Aires que arden

Me inquieta la noticia. El ejército israelí acaba de bombardear el Aeropuerto Internacional de Saná en Yemen y aunque estoy en Omán, lejos de la capital yemenita, hoy no parece un buen día para volar por la Península Arábiga. “No hay de qué preocuparse ?asegura el chofer que me lleva al aeropuerto de Mascate—, por aquí todo está tranquilo”. Es cierto. Omán no está en la mira de los sionistas, pues no es sede de hutíes ni de alguna otra proclamación de rebeldías. Me convenzo entonces de que podré llegar sin riesgo a Dubái y me relajo.

El sultanato omaní, auspiciado por las dádivas del petróleo, parece tener todo bajo control. Por lo menos esa es la impresión que da el país cuando uno lo mira desde adentro. Tengo cinco días de estar aquí y lo único que desconsuela es el calor de cuarenta grados y el precio excesivo del más mínimo souvenir. No es solo porque el rial omaní se cotiza por encima del dólar y el euro, sino porque, en comparación, todo aquí cuesta un ojo de la cara.

Me hospedo a poco menos de un kilómetro del centro de convenciones donde tiene lugar la Feria Internacional del libro de Mascate. Aunque los organizadores han dispuesto de vehículos para trasladar a los invitados me atrevo a caminar la corta distancia. No atravieso el parque ni las calles para ir hacia la feria, atravieso el bochorno insoportable del clima de los desiertos.

Desde hace milenios los árabes veneran el libro. Sus antiguas bibliotecas fueron un santuario de saberes que no sucumbió a inquisiciones. Mientras camino por los pasillos de la feria siento que este fervor sigue intacto en su cultura. No hay espacio para tanta gente en los parqueos y las filas para entrar a mirar los libros desanimarían a cualquiera, pero Sherazade sigue hipnotizando con sus mil y una fábulas. Nadie aquí en Mascate quiere perdérselo. El mundo árabe se ha reunido en estos pasillos donde cada país tiene su stand y una comitiva de escritores.

No sé si la traducción de mis poemas es precisa y si estoy a la altura de las palabras que aquí abundan, pero los omaníes han dispuesto que tres poetas hispanoamericanos vengan a leer sus obras, y aquí estoy con Gabriel Casasola de Bolivia y Pilar Rodríguez de México. Somos tres espectadores foráneos que miran desde el Museo Nacional el palacio azul, el Al Alam del sultanato; que se disfrazan de musulmanes en la Gran Mezquita del Sultán Qaboos y que, al caer la tarde, se perderán en los callejones de Souq Mutrah, el mercado de artesanías.

Es de Gabriel la idea de que vayamos a conocer un oasis. Pilar gestiona los detalles y al día siguiente, luego de tres horas hacia el sur por un camino entre montañas desnudas, el guía nos lleva a las aguas turquesas de Wadi Bani Khalid y su jardín de las palmeras. Un tour que reproduzca el cliché de estos desiertos no puede, de ninguna manera, prescindir de los camellos y la casa tradicional de los beduinos. El calor en las arenas es intenso, pero una foto en la joroba de un camélido bien vale el sacrificio.

Mascate, a diferencia de su vecina Dubái, parece una ciudad modesta, pero aquí los edificios prefieren la gracia ancestral para que ninguna torre se atreva a esconder el esplendor de las montañas. La puerta de los persas y los árabes para entrar a las aguas índicas es el estrecho de Ormuz. El país que ampara a los mercaderes que vienen del mar es, desde hace siglos, este sultanato llamado Omán.

La clausura de la feria es también un desfile de atuendos tradicionales. Todo omaní que se precie de tal, debe llevar en ocasiones especiales un janyar en el cinto. Es la daga curva que usaban los antiguos guerreros de estas tierras. Hoy es el emblema del país.

Toca por fin alistar valijas y emprender el viaje de regreso. Echaré de menos el sabor de los corderos marinados, los arroces con especies y el dulce halwa que sirven siempre con café. Echaré de menos el tumulto de los miles de batones blancos que se aglomeraban en los stands para mirar y admirar los libros y sus letras.

Llego sano y salvo al aeropuerto de Dubái. Las pantallas de los noticiarios siguen mostrando el humo de las bombas que lanzaron los sionistas en Saná. Hay muertos y varios aviones quedaron inservibles. En otra pantalla, la de una aerolínea, se anuncia la salida de un vuelo hacia Tel Aviv. En la sala de espera veo árabes e israelíes identificados con sus respectivos atuendos que se preparan para abordar el mismo avión. Cierro los ojos con incredulidad. Si no hubiera estado pendiente de las noticias, habría jurado que esta imagen es normal, que los aires no están ardiendo en el “Medio Oriente”, y que, en estas tierras, tal y como sucede aquí, el comercio se mueve en paz entre mezquitas y sinagogas.

 

 

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