Ciudadano cubano en busca de sentido

Los cubanos vuelven a tomar las calles para protestar por los apagones | DIARIO DE CUBA

 

«Pero estoy seguro de que aquel día,

en aquel instante, mi vida comenzó de nuevo.

Fui avanzando, poco a poco,

hasta volverme otra vez humano»

? Viktor Frankl

Constituiría una pérdida de la razón y homenaje al disparate equiparar la realidad cubana de 2026 con un similar al Holocausto; el dolor, las injusticias y el atropello ha de ser analizado respetando la dimensión del mismo. Sin embargo, supondría una enajenación similar de la realidad afirmar el caso contrario y pensar ingenuamente, que no existen similitudes entre el fenómeno social experimentado durante la Segunda Guerra mundial y las dinámicas dictatoriales contemporáneas; especialmente resultan apreciables ciertos patrones en el estado anímico y reacción de las «víctimas/prisioneros».

En El hombre en busca de su sentido el Dr. Psiquiatra Viktor Frankl, creador del método terapéutico de la logoterapia relata las experiencias vivida por él y sus compañeros en los campos de concentración de Auschwitz y los sub-campos de Dachau (Kaufering y Turkheim), el libro es mucho más que un mero testimonio de la supervivencia humana, se justifica como un análisis de las respuestas psicológicas que sufría el prisionero en las diferentes etapas que seguían a la inserción en los campos. Viktor analiza cuestiones relativas al existencialismo planteando preguntas como “Qué espera la vida de nosotros?”.

Ante la violación descarnada de lo que el hombre civilizado preconcibe como su derecho de sujeto, y los objetos materiales y vínculos asociados a su libertad como parte intrínseca de aquello que constituye el sentido de habitar la tierra, el disfrute de lo simple y lo sublime, e incluso encontrando su propia identidad justificada o enraizada en títulos, estudios, vínculos familiares, amistosos, dinámicas asumidas desde la libertad de quién es capaz de elegir su propio destino y decidir sobre sí y, por supuesto, a objetos triviales. El autor cuestiona cuál es el sentido de la vida, cuando la existencia es ultrajada, arrebatada de su libertad, rebajada hacia límites que amenazan la deshumanización del sujeto a través de mecanismos avasalladores y dinámicas denigrantes.

Es precisamente sobre esta línea de análisis que el doctor desarrolla posteriormente la logoterapia, como una corriente psicológica centrada en la búsqueda de sentido como necesidad fundamental del ser humano (aquí, bajo su experiencia, la muerte era el destino de aquello que perdían la esperanza).

Aunque las circunstancias históricas descritas por Frankl son incomparables con la realidad cubana actual, y este artículo no pretende de ninguna manera equiparar la dimensión o las formas de sufrimiento del pueblo cubano con aquella realidad desgarradora, si es cierto que algunos de los análisis del autor permiten interpretar fenómenos psicológicos presentes en una sociedad marcada durante décadas por la escasez, la incertidumbre económica, la emigración masiva y la tensión entre expectativas colectivas e individuales.

Desde este punto de vista se permite una relectura de la obra como herramienta que permite comprender cómo los individuos construyen significados en contextos donde las posibilidades materiales parecen limitadas y donde la frustración cotidiana puede generar sentimientos de impotencia o resignación.

Uno de los aspectos que Frankl trata en su obra es que cuando los prisioneros dejaban de percibir un futuro posible tendían a deteriorarse física y psicológicamente. Ante la realidad miserable de la vida en el campo de concentración, la desolación y el cuestionamiento constante de si la vida era, realmente, aquello que estaban experimentando. Ante la incomprensión de la situación y en muchos casos la pérdida de su fe espiritual, la esperanza en que aquello fuese pasajero, la ilusión con el reencuentro, el contacto con un familiar, la vuelta a la vida, o la fantasía de volver a probar un chocolate, convertía la esperanza en el motor que echaría a andar la máquina al día siguiente.

