Yo soy el 10: de huracanes, epidemias y el barbero de Maradona

Estoy adentro del auto, estacionado en un típico centro comercial al aire libre. Como aquí no hay galerías cerradas, tengo que esperar a cielo abierto; todo es una franja de negocios con veredas angostas: strip malls, un espantoso invento americano divorciado del buen gusto y de cualquier rastro de diseño urbano. Son las tres de la tarde, y aún a inicios de noviembre, el termómetro marca los 93 grados Fahrenheit. A pesar del aire acondicionado, siento como si fueran el doble, agobiado por los reclamos agudos de mi esposa en el teléfono; repite, una y otra vez, que me había dicho hace meses que teníamos que huir de inmediato a algún lugar en donde hubiera camas y respiradores disponibles, y que ahora, por si fuera poco, además de la persistencia del coronavirus, vuelve nuevamente la amenaza de Eta, el huracán que entrará este fin de semana por el sudoeste de la península de la Florida, el mismo que hace unos días impactó Centroamérica como categoría 5 y mató a 74 personas. Eta es la séptima letra del alfabeto griego. Este año la temporada de tormentas fue tan activa que ya en septiembre se agotaron los nombres convencionales asignados con las letras del alfabeto latino. La temperatura de los océanos sigue en ascenso y esas aguas cálidas alimentan sistemas atmosféricos que se convierten en huracanes devastadores. Aun así, para millones de conspiracionistas, no existe el calentamiento global. Pero volviendo a mi esposa, ayer actualizó su testamento convencida de que si no nos marchamos, ella morirá infectada por el virus que le contagiaremos alguno de nosotros en casa. Por suerte veo que Raymon me hace señas con los brazos;  es mi turno. Le digo a mi mujer que tengo que cortar.

Finalmente, logré venir a cortarme el pelo. Pasaron casi seis meses. Aquí, en El Doral, a solo veinte minutos de Miami Beach, es donde atiende Raymon Torres, el barbero cubano a quien sigo desde hace quince años a donde quiera que él vaya. Es el único que entiende a la perfección cómo funcionan mis remolinos. Raymon es nómade, no se queda en el mismo lugar por mucho tiempo; desde que llegó de la isla debe haber cambiado de local unas veinte veces, casi una por año. Donde sea que instale el antro, su marca registrada es indeleble: Look by Raymon. Con eslogan y todo: “Cuando la belleza se convierte en arte.” En Cuba él era todo un personaje; atendía en el mejor salón de La Habana, el del hotel Meliá Cohiba. Allí lo iban a buscar las celebridades que llegaran al país. Así fue como conoció a Diego Armando Maradona, mientras el Pelusa estuvo en Cuba rehabilitándose de sus adicciones. Se hicieron amigos y, según las propias palabras de Raymon, el día anterior a largarse para Miami “le arreglé el pelo por última vez al Diego”.

El Doral es una ciudad que surgió hace diecisiete años a partir de un puñado de galpones pegados al aeropuerto. Aquí es donde se instalaron las últimas oleadas de inmigrantes colombianos y exiliados venezolanos de clase media y media alta. Sin embargo, al contrario de lo que uno se imaginaría de una zona en la que funciona un exclusivo golf y resort con la marca del todavía presidente Trump, el centro comercial en donde Raymon instaló su flamante barbería está pensado para gente con menor poder adquisitivo. Aquí se encuentran todas las tiendas típicas que uno hallaría en un barrio periférico de Medellín o de Caracas, con sus lugares para comer y almacenes con productos regionales, como arepas, cachapas, tequeños, chicharrones y fricasé de cerdo; no hay café cubano, ni ropa vieja, ni frijoles negros con maduros: nada que tenga que ver con Cuba. Sí, una lavandería; también, un local de celulares que ofrece teléfonos desbloqueados con servicios prepagos; un Western Union, una casa de empeños, una tienda de ropa con colores vivos y chaquetas con dragones de raso anaranjado.

Al concertar la cita, Raymon me advirtió que las reglas impuestas por el condado de Miami Dade para atender en la barbería siguen siendo muy estrictas. Tanto, que aún no se permite que dos clientes estén al mismo tiempo dentro del local; un cliente por turno, un turno por hora. Una vez autorizado a entrar, bajo del auto; antes de cerrarlo, guardo todo en el baúl y reviso que nada de valor quede a la vista. Camino mirando al cielo, el horizonte se va cargando de plomo; se sienten algunas ráfagas de viento que provocan remolinos de desechos, envoltorios de snacks, latas abolladas, tickets de una lotería que no salvó a nadie. La presión que va bajando, el aire que se agita y se calma, y se llena y se vacía. Esa danza que conocemos de memoria. Percibo que en este momento carezco de esa protección de mi espacio personal que, al menos desde que empezó la pandemia, mi vehículo me garantiza. Me siento extraño, como si me faltara algo, como si estuviera desnudo. Y claro, de pronto caigo en que no tengo mi barbijo. Regreso al auto y saco uno de la caja de mascarillas descartables que acopio en la guantera.

