Hombres del siglo XXI

 

 

Uno de los temas abordados con mayor frecuencia, intensidad y afrontado frecuentemente desde posturas extremistas y con una pasión violenta (que por lógica inhibe el juicio crítico), se corresponde a las diferencias de género.

Los estudios y el genuino interés por aprender realmente cómo funcionan las categorías y dinámicas de género ?más allá de la tendencia a convertir en campo de batalla la reiteración sin cuestionamiento del caso? nos permite comprender que el problema entre hombres y mujeres no radica en las diferencias naturales que presentan, sino en la interpretación y manipulación cultural de dichas diferencias con el fin de justificar jerarquías artificiales.

Las categorías de género constituyen un sistema complejo de significados sociales que definen comportamientos, capacidades y roles esperados para hombres y mujeres. Esta conceptualización ha moldeado profundamente las dinámicas de poder y las expectativas sociales a lo largo de la historia, configurando no sólo los espacios que cada sexo debía ocupar, sino también las formas de sentir, actuar y existir.

El feminismo moderno desde su esfera más radical, promueve un discurso de odio y estigmatización del sujeto masculino que comienza se arraiga en las generaciones jóvenes. Los colectivos feministas categorizan al hombre como sinónimo de “machismo” o “patriarcado”, como si la fuerza entera de un sistema socioeconómico estratificado y sustentado a lo largo de la historia desde la aparición de la propiedad privada por entramados mecanismos sociales pudiese depender o fuese en su totalidad culpa del aparato reproductor masculino.

El machismo surge como un efecto derivado del sistema patriarcal, y este último no existe porque existan los hombres, ni porque estos tengan una naturaleza más violenta; de hecho, constituye una ofensa a la propia capacidad de la mujer y la identidad femenina sustentar la idea de que solo por el medio de la fuerza bruta y la “capacidad masculina” se ha encontrado durante tantos años opacado y violado el papel de la mujer en la historia.

Hay tantas mujeres culpables de la perpetuación de los roles de género, como tantos hombres son víctimas del mismo sistema patriarcal, y ellos suman la totalidad de la raza humana.

La simple categorización de un recién nacido como niño o niña desencadena un conjunto de expectativas, derechos y obligaciones que condicionan toda su existencia. A partir del género asignado, se definen normas de comportamiento, límites emocionales y proyecciones sociales. Estos estigmas constituyen productos culturales que acompañan al individuo desde sus primeras etapas de vida y hasta la inserción plena del sujeto en la sociedad.

El análisis de género se limita constantemente al análisis de la situación y vivencia vinculada a la mujer cisgénero o a las personas no heterosexuales, muy difícilmente recoge al hombre heterosexual cisgenero en una condición que no sea puramente villanizada. Pero, por una vez: ¿Qué significa ser hombre?

 

? No lo sabemos, porque los hombres no se quejan.?

 

Pero, según la sociedad ser hombre es sinónimo de ser fuerte, racional, proveedor y dominante. Precisamente a causa de la narrativa patriarcal, desde el Génesis de la Biblia con la creación de Adán como sujeto entero y primo de la humanidad (de la cual se desprende la mujer como parte; pero no como individuo íntegro), se le ha considerado el modelo por defecto de la espacie humana.

Pero bajo este aparente privilegio, se esconde una profunda represión, donde quizás una de las afecciones más evidentes ataca a la emocionalidad y la censura de la misma, porque “los hombres no lloran”, “los hombres no deben sentir”, “no deben flaquear”, “el hombre es fuerte”, “el hombre debe ser la roca que sustenta la fragilidad femenina”.

La mujer, en medio de su desgracia y la obligación de su rol social tiene, al menos, el derecho a sufrirlo, el hombre (aunque muchas se nieguen a verlo), cumple también un rol social instaurado, y, aunque a frecuentemente sea olvidado, el hombre, no es solo sexo, sino parte sintiente de la espacie humana, y su inexpresividad, su violencia, su capacidad para no expresar dolor o infelicidad, para no ser capaz de ubicar en qué áreas del sistema reside la motivación de sus penas, no es sinónimo de que no sienta, es simplemente el resultado de su adaptabilidad.