Cuántos cubanos no sobreviven el día a día con la convicción y la esperanza de que un día se van a ir, cuántas veces no hemos escuchado que “Un mal no dura cien años” “Algún día se tiene que caer”, y hasta qué punto no es capaz de demacraste un cuerpo y comprometer su salud, quien ha perdido esa esperanza.

Cuando la fe se perdía en los campos de concentración, lo cual generalmente conllevaba a la depresión y una resistencia a salir de la cama que los presos no experimentaban ni siquiera en graves estados de deterioro físico, sus compañeros solían comprender que el fin se acercaba. En esta condición donde el límite emocional o la capacidad de persistir en la proyección de un futuro se quebraban, Frankl comparte que los implicados tendían al deterioro físico y psicológico con mayor rapidez. Él considera, que era justamente en la capacidad de proyectarse hacia adelante lo que lo que constituía un elemento esencial en la supervivencia emocional.

Durante décadas, los ciudadanos cubanos han experimentado barreras para establecer proyectos personales debidos a factores económicos, migratorios y políticos. Lo cual compromete la esperanza en el mejoramiento, el deseo de realización individual, cuando llega la imposibilidad de soñar con un cambio y visibilizar mejoras concretas en el corto plazo, ello puede generar una sensación de estancamiento que trasciende las carencias materiales y afecta directamente la construcción de las expectativas vitales.

Desde la perspectiva del autor, el problema no radica únicamente en la escasez de recursos, sino en la dificultad de responder ¿Por qué seguir luchando?

Frankl describe (orientado a la vida en los campos de concentración), uno de los procesos psicológicos más complejos y cuestionados con respecto a la actitud y dinámica social del cubano a lo largo de los años: La adaptación psicológica que plantea como mecanismo de defensa en el que situaciones inicialmente percibidas como extraordinarias terminan incorporándose a la normalidad cotidiana. En este caso los prisioneros desarrollaban mecanismos que les permitían funcionar emocionalmente dentro de circunstancias extremas.

En Cuba, es innegable que observamos un fenómeno similar, aunque por supuesto, en una escala y contextos completamente diferentes. Sin embargo, problemas como los apagones, la escasez de productos básicos, las largas colas o las dificultades de transporte terminan integrándose a la vida cotidiana hasta el punto de dejar de percibirse como excepcionales.

En esta adaptación se aprecia una doble dimensión del fenómeno, pues a la vez que permite la supervivencia psicológica, del mismo modo reduce la capacidad de indignación y movilización frente a situaciones que originalmente serían consideradas inaceptables.

En su libro, el doctor muestra cómo la mente es capaz de ajustarse a casi cualquier circunstancia cuando no percibe alternativas inmediatas.

De esta misma forma, uno de los elementos más llamativos, quizás porque precisamente es uno de los más reconocibles cuando lo analizamos dentro del contexto cubano, es el humor como mecanismo de resistencia.

Incluso en las peores condiciones ?expone? los prisioneros utilizaban la ironía y la risa para preservar fragmentos de autonomía psicológica.

La cultura cubana es de hecho reconocida por los múltiples ejemplos de este fenómeno. El choteo, la sátira popular, los memes políticos y el humor cotidiano funcionan frecuentemente como mecanismos de afrontamiento frente a situaciones difíciles.

Desde la lectura frankliana, el humor no representa necesariamente conformidad. Por el contrario, constituye una forma de afirmar la propia humanidad frente a circunstancias que podrían conducir a la desesperanza.

En su tesis, Viktor sostiene que el ser humano puede soportar enormes dificultades si encuentra un significado que justifique su esfuerzo. Cuando trasladamos dicha reflexión a la dinámica de adaptabilidad y sostenimiento cubano contemporáneo, observamos una pluralidad de motivaciones y sentidos que organizan la vida de los individuos, donde la familia, los hijos, la emigración como proyecto futuro, la realización profesional (amenazada con ser interrumpida ante manifestaciones de resistencia), el compromiso político (de algunos), el interés en ser “libre” (aunque sea controlada y limitadamente), para poder expresar de alguna manera iniciativas artísticas como la escritura, la pintura, en general diferentes manifestaciones o creaciones intelectuales.

