como un niño indignado cuestiona la existencia del ratoncito Pérez, pero ¿hasta cuándo? La realidad de hoy se difumina entre reconexiones con el pasado. En esa agotadora manía de volver una y otra vez a cuestionar los sucesos de la muerte de Camilo, volver una y otra vez a la figura de Fidel, a tal punto que más allá de nuestras fronteras tantos extranjeros piensan que sigue vivo, o no conocen de nuestra tierra cosa más allá que la trilogía “tabaco, ron y Fidel”.
Y sí, reitero que importa la historia, pero el pasado pertenece a otro contexto histórico, no es la preocupante de hoy; la justicia importa, pero los niños que sufren y se mueren de hambre bajo la actual presidencia, en las condiciones de hoy, de las que no conocen aquellos que salieron del país hace más de veinte años para nunca volver, esos, no tienen culpa de que hasta los cubanos viejos de la diáspora odien nombrar a Cuba, nadie más que los culpables tienen responsabilidad en el crimen de mi tierra, y no deberían ser más importantes las ansias de venganza y de decir por fin que se cayó el comunismo, no debería ser más importante que la dignidad y el bienestar del pueblo que hoy reside y sufre dentro de la Isla.
El 2026 arrancó duro, con la captura de Nicolás Maduro, y Cuba se reconoció entre los titulares. Donald Trump declaró públicamente su interés sobre la Isla y bastaron unas pocas frases para que el ecosistema digital explotara: “Cuba is next” “Última hora” (Para reiterar lo que ha dicho a lo largo de todas las últimas horas, durante varios días), “el régimen tiembla”, “ahora sí se cayó”. Y las redes sociales se han vuelto un flujo inagotable de videos, análisis improvisados, debates políticos, celebraciones anticipadas y discusiones donde miles de personas aplauden el futuro ?el no presente?, de un país que, mientras tanto, continúa desmoronándose.
Mis palabras están muy lejos de querer negar la importancia que reside en denunciar lo que ocurre dentro de Cuba, ni en cuestionar el derecho de la diáspora a hablar de un dolor que también le pertenece. Mucho menos, afirmar que cualquier posible cambio político será necesariamente negativo, ni a asegura lo contrario.
No poseo los conocimientos históricos, jurídicos o geopolíticos suficientes para dictaminar cómo funcionan realmente los mecanismos internacionales que podrían intervenir sobre la Isla, ni qué consecuencias concretas tendrá una acción de esa magnitud.
Mi conflicto ante el escenario actual proviene del ruido y la actitud adquirida por gran parte del “público”. A fin de cuentas, no somos más que eso, espectadores de un cambio o un curso inalterable. Abejas que hacen ruido trabajando para la colmena, siguiendo fatigosamente el mismo ciclo diario, sin salirnos de la norma ni ser parte activa, no aquí, muy poco podemos hacer los ciudadanos comunes para incidir directamente en las decisiones que tome Donald Trump la próxima semana, el día de mañana, cuando se despierte de buen humor o con la peluca despeinada.
Nada podemos incidir en el próximo paso de las sanguijuelas en la punta de la pirámide cubana, nada podemos hacer en favor o en contra de las decisiones geopolíticas, nada en pos o en contra de lograr que las promesas se cumplan y las palabras en rueda de presa sean verdades inalterables; nada más allá de creernos importantes, tomar partido y dar nuestra opinión, pero es que pecamos reiteradamente en creernos importantes.
Mi conflicto nace de la sensación insoportable de que mientras más visible se vuelve Cuba en internet y en los canales televisivos, mientras más se la divulga (pero en todas partes, reproduciendo el mismo discurso “llevamos más de sesenta años en una dictadura (…) Los Castro (…), La culpa no es del bloqueo (…)”. Más invisible se vuelve el cubano de a pie. Esto es lo que pasa cuando una tragedia nacional deja de vivirse como dolor y comienza a ser consumida como espectáculo.
Entre hashtags, memes, transmisiones en vivo y análisis de último minuto, el sufrimiento humano comienza a diluirse dentro de una especie de fiesta emocional donde todos parecen necesitar una opinión inmediata, una postura absoluta o una certeza definitiva.
El problema entonces deja de ser la vida cotidiana de quienes siguen atrapados dentro de la Isla y comienza a convertirse en un escenario donde distintos sectores compite por imponer su narrativa, demostrar quién tiene la razón o capitalizar emocionalmente el momento.
El sensacionalismo aleja la mirada de la realidad objetiva, abruma con saturación de historias de vida y retratos de lo cotidiano, reiteración del mismo discurso popular, y no deja espacio para el análisis, para el sopeso de las cuestiones, agota al consumidor, maltrata al ser emocionalmente implicado ya sea por presencia dentro del país o por expectación y vínculo desde fuera.
Es un teatro maquiavélico que nos vuelve consumidores masoquistas con ganas de intervenir en la obra, gritando en el clímax; siempre atados a la silla.
Aquí el «público» celebra posibles capturas políticas como si asistieran a un evento deportivo. El dolor nacional se convierte en una cadena constante de titulares reciclados cada pocas horas para sostener el tráfico digital. Muchas veces, se sostienen discusiones pasionales donde el sufrimiento cubano termina reducido a una pelea ideológica entre capitalismo y comunismo, entre “salvadores” y “enemigos”, entre líderes políticos convertidos en figuras mesiánicas y dictadores convertidos en trofeos simbólicos. Todo parece organizarse alrededor de una necesidad desesperada de tomar partido dentro de una narrativa épica.