La masculinidad fue antes construida sobre la prohibición del cuidado propio, la negación de la fragilidad y la obligación del éxito social.

En el siglo XXI, el hombre enfrenta una reconfiguración forzosa de su identidad. Se le exige deconstruirse, renunciar a sus privilegios históricos y adoptar un modelo emocionalmente disponible. Sin embargo, la sociedad no siempre ofrece un espacio seguro para esa transición. Los hombres, especialmente los jóvenes, enfrentan una presión contradictoria: si expresan su vulnerabilidad, son ridiculizados; si muestran rasgos tradicionales de masculinidad, son criminalizados socialmente. Esta paradoja se refleja en el aumento de la ansiedad, la depresión y los suicidios masculinos, fenómenos que todavía reciben escasa atención mediática y social.

Los hombres hoy, no cargan únicamente con la culpa histórica de un sistema que no crearon de forma consciente, sino que también sufren la represión de sus emociones y la falta de reconocimiento de sus padecimientos.

Al hombre moderno se le penaliza tanto por responder a esquemas tradicionales como por fracasar en la adaptación a los nuevos modelos, lo cual deriva en una profunda crisis de identidad masculina, donde la presión por el “hombre nuevo deconstruido” se vuelve tan opresiva como las antiguas exigencias patriarcales.

El ideal del hombre sensible, proveedor justo, emocionalmente disponible pero firmemente competente, es una meta que deviene inalcanzable para millones, provocando frustración, aislamiento y, en muchos casos, desesperanza. Lejos de establecer culpables individuales, la revisión sociológica del género permite entender que tanto hombres como mujeres fueron canalizados hacia roles rígidos bajo la lógica de los sistemas de poder, productivos y económicos. El patriarcado construyó esclusas sociales: otorgó a los hombres el control de ciertos espacios, pero a costa de su libertad emocional y su equilibrio mental. Asignó a la mujer un rol pasivo, negándole el acceso a la toma de decisiones, pero también la redujo a un mero instrumento reproductivo.

Hace algún tiempo en una conferencia de psicología infantil que tuve la oportunidad de escuchar a través de las redes sociales, un especialista en el tema compartió que hoy se encuentra con familias que aseguran no querer sustentar roles de género en su crianza, pero son las mismas familias que aseguran que un hombre “deberá aprender a barrer, limpiar y jugar con una cocinita porque ello hace cualquier ser humano funcional” pero que “ni locos ellos pondrían una escoba de juguete en las manos de una niña”, lo cual no desmantela la diferenciación de género sino que la reconfigura encontrando nuevos dogmatismos y sistemas de discriminaciones o asociaciones implícitas al sexo.

El feminismo, en su concepción original, se erigió como un movimiento humanista orientado a la conquista de la igualdad jurídica, política y social entre mujeres y hombres. Su esencia, lejos de promover la supremacía femenina o la revancha contra el varón, defendía la emancipación de la mujer como sujeto de derechos. Esta aspiración encontró eco en voces históricas diversas: desde las declaraciones revolucionarias de Olympe de Gouges hasta los alegatos filosóficos de Stuart Mill o Condorcet, todos alineados en la reivindicación de la igualdad sustantiva.

Sin embargo, en el tránsito hacia el siglo XXI y, particularmente a partir de los años 2000, el feminismo ha mutado hacia derivas ideológicas que, en ciertos sectores, sustituyen el reclamo de igualdad por la instauración de un nuevo discurso de supremacía. La denominada “cuarta ola” feminista, alimentada por las dinámicas de las redes sociales, ha multiplicado sus formas de expresión, pero también ha dado lugar a la proliferación de discursos excluyentes, estrategias de repudio y, en casos extremos, un abierto desprecio hacia lo masculino.

