
En Apartamentos Géminis, Julio Hardisson construye un universo narrativo situado en una frontera difusa entre lo físico y lo digital, entre la experiencia íntima y su constante puesta en escena. Ambientada en un complejo turístico insular que funciona como microcosmos social, la novela explora las tensiones del sujeto contemporáneo en un mundo atravesado por la hiperexposición, la mediación tecnológica y el desplazamiento de las identidades. A través de personajes que habitan un espacio liminal —ni del todo real ni completamente virtual—, Hardisson indaga en temas como el destierro, la construcción performativa del yo y las nuevas formas de relación en una sociedad profundamente digitalizada. En esta conversación, el autor reflexiona sobre los procesos de escritura, los ejes conceptuales de la novela y el universo literario que ha ido construyendo alrededor del complejo turístico de Ajabo.
¿En Apartamentos Géminis los personajes viven en una frontera entre lo físico y lo digital, entre la vida íntima y la exhibición pública. ¿Concibió la novela como una reflexión sobre la identidad en la era de la hiperexposición?
La novela se desarrolla en un grupo de apartamentos turísticos que no es ni real ni ficticio. Se trata de un espacio liminal en el que lo digital coloniza subrepticiamente el ámbito de lo real, alterando la misma composición material del lugar y llegando a interferir en la percepción y la psique de los protagonistas.
Más que reflexionar sobre la identidad, me interesaba proyectar ciertos parámetros que rigen el mundo digital —como la hiperexposición que mencionas, el principio de popularidad, la economía del liking y el friending o la mercantilización de las relaciones— sobre los personajes y sobre la misma trama.
La novela se centra en esas interferencias, hurga en la disonancia, y trata de construir un universo literario coherente partiendo de lo disociado. Un universo que, lejos de las profundidades de lo trascendente o la reflexión sociocultural, se sume de lleno en los “abismos superficiales” de un mundo contemporáneo altamente mediado por la tecnología.
Leo, Lulú y otros personajes experimentan una forma de destierro —geográfico, emocional o simbólico—. ¿Hasta qué punto el “no estar ni aquí ni allá” es el verdadero núcleo temático del libro?
Leo es un arquitecto que se traslada a la isla donde se encuentran los apartamentos porque sufre un accidente que le altera levemente la cognición. Lulú, por su parte, es una camgirl de origen eslavo que, como muchas otras chicas extranjeras que aparecen en la novela, se instala en los apartamentos Géminis para realizar sus transmisiones de porno doméstico online. Todos los personajes de la novela han sido “trasplantados” a esos apartamentos y todos provienen de lugares diversos.
El tema central de la novela, como bien señalas, es el destierro. Un tipo de destierro geográfico, en el que se construyen identidades de raíces múltiples, con sus problemáticas y potenciales dinámicas transformadoras. Ante la idea de identidad de raíz única, prácticamente obsoleta en un mundo globalizado, se plantea una identidad diaspórica, o rizomática, como la denomina el pensador y poeta de la Martinica Édouard Glissant.
El concepto de destierro, no obstante, atraviesa también la novela en otras muchas dimensiones. La primera, y más evidente, tiene que ver con lo expuesto en la pregunta anterior. La sensación que tiene el sujeto contemporáneo de estar habitando un mundo en el que la mediación tecnológica sustituye las relaciones físicas y donde los mapas mentales con que nos representamos la geografía, incluso la memoria, se ven desplazados en favor de interacciones virtuales, archivos digitales y una especie de codificación de la mayoría de las esferas de las actividades humanas. En este sentido, el sujeto contemporáneo vive también en una suerte de destierro de lo real.
La novela combina una prosa muy sensorial y poética con descripciones explícitas del entorno tecnológico (plataformas, cámaras, interfaces). ¿Cómo trabajó ese equilibrio entre lirismo y frialdad digital en la escritura?
Tanto en mi anterior novela, Costa del Silencio, como en Apartamentos Géminis, la escritura va siempre de lo sensorial a lo conceptual, nunca al revés. Me interesa describir lo material, las sensaciones, la geología, la flora, el viento y la arquitectura, así como las micropercepciones que genera un resplandor en el agua de una piscina, un titilar de leds digitales o el cansancio y la agitación que provoca en la psique toda una noche conectado a la red.