Frankl pregunta: Cuando las estructuras externas dejan de proporcionar significado, ¿Dónde encuentra el individuo razones para continuar?

En el caso de la Isla, los interesante es que muchas veces estos significados operan al margen de las narrativas ideológicas oficiales. Mientras los grandes relatos colectivos pierden capacidad movilizadora para algunos sectores, emergen proyectos individuales que permiten reconstruir la experiencia cotidiana.

Lo cual, irónicamente, sostiene el grado justo de “realización” que permite mantener el balance y sostener la misma estructura.

La logoterapia identifica el “vacío existencial” como una sensación de falta de propósito que aparece cuando los individuos pierden referencias significativas para orientar su vida.

Desde punto de vista la desesperación cubana por migrar se resignifica, y responde, no solo a la realidad material como respuesta lógica y económica, sino también como camino espiritual en la búsqueda de razones, justificaciones y horizontes simbólicos.

La mayoría emigramos buscando no simplemente esa mejora económica, sino encontrar al fin la realización que se haya en resultados equiparables al esfuerzo realizado y la seguridad de que adelante, el futuro permanece abierto.

Una de las reflexiones más conocidas de Frankl plantea que cuando las circunstancias limitan profundamente las opciones de una persona, aún existe cierta capacidad para decidir cómo responder ante ellas. Lo cual resulta especialmente relevante para analizar la realidad cubana actual.

En contextos de miseria, escasez, cansancio crónico, frustración, irritabilidad, poca expectativa de mejoramiento inmediato, se observa un acrecentamiento correspondiente de violencia, delincuencia, y conductas que el cubano de a pie define como “La gente ya no sirve”, “Tú no puedes confiar en nadie”, “Todo es dinero”, “Nadie ayuda a nadie” o “Esto es un sálvese quien pueda”.

Las actitudes defensivas y la asimilación de una conducta de supervivencia mecánica que prioriza al “yo” por encima del bien común, ajando valores, emocionalidades y cuestiones éticas es comprensible cuando se analiza al sujeto desde contextos sociales y en condiciones límite de la personalidad. Sin embargo, en medio de situaciones extremas, como la experiencia de ser recluso en los campos, Viktor Frankl lo observa desde una perspectiva diferente, que además reconstruye al sujeto.

«¿Es correcta la teoría que concibe al hombre como mero resultado de factores condicionantes, sean biológicos psicológicos o sociológicos? ¿No es el hombre un producto accidental de esos factores? (…) ¿Demuestran que el hombre no puede escapar a la influencia de su entorno? ¿Carece el hombre, en tales circunstancias, de capacidad de elección si se limita o anula su libertad de actuar?

Los supervivientes de los campos aun recordamos a los hombres que iban a los barracones a consolar a los demás, ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizás no fueron muchos, pero esos pocos, son una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana – la libre elección de la acción personal ante las circunstancias – para elegir el propio camino.»

Viktor Frankl

La crisis en el contexto cubano actual explica determinados comportamientos, vuelve “comprensibles” determinadas elecciones vitales, más no las justifica; si la libertad humana quedase reducida y simplificada a una respuesta instintiva controlada por el entorno en que se desarrolla el sujeto, la ciencia perdería su lógica frente a quienes comparten hasta lo que no tienen para sí, frente al maestro (alguno queda), que continúa intentando generar un cambio y lograr satisfacer las mentes de sus estudiantes (pese al salario insuficiente, la situación precaria, e incluso, contra la actitud del sistema educacional, de sus compañeros y de la mayoría de esos estudiantes), nos quedan algún que otro médico (aunque sean los menos, pero hay, que tienen compromiso, ética y empatía), hoy muchos jóvenes continúan haciendo esfuerzo contra todo pronóstico con el fin de un título universitario, de continuar estudiando, de no dejar que la realidad defina sus límites imponiéndose contra las capacidades que se proponen demostrar, eligiendo ante la dificultad el camino de la dignidad, familiares cubanos, residentes en Cuba, sin familia fuera de la Isla, con ese salario insuficiente para uno, sostienen a veces varias generaciones. Hay quien sigue yendo a trabajar, aunque no le alcance, porque no se quiere dar por vencido, y todavía hay artistas que declaman la verdad pese a habitar en ellos la convicción de que su voz no hará el cambio, pero también ellos deciden exprimir hasta la última gota en el reclamo de sus principios innegociables.