Históricamente, el feminismo se articuló sobre la premisa universalista de los derechos humanos. La lucha sufragista no se levantaba contra el hombre como enemigo genérico, sino contra sistemas normativos que negaban a la mujer su derecho a decidir, votar, educarse y vivir en libertad. Esta matriz igualitaria permitió la acumulación de importantes victorias sociales durante el siglo XX.

No obstante, a partir de la expansión digital del siglo XXI, ciertos sectores feministas evolucionaron hacia posiciones más reaccionarias, donde el hombre es reducido a enemigo estructural y la mujer es elevada a una categoría de superioridad moral intrínseca. Se pasa así de una denuncia legítima del patriarcado a la demonización del varón como opresor inevitable. Esta transición ideológica ha desvirtuado en muchos espacios los principios fundacionales del movimiento.

Las expresiones de misandria en el feminismo radical moderno no son fenómenos aislados.

Se articulan mediante mecanismos discursivos precisos:

La criminalización genérica del varón como “violento por naturaleza” u “opresor desde la cuna”.

La atribución de “culpa estructural” hereditaria, donde todo hombre es juzgado por los crímenes históricos de un sistema que él no construyó.

La ridiculización sistemática de los padecimientos masculinos, especialmente los vinculados a salud mental, violencia ejercida en su contra o dificultades identitarias.

La imposición de un modelo inalcanzable del “hombre deconstruido”, a la vez sensible, proveedor, fuerte, emocionalmente disponible, feminista activo y moralmente irreprochable.

La censura pública de hombres que exhiben comportamientos tildados de “machistas”, incluso si estos no trascienden los márgenes de la diferencia de opinión.

La fragmentación del espacio público mediante “zonas exclusivas” y discursos que promueven abiertamente la segregación por sexo como medida reparadora.

Estas prácticas, bajo el pretexto de justicia histórica, reproducen esquemas identitarios basados en la exclusión y no en la igualdad. Se olvida que los sistemas opresivos no se desmantelan mediante la instauración de nuevas opresiones.

Estas dinámicas no sólo dañan la posibilidad de diálogo entre sexos, sino que erosionan la coherencia interna del propio feminismo:

Se proclama libertad, pero se coacciona a las mujeres que eligen modelos tradicionales de vida.

Se exalta la autonomía femenina, pero se establece un nuevo deber-ser ideológico desde el feminismo radical.

Se exige empatía hacia las mujeres, pero se ridiculiza el dolor y la salud mental masculina.  Se denuncia la opresión sistémica, pero se normaliza la criminalización colectiva del hombre contemporáneo.

Estas contradicciones transforman al feminismo radical en un espejo invertido del patriarcado que se dice combatir: un sistema jerárquico, excluyente y moralmente absolutista.

El camino hacia una sociedad más justa no pasa por sustituir viejos opresores por nuevos culpables, ni por fabricar culpabilidades colectivas para saldar cuentas históricas. La verdadera igualdad es incompatible con la misandria, del mismo modo que lo es con el machismo, el racismo o la homofobia.

Negar la humanidad al varón como individuo, invisibilizar sus problemas reales y exigirle una perfección moral inalcanzable no conduce a sociedades más equitativas, sino a la profundización de las fracturas sociales. El reto auténtico del feminismo moderno es regresar a sus principios universales, defender la igualdad sin excepciones y reconocer que la emancipación de las mujeres no requiere demonizar a los hombres, sino humanizar a todos los individuos.

Los estudios sociológicos coinciden: cualquier sistema que promueva la supremacía de un grupo sobre otro perpetúa la desigualdad. Lo hizo el patriarcado durante siglos invisibilizando a la mujer, y lo hace el feminismo radical cuando convierte al hombre en enemigo estructural y a las mujeres disidentes en traidoras del género.

La supremacía de género, bajo cualquier bandera, normaliza los estereotipos, destruye la diversidad de elecciones personales y socava los principios fundamentales de equidad.  Las sociedades que caen en este error repiten patrones de control y dominación, solo que bajo un relato renovado. La igualdad verdadera no se logra mediante la inversión de las jerarquías, sino mediante su desmantelamiento completo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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