Cuando los gobiernos locales de este estado decidieron pedirle a la gente que se quedara en su casa, exceptuaron de esa recomendación a toda aquella actividad que pudiera realizarse utilizando el automóvil. Es que aquí la vida no solo es posible en un auto, sino que solo es posible con el auto. Sin embargo, existe una franja importante de la población, que ni siquiera cuenta con los medios económicos para adquirir un vehículo que les dé la mínima movilidad que precisan para llegar a sus lugares de trabajo. Aquí el servicio de transporte público es precario y poco confiable, en términos de horarios y recorridos. Para estas personas, el condado improvisó numerosos centros de testeo masivo, donde deben soportar el sol, el calor y las lluvias repentinas en uno de los peores epicentros de la pandemia. allí deben formar una fila durante varias horas bajo la custodia de personal militar de la Guardia Nacional vestido con uniformes camuflados.

Antes incluso de saludarme, Raymon me acribilla con indicaciones, mientras percibo el olor a amoníaco y a pelo mojado de la clienta anterior: que me higienice las manos y los antebrazos con jabón por más de veinte segundos; que no me saque el barbijo hasta salir del local; que me ubique delante de la pileta habilitada (la única que no tiene una cinta amarilla). Me lava, entonces, el cabello antes de “pelarme”, como dice él. Luego, me señala el sillón en el que, a un lado, él me espera. Y se me queda mirando con sus lentes de grueso marco nacarado debajo de la línea de los ojos; suena ese rock evangelista, cuya letra me llevó varios años entender que solo hablaba de alabar al Señor. Ya sentado, Raymon me quita la toalla que me puso en la cabeza; alarmado, se acomoda sus gafas, como si estuviera viendo mal. Me comenta que no puede creer lo que hice al intentar apenas emprolijarme con mis propias manos usando una tijera desafilada. Pero agrega que no le extraña, que ha visto cosas peores, que sus clientes enloquecieron.

Raymon no es el mismo de siempre. Usualmente, las sesiones con él duran más de lo que deberían para la escasa cantidad de pelo que tengo, y por la sencillez del corte. Pero los encuentros se extienden más de lo necesario, porque a los dos nos gusta mucho el fútbol, y los dos somos fanáticos del Barça. Siempre charlamos y discutimos sobre aciertos y desaciertos de la política del club, de si lo que el técnico hizo está bien, que si los jugadores que compraron o vendieron valen la pena. Él sabe que mis hijos juegan al fútbol y siempre me pregunta por ellos, y me pide que le muestre videos. Pero hoy los ojos de Raymon están grises, las cejas descuidadas, algo extraño en él. No me abraza ni me dice cómo estás mi hermano, como hace siempre. Me muestra el codo derecho hacia arriba y yo hago el mismo movimiento. Pero sin tocarnos. Está apagado, como entristecido. Tampoco hablamos del Barça, ni de que perdimos la Liga. Ni siquiera expresa el espanto por el posible éxodo de Messi. No. Me pasa el peine sosteniendo al mismo tiempo las tijeras; frente al espejo, lo miro a los ojos con extrañeza. Por un instante se detiene y me habla, también comunicándose por medio de la imagen que devuelve el espejo:

“No estamos tan bien, nada de eso, esperemos con el favor de Dios que esto se acabe y la gente vuelva un poco a la normalidad, aunque créeme que vamos a estar marcados. Muchas cosas que hoy están se van a quedar. ¿Entiendes? Y la vida no va a ser igual, el temor de las personas a compartir; mira, nosotros los latinos tenemos algo que tal vez no lo tenga el resto de los americanos, ni otros países europeos, ni nada de eso, pero nosotros, si te vemos por primera vez, ya vamos y te abrazamos y te damos un beso y te damos la mano; ¿tú me entiendes?, somos muy eufóricos por esa parte de dar y expresar lo que sentimos por las personas. Tú no sabes cuánto yo extraño darle un beso a alguien, un beso de mejilla, un abrazo, un apretón de manos. ¿tú me entiendes lo que te digo?”

