La vida atribulada del cineasta aventurero


Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias de Werner Herzog


Karl Jaspers decía que el principal asunto de la filosofía era indagar en las situaciones límites. El hombre se enfrenta a la muerte y al dolor, las situaciones límites que lo llevan a pensar. En el caso de Werner Herzog, cineasta nacido en la tierra de la filosofía –recordemos que Heidegger le dijo a Ortega que como ya era tarde para que aprenda griego debía aprender alemán, la lengua del pensamiento–, el centro de su vida y de su cine son las situaciones límites. Pero a diferencia de Jaspers, a Herzog no le interesa tanto la reflexión académica como la lucha por los problemas de la vida, los desafíos individuales, los sacrificios grupales, los esfuerzos físicos; en suma, la aventura como eje vertical de la existencia. Diría, entonces, que el cine de Herzog –y lo que se puede leer en las memorias– es la puesta en práctica de una filosofía vitalista como un elogio del esfuerzo y de la voluntad ciega. Aunque Herzog no es un filósofo, piensa ciertas cuestiones como un aventurero, como alguien que debe luchar para conseguir un objetivo. Y el objetivo varía pero se resume en una divisa común: demostrar que lo imposible no es imposible. Herzog cuenta que debe conseguir un equipo técnico para que el barco suba una montaña en Perú, debe subir con los alpinistas el pico más alto, debe resolver la falta de batería en la cueva de Chauvet ya que no puede salir del lugar durante el día, debe cruzar la distancia entre Munich y París para ayudar a Lotte Eisner en su enfermedad mortal, quiere filmar con otros alpinistas en la Patagonia en medio de una tormenta de nieve, debe caminar durante días para que su novia lo acepte, debe convencer al equipo completo de Aguirre, la ira de Dios (1972) que no abandone el rodaje, debe confiar en sí mismo ante el certero fracaso en un rodaje. Pareciera que de lo que se trata es de empujar empecinadamente frente a lo utópico, lo inalcanzable. El cine, entonces, hacer una película, no es una empresa ordenada, seriada, industrial. No es el resultado de una gestión empresarial en el centro de una máquina comercial y utilitaria. Es, en todo caso, la obra de un individuo tozudo, voluntarioso y convencido que lucha contra todos los molinos de viento y contra los obstáculos más increíbles para terminar una película.

Werner Herzog tiene pasión por el riesgo, el conflicto, vive los desafíos ante la naturaleza como parte del sentido de la vida. Lo que se lee en los escritos de Herzog es una forma de concebir el cine ligado a los dilemas vitales. Herzog es un vitalista, alguien que pone como centro de su arte los problemas, los dilemas y los conflictos de la vida. Está en desacuerdo con el amor al arte por el arte. Para el alemán, el arte está en función de las encrucijadas vitales. Sin embargo, como un romántico tardío, en los proyectos documentales y en las ficciones se advierte una puja, una lucha, el enfrentamiento con lo imposible y lo inútil. El arte puede contribuir a ajustar la separación entre energía existencial y amor a la belleza. Como una huella del tardorromanticismo se observa en su ideario y en sus películas el amor por lo extremo, la pasión extrema, la ira extrema, la lucha de los hombres contra la cólera de Dios.

En concordancia con su actitud vitalista, Herzog es, en ciertos tramos de su libro, un anti intelectualista y, también, un oponente del psicoanálisis. Desarrolla brevemente una concepción de la relación entre vida y psiquis que se opone a la idea tradicional de la indagación clásica: “También preferiría morir antes que acudir a un psicoanalista, porque considero que es un error lo que hacen. Si iluminas con una luz brillante todos los rincones de una casa, se vuelve inhabitable. Lo mismo ocurre con el alma: iluminar sus sombras más oscuras convierte a las personas en inhabitables. Estoy convencido de que el psicoanálisis hizo del siglo XX un siglo horrible”.

El cine

Sobre su formación en el cine es escéptico respecto a los métodos de estudio en la universidad. Dice que “en poco más de una semana aprendí los rudimentos del cine en unas treinta o cuarenta páginas de una enciclopedia sobre radio, televisión y cine”. Cuenta que en su etapa de estudiante en el Instituto de Munich robó una cámara para realizar su primera película. También nos enteramos que fundó su propia productora y que reunió el dinero para financiar los proyectos ocupándose en los trabajos más disímiles. En otro pasaje despotrica contra el sistema académico y contra las formalidades, entiende que es más importante la experiencia vital y la creatividad que el rigor en la formación: “Como me sentía incómodo con lo que se estaba enseñando en las escuelas de cine de todo el mundo, fundé la Rogue Film School, una alternativa, una escuela de guerrilla donde solo enseño a falsificar documentos y forzar cerraduras de seguridad. Todo lo demás son instrucciones para subvertir el sistema existente, para hacer películas de uno mismo”. En varios pasajes reaparece la idea vitalista de la experiencia como centro de la acción creativa. Herzog rechaza la formación rigurosa y ataca cualquier intento de organización regular. Privilegia el trabajo voluntarioso, el empeño, las ideas propias, los esfuerzos individuales y colectivos, los desafíos vitales.