Puede que resulte “frío” en ocasiones para según qué lector, especialmente cuando las descripciones son más “clínicas” y porque no me suelo recrear en las emociones internas de los personajes. Prefiero una visión más, diría, cinematográfica de la escritura. Aunque en absoluto entiendo que es una narrativa que carece de emoción. Todo lo contrario. Es una prosa más musical, cercana a la música electrónica, al drone, con sus patrones, pulsos y texturas, lo que la acerca, a mi entender, también a la lírica.
Costa del Silencio fue mucho más radical en este aspecto, ya que la trama —que la había— estaba “enterrada” bajo un manto descriptivo y sensorial del paisaje. Apartamentos Géminis, en cambio, se centra más en los personajes, su psique y sus interacciones, por lo que puede resultar más “cálida” y de más fácil lectura, porque la trama aparece más explícitamente.
Muchos personajes parecen atrapados entre la autenticidad y la performance: coreografían su vida cotidiana, codifican sus gestos, se convierten en objeto y sujeto de representación. ¿Cree que hoy la identidad es inseparable de su puesta en escena?
Como te decía antes, la novela se sitúa en esa tesitura, hiperbolizando lo que sucede con nuestra experiencia con la tecnología en el mundo real. Como en toda literatura, hay un estiramiento o desplazamiento de esa experiencia. Apartamentos Géminis es una suerte de correlato literario de las problemáticas que acucian al sujeto en un mundo altamente mediado por la tecnología.
Así, en la novela, una conversación presencial entre dos personajes puede tener componentes característicos de un chat privado online; la descripción de una escena puede estar atravesada por un filtro de Instagram; o un paisaje real puede que esté precedido por el hashtag o el cliché con que aquel ha sido etiquetado. Estos ejemplos simplifican de algún modo lo que sucede en la novela, pero sirven para que entendamos la propuesta de manera general.
Por lo demás, la novela da por hecho que, en la actualidad, todos somos objetos y sujetos de la representación. Somos la persona que se expone y el diseñador que estiliza su propia imagen en las redes sociales; la máscara y el individuo; el empresario y su mercancía. La novela penetra, en este sentido, en la relación “incestuosa” que emerge entre el sujeto y su propia imagen virtual, y cómo esta última modela y condiciona la dimensión física y real del individuo.
Esa disociación es también parte del destierro en el que indaga este libro.
El complejo turístico de Ajabo funciona casi como un microcosmos cerrado, una especie de laboratorio social. ¿Qué le interesaba explorar al situar la acción en ese espacio insular, aparentemente paradisíaco pero atravesado por tensiones invisibles?
Leí en algún sitio que los escritores isleños tendemos a representar mundos cerrados y delimitados. No sé si se puede extrapolar a otros, pero en mi caso es bien cierto.
Tanto Costa del Silencio como Apartamentos Géminis suceden en el mismo complejo turístico. Son dos novelas totalmente independientes, pero comparten ese mismo universo. Salvando las distancias, Ajabo es mi Macondo, mi Comala o mi condado de Yoknapatawpha. Me siento a gusto en ese espacio que he creado.
Por otro lado, aunque no sea explícito en estas dos novelas, la primera narra el origen del complejo, como si se tratara de una cosmogonía. El personaje principal representa el rol arquetípico del colono-conquistador, que describe una tierra desconocida, con una cierta mentalidad extractiva y depredadora, aunque, en apariencia, benefactora. La segunda trata la otra cara de ese mismo personaje, que es una suerte de desterrado en esa colonia extraña, donde no sabe dar nombre a muchas cosas que le rodean.
Además, no podemos olvidar que las islas, además de lugares utópicos, han sido históricamente lugares de exilio, precisamente por su condición geográfica de “cárceles” rodeadas de agua de mar.
Por último, creo que los complejos turísticos son escenarios muy interesantes para la ficción. Son lugares cerrados, paradisíacos, como bien señalas, donde el tiempo parece haberse detenido, y en los que entran y salen personajes provenientes de múltiples localizaciones. Me interesa esa mezcla de espacios de tránsito de visitantes y de lugares que dan empleo, más o menos provisional, a camareras de piso, técnicos de mantenimiento, jardineros, chóferes, etc. Es en estos últimos, y la solidaridad que emerge entre ellos, en quienes me centro especialmente en Apartamentos Géminis.