La existencia de estas actitudes (de las personas que manifiestas estos comportamientos altruistas), introducen grietas en las justificaciones materialistas del comportamiento humano.

Para Frankl, el sujeto no es el simple producto de sus condiciones. Las circunstancias pueden limitar las opciones disponibles, pero no eliminan completamente la capacidad de decidir qué valores el sujeto decide encarnar.

La pobreza puede explicar la tentación del egoísmo, pero no justifica la ausencia de la generosidad, de la empatía, de la solidaridad.

La desesperación en medio del agotamiento y el deterioro nos sorprende con aquellos que continúan siendo humanos.

El problema no es puramente económico, sino que bifurca con cuestiones existencialistas.

No sería correcto definir la calidad de un ser humano por sus decisiones tomadas en situación de desesperación, con la libertad arrancada, bajo contextos de autoritarismo totalitario, bajo procesos psicológicos alterados en pos de la supervivencia frente a condiciones sociales que el cerebro es incapaz de procesar del todo.

Pero no basta la bondad de justificar a la víctima, para condenarnos como especie; sí tenemos la capacidad de elegir.

El doctor de nuestro análisis insiste en que la dignidad humana aparece precisamente cuando una persona decide quién quiere ser frente a circunstancias que parecen empujarla en otra dirección.

La libertad interior no significa ignorar las limitaciones materiales ni romantizar el sufrimiento. Pero implica reconocer que, aun cuando el entorno condiciona profundamente la conducta, nunca consigue eliminar por completo la responsabilidad moral del individuo.

No todos los cubanos reaccionan igual ante la misma crisis, no todos eligen la misma escala de valores, no todos abandonan los mismos principios, y la mera existencia de estos, demuestra que la libertad interior, aunque reducida y acosada por circunstancias, sigue siendo posible.

Y en medio de las similitudes psicológicas que presenta el análisis de adaptabilidad y tensión sufrida por los presos en los campos de concentración que fueron tomados como muestra para el estudio, y su equiparación a fenómenos psicológicos y emocionales experimentados por los ciudadanos cubanos dentro de la Isla, el que corresponde al pasaje “Después de la liberación” es curiosamente el que, pese a no haberlo vivido aún, podemos entender con estremecedora cercanía:

«-¡Somos libres!- nos decíamos una y otra vez casi sin creerlo. Habíamos repetido esa palabra tantas veces durante los años que soñamos con la libertad que el término parecía gastado y carecía de sentido. No penetraba en nuestra conciencia: no comprendíamos su significado. Aún no creíamos que la libertad nos perteneciera. (…) Cuántas veces habíamos soñado con la liberación, con la vuelta al hogar, con saludar a los amigos, abrazar a la esposa, con sentarnos a la mesa de nuestra casa y contarles todo por lo que habíamos pasado, los sufrimientos de cautiverio, incluso las imágenes del sueño de nuestras ansias de libertad.»

Las condiciones de la Cuba contemporánea y las víctimas de los campos de concentración en el Holocausto, no son comparables, pero hay otras verdades innegables: Como que ambos grupos están compuestos por hombres y mujeres, víctimas de una distopía injusta, que no merece el género humano.

 

 

Suburbano Ediciones Contacto

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
WhatsApp
Reddit