Hay en este libro de memorias olor a flores, girasoles, viento y barro. Herzog se ocupa en diversos capítulos de resaltar que el centro de las cosas no está en las ciudades ni en la vida sedentaria sino en las caminatas al aire libre, en el encuentro con la naturaleza. Admite que es un perezoso, como cualquiera, pero emite un elogio de la vida nómada. En cierta medida, esta idea del nomadismo se conecta con su crítica velada –al menos en este libro– al capitalismo. Herzog sostiene que deberíamos recuperar cierta pureza originaria anterior a la modernidad. El caminar es un arte sagrado. En el capítulo dedicado a narrar la amistad con el escritor Bruce Chatwin desarrolla una reflexión sobre el error del sedentarismo: “El mundo se abre a los que viajan a pie. La profunda penetración de Bruce en las culturas nómadas le llevó a darse cuenta de que el abandono de la vida nómada era la causa de todos los problemas de la humanidad. Con la llegada del sedentarismo llegaron los asentamientos, las ciudades, los monocultivos y la ciencia, y la población aumentó enormemente. Nada de eso es bueno para la supervivencia de la humanidad”.

Debo decir que aunque el lector no comparta el pensamiento del director, lo fundamental en “Cada uno por su lado y Dios contra todos” es la habilidad del autor para narrar con pericia los hechos de su pasado. Esboza con un sello propio los rudimentos de su cine, las ideas sobre el mundo y la vida; acumula en muchas páginas –con un ritmo fascinante– las múltiples y variadas aventuras, las posibles tragedias, los accidentes, los hechos fortuitos, los hallazgos creativos, la amistad, la pobreza de su infancia y el amor por las artes y los desafíos imposibles en los ochenta años de su larga vida.

El poder de la narración

Herzog tiene una habilidad única para unir historias disímiles, delirantes y estrafalarias combinadas con sus apocalípticas teorías de un vitalismo estudiado. No podés respirar mientras lees. Querés devorar el libro como si se tratara de una novela de aventuras decimonónica.

Detrás del vaivén sensorial de placer intelectual hay un cúmulo de ideas, una filosofía escrita por un anti intelectualista que puede lidiar con el optimismo vital más nietzscheano y el pesimismo universal más schopenhaueriano. Herzog despotrica contra el psicoanálisis y elogia el nomadismo de Bruce Chatwin, cree que el sedentarismo es la causa principal del error capitalista. A la vez, ve en la ingenuidad de ciertas personas (el boxeador Tyson, por ejemplo) la posibilidad de la esperanza. Se interesa en las historias más truculentas y desopilantes, en los actos viles (como el del dictador Bokassa en República Centroafricana) y en los actos altruistas y extraños (como el de él mismo caminando hacia Lotte Eisner enferma en París).

Herzog lanza un dictamen que va en contra del optimismo existencialista que atraviesa todo su libro: “considero que el siglo XX, en su totalidad, fue un error”. El siglo XX fue un error, dice. No se equivoca. El problema es que no tenemos otro pasado. Solo tenemos el siglo XX con sus guerras mundiales, el nazismo (sus padres fueron nazis en la juventud), la matanza de millones, la expansión del capitalismo. Quizás a Herzog (como a David Lynch, como a Cioran y a tantos otros, como a mí) nos hubiera gustado nacer en Roma, en la época de Quinto Fabio Máximo y los cartagineses (Anibal lo odiaba), o en el tiempo de Quinrin Kuhlmann, un místico que viajó para hablar al sultán y decirle que Dios lo había condenado.

Herzog y muchos de nosotros nacimos en el siglo XX, el siglo equivocado (según Herzog) y quizás por eso (gracias a este error) el cineasta hizo Fitzcarraldo y Aguirre, la ira de Dios. Y como diría Borges, estas piezas inigualables lo justifican. Sin este siglo de horror y tragedia, de sangre y sudor y cuerpos insepultos no habría obras de artes como La consagración de la primavera, Aguirre, El aleph, El proceso y otras piezas singulares. El siglo XX fue un error, pero también fueron errores el siglo XVI y el XVII, y en ese río de sangre (entre los criptocatólicos degollados y los hugonotes sanguinarios) Shakespeare escribió Macbeth y Hamlet. Ya con esto merece la pena que existan las guerras púnicas y la persecución a los oponentes. No justifico la matanza y la persecución. Solo digo que los errores han existido y seguirán existiendo; felizmente, tenemos las obras de arte.

El capítulo último es una felicidad: Herzog se pregunta por el fin de la civilización de los libros y las imágenes producidas por artistas (como él mismo). La respuesta es pesimista, pero a partir de la historia de los loros de Von Humboldt deja una tímida luz de curiosa esperanza enrarecida.

Lean las memorias de Herzog. Funcionan como un deleite para esta sensación de horror y melancolía frente a un mundo que se derrumba.

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