38 HORAS

El stretcher rueda por los pasillos del hospital camino al quirófano. Sus ruedas grandes se deslizan silenciosas sobre el piso de hule que brilla de tan limpio, de tanta luz LED.

            Voy lleno de cables, reclinado hacia adelante, casi sentado como en esas propagandas de colchones inteligentes que salen en la tele cada dos por tres. Tiro un poco de la sábana para taparme las piernas y después me acomodo la bata del hospital con las dos manos, casi como si fuese un blazer, en un esfuerzo estéril por intentar lucir lo menos enfermo posible.

Las sonrisas de compromiso y los pulgares arriba se repiten calcadas en cada corredor, mientras mi camilla corre ágil a su destino por las entrañas del edificio. Mi mujer camina a mi lado y sonríe de vez en cuando. Tiene las manos heladas. 

Hace 36 horas me dijeron, en inglés, que tenían que operarme de un tumor y, aunque parezca mentira, estoy tranquilo.

            Es una calma curiosa la mía. Es esa calma del equilibrio justo entre el caos y la quietud, o como la de esos días de pleno sol, sin viento, horas antes de un huracán. Si fuese un poco mas snob, diría que es la paz de estar presente. Yo estoy bien, con lo justo.

¿Uno deja de ser extranjero cuando logra sentirse seguro en un hospital? ¿Aunque no recuerde el nombre del doctor que lo va a operar? Todavía guardo imágenes difusas de los hospitales de Buenos Aires. Llevo impregnado ese olor a enfermedad de los pasillos, mis fantasmas de niño, la antesala de otras operaciones, esas sábanas que no eran las mías y el “quedate tranquilo” de mi mamá.

No le conté nada a mi vieja ¿Para qué? ¿Para que se angustie a cuatro mil millas?

—¿Te llamó alguien? —le pregunto a mi mujer porque ya no tolero el silencio. Me quedo sin respuesta. Ella va sumida en lo suyo.

El stretcher rueda y rueda por corredores idénticos, calcados, interminables. Gente sana, gente enferma, sillas de ruedas, muletas, familias de visita y un doctor con una lata helada de Diet Coke. Laboratorio, Rayos X, Traumatología, Diagnóstico, Oncología, Oncología, Oncología, Oncología.

Muestras de arte infantil inundan las paredes. Pienso en mis hijos, en las cosas que aún les quedan por vivir ¿Podrán sin mí?

Las puertas se abren automáticas al ritmo del swipe de la credencial de mi conductor.

            —No le voy a desear buena suerte porque no la necesita — me dice en su inglés bien de Miami mientras esperamos el ascensor. Se acomoda la cofia descartable que contiene su pelo y vuelve a verificar la información en mi pulsera.  —Suerte necesitan los que no tienen la seguridad de estar con los mejores — sigue con el discurso estudiado, pero yo ya no quiero escuchar más.

            Suelo ser proclive al small talk. Charlo con Uber drivers, en salas de espera y hasta con desconocidos en la cola del supermercado, pero hoy solo siento mis dedos cruzarse instintivamente para evitar las malas vibras. Me acecha mi fetiche latino, el ritual de la vela encendida, la virgen y las tres persignaciones. Busco la cruz en mi pecho desnudo, pero todos mis amuletos quedaron en el cuarto, con mi ropa, con la alianza. Voy solo y sin protección, con mis cábalas instauradas en mi ADN, como en los aviones con turbulencia, como en el examen de ciudadanía, como esa vez que un cuñado de turno me regaló un ramo de flores minutos antes de que naciera mi hija.

            Por fin llega el ascensor y el camillero maniobra el stretcher marcha atrás pegando fuerte contra una de las paredes de metal. «Menos mal que este no me opera» pienso y me río solo como un tarado.

            —¿Sabe por qué entramos hacía atrás? ¿Por qué me paro junto a usted? — dice y se acomoda a mi lado. —Si hubiese una emergencia, o fuego aquí dentro, yo tengo que empujar para salir. Si alguien queda entre la camilla y la puerta puede morir aplastado. Aquí todo está pensado por seguridad.

            —¿Sos de acá? —pregunto porque ya no soporto una nueva posibilidad de muerte. Mi mujer revolea sus ojos y tuerce la boca como cada vez que hablo por hablar. —Born and raised, pero mis padres son cubanos —. Cuando le confirmo que soy argentino dice algo más del asado, que estuvo en Buenos Aires una vez cuando era chico, pero las puertas se abren otra vez y vuelvo a convertirme en un paciente.

Más pasillos, el mismo piso de hule, ya no sé muy bien dónde estamos. – SURGERY – AUTHORIZED ACCESS ONLY, dice el cartel.

            — Nombre y fecha de nacimiento— dispara una chica mientras estaciono una vez más en un cuarto sin puertas ni ventanas y el elenco médico se renueva como si hubiese un cambio de turno. El último en entrar cierra la cortina. Es un petiso musculoso, con un sombrero de Peanuts y un iPad lleno de stickers —¿English? ¿Español? Soy el anestesista — dice con una sonrisa de customer service. —¿Cómo se siente?

            El tipo arranca en español, pero cambia de idioma sin darse cuenta entre “soy so”. Yo solo firmo papeles que no leo. Son muchas instrucciones, demasiadas preguntas para mi inglés que todo lo entiende, pero que no tiene alma y nada sabe de sentir.

            We are ready— dice una enfermera por fin y todos se alejan un poco. Los pulgares arriba, las sonrisas, todo se repite. A mi mujer le dan un buzzer como el de los restaurantes y le hablan al oído. Ella pregunta. —No más de dos horas —le dicen. El stretcher rueda una vez más. Yo digo chau y no la miro. Si la miro, llora.

El quirófano parece un estudio de televisión de tanta pantalla, o quizás es igual a todos los quirófanos de este país. Se escuchan voces en español y suena de fondo un reggaeton lento, estoy seguro porque sonrío casi sin querer y todavía no me drogaron. Busco al doctor que acabo de conocer, pero no lo reconozco entre tanta cara cubierta y tanto gown monocromático.

            Tranquilo bud, well take care of you. A bit of a warm feeling, no te preocupes que es normal. Now relax, deep breath, will see you in no time.

Por tierra los fetiches, enterradas las cábalas. Quiero hablar pero no puedo, ni siquiera en español. No rezo, no quiero, no creo. Ya no pienso ¿Para qué? Se van las pantallas, el ruido, la gente y las luces se bajan lentas, sin apuro. Entonces no queda mas que cerrar los ojos y esperar. Cómodo, tibio. No sé si será muerte o vida, no debería darme igual. No logro darme cuenta cuál de las dos es la más difícil.