Pero, mientras tanto, la realidad concreta sigue ocurriendo lejos de las pantallas.
Esta noche, habrán muchas madres abanicando a sus hijos con un pedazo de cartón porque no hay luz, ni dinero, ni familia afuera para comprar un ventiladorcito de batería. Hoy, hay suficientes ancianos que no tienen qué comer. Todavía siguen muriendo personas en los hospitales. Todavía hay jóvenes que sienten cómo cada día de su vida desaparece únicamente en función de sobrevivir. Gente que despierta cada mañana preguntándose “hasta cuándo”.
Y, sin embargo, muchas veces parece que el centro de atención ya no es esa gente sino “Cuba” desde una perspectiva abstracta que la considera terreno y representación viva del comunismo, reproducción de la figura de Fidel, e incluso de los textos de Marx y Engels.
Incluso cuando se muestra lo que vive la gente dentro de la Isla, en la narrativa que busca visivilización el centro suele volcarse en el discurso sobre esas personas, la opinión sobre la gente y sobre lo que vive, y por qué lo vive (promoviendo culpabilización en muchos casos), la interpretación ideológica de esa gente; y así, el problema deja de volverse humano para ser discursivo.
En este contexto, resulta indignante observar ciertos comportamientos dentro de la diáspora. Especialmente cuando personas que conocen perfectamente el funcionamiento del miedo, la represión y desgaste psicológico dentro de Cuba, terminan acusando al propio cubano de ser responsable absoluto de su sufrimiento o exigiéndole heroísmos que ellos mismos, nunca tuvieron. Resulta fácil pedirle a otro que salga a la calle cuando quien habla lo hace desde la seguridad de la distancia. Resulta fácil romantizar la resistencia cuando el hambre, la vigilancia y el agotamiento los vive otro cuerpo.
Debo señalar que estas líneas no pretenden invalidar el activismo, la denuncia, ni la necesidad de visibilizar lo que ocurre. El silencio jamás ha ayudado a Cuba. Lo que deseo poner sobre la mesa es algo completamente distinto: La facilidad con la que el dolor ajeno puede terminar transformándose en un recurso emocional, político o mediático. Porque no toda visibilidad es humanidad y trabajo honroso con responsabilidad de causa bajo ideales, a veces prostituye el sufrimiento y actúa transformando la realidad de las personas en mercancía emocional, a veces; muchas veces, transforma la dura verdad en entretenimiento político.
Y quizás uno de los ejemplos más crueles de esto aparece en la manera en que se jerarquizan las víctimas, específicamente como ha ocurrido con los jóvenes apresados en Morón. Debemos cuestionar ¿Por qué algunos nombres desaparecen rápidamente mientras otros permanecen visibles porque poseen un elemento narrativo más atractivo, más mediático o más movilizador? ¿Por qué se exige con fuerza la libertad de Jonathan David Muir Burgos (16 años), y apenas se menciona a Christian de Jesús Crespo Álvarez (16 años), Kevin Samuel Echeverría Rodríguez (reportado como menor de edad entre 15 y 16 años) y Yohasnel Estrada Rodríguez de (17 años) como casos confirmados en un mar de denuncia sobre otros menores y mujeres arrestados? Si bien es entendible que no se haya podido acceder a información suficiente para esclarecer el caso de aquellos que permanecen en condición de anonimato ¿Por qué se alza la voz principalmente por solo uno de los jóvenes confirmados? ¿Qué determina cuál víctima merece atención sostenida y cuál deja de ser útil para el relato colectivo?
La dictadura viola los derechos humanos y la trinchera condiciona el dolor que merece ser visibilizado desde las reglas que impone el espectáculo.
Las redes sociales aceleran el consumo emocional de las tragedias. Todo debe producir impacto inmediato. Todo debe simplificarse. Todo debe traducirse rápidamente en consignas, bandos, héroes y enemigos reconocibles. Y en medio de esa velocidad, desaparecen los matices. Desaparecen las dudas. Desaparece el espacio para reconocer que nadie posee realmente todas las respuestas sobre el futuro de Cuba.
Yo no sé qué ocurrirá, no sé si las tensiones políticas actuales desembocarán en una transformación real o en otra reorganización del poder. No sé si quienes hoy se presentan como salvadores actuarán realmente pensando en el bienestar humano del pueblo cubano o en intereses geopolíticos más amplios. No sé si el futuro traerá alivio o nuevas formas de sufrimiento.
Sé que me resulta insoportable ver cómo el dolor de un país termina absorbido por la lógica del espectáculo. Sé que me duele observar cómo las discusiones sobre Cuba, muchas veces parecen más interesadas en producir satisfacción ideológica, viralidad o reconocimiento personal que en pensar seriamente sobre las consecuencias humanas de todo lo que está ocurriendo. Me irrita la facilidad con la que el sufrimiento colectivo puede maltratarse en la farándula digital.
Mientras el mundo debate el destino de Cuba, Cuba sigue llena de personas que simplemente intentan sobrevivir el día de hoy.