En un lugar como Miami, en donde viven personas que están tan pendientes y se muestran tan aprensivas respecto a la posible violación de la esfera de su espacio personal, no respetar la regulación que impone observar el distanciamiento de los seis pies y rebelarse contra el uso de las máscaras, constituye una enorme paradoja. Es sabido que para los americanos el concepto de “espacio personal” es sumamente importante, ya que ellos valoran celosamente esa mínima distancia que necesitan que se mantenga para relacionarse con otra gente; debe evitarse el ponerlos en una situación de incomodidad o directamente de temor. Tienen incluso catalogadas las zonas y sus distancias, según el tipo de vínculo que mantengan las personas entre sí. Y cuando un extraño atraviesa o penetra en una zona que no se condice con el tipo de relación que tiene con esa persona, se ponen defensivos, se muestran abiertamente incómodos y, como mínimo y al menos, harán que, si había una conversación en curso, ésta termine de manera abrupta. Es tan importante este concepto para la vida social y cultural de los americanos que, como digo, han llegado al extremo de catalogar los vínculos y clasificar las distancias que definen las zonas de espacio interpersonal; una zona de intimidad, otra de relación personal, otra de distancia social y, finalmente, relaciones en el espacio público. Esto quiere decir que los anglosajones han reglamentado la “proxemia” —el estudio del uso humano del espacio y los efectos de éste en el comportamiento, la comunicación y la interacción social. Por ello existe la figura jurídica del “assault” y es un delito poner al prójimo en un estado de aprensión, en una situación donde la persona pueda sufrir un ataque o un daño de manera inminente. Solamente por violar esta norma, en nuestros países de origen, el 75% de la población estaría presa.

La paradoja de no respetar la regulación que impone observar el distanciamiento de los seis pies y rebelarse contra el uso de las máscaras consiste en que justo ahora cuando hay que cubrirse la nariz y la boca, y realmente tomar distancia, el americano no lo acepta. ¿Por qué? Solo guardará distancia social de manera espontánea de acuerdo con su percepción y desconfiará de todo aquello que sea, o aparente ser, una imposición arbitraria de la autoridad. En cuanto al uso obligatorio de una máscara, al entender que es una práctica de culturas ajenas, al no surgir de la práctica social, será tomado como una imposición violenta, que ultraja la autonomía de su voluntad. En China es algo natural, pero acá no. Aunque tal vez, y después de todo, en cuanto a esta gran paradoja, el problema no sea tan sencillo y responda justamente a la coexistencia de personas que en su mayor parte provienen de culturas y de tradiciones muy diversas y hasta cierto punto, e incluso, incompatibles: los anglosajones protestantes y los latinos católicos.

“…pero a mí lo que más me sorprende es el nivel de miedo que hay en la población —irrumpe Raymon—: al principio cuando todo esto empezó, allá en marzo, imagínate, mi brother, que en el resto del planeta corrían al mercado a matarse por el último paquete de papel sanitario, mientras que acá la gente compraba municiones. No entiendo nada, mi hermano, ¿tú puedes explicarme eso?”

Me acomodo en el sillón y, mientras Raymon retoma su labor con las tijeras, le explico qué características tenía la gente que fundó esta nación. Le cuento que los colonos (los Pilgrims) que se subieron a un barco y se escaparon de Inglaterra en el siglo XVII hacia estas tierras, lo que hoy se conoce como los libertarios americanos, lo hicieron para que nadie les dijera a qué Dios debían rezarle o cuál Biblia debían leer. Los Pilgrims vinieron en busca de la autodeterminación, la libre empresa, el uso del esfuerzo individual para generar riqueza y el depender solo de sí mismos sin que un gobierno central pudiera confiscarles lo que les pertenecía: sus productos, sus esfuerzos, a través de impuestos, como los que los británicos comenzaron a imponerles, por ejemplo, al té que se cosechaba aquí en las colonias. Ese fue el disparador que los llevó a declararse independientes de la corona, del imperio, a entregar sus vidas a cambio de defender eso que para ellos es tan sagrado: la propiedad privada.

Al principio eran trece las colonias que decidieron unir fuerzas para pelear contra un enemigo común: el poder central, despótico y autoritario de la corona británica. Por eso el objetivo y el diseño del gobierno que tuvieron en cuenta los padres fundadores de esta nación, gravitó hacia evitar por todos los medios que pudiera existir una forma de gobierno que abusara de su poder y se volviera en contra justamente de aquellos estados que se unieron para darle origen a la entidad superior a la que llamaron Estados Unidos de América. Cada estado, cada condado, cada ciudad en este sistema político se reserva para sí todo aquello que se relacione con la educación, la seguridad y la salud, delegando en el gobierno federal solamente los poderes enumerados en la Constitución. Esto explica que, ante la crisis generada por la pandemia, varias ciudades de un mismo condado hayan dictado su propio toque de queda y sus propias regulaciones sanitarias y policiales para proteger a sus ciudadanos. La ciudad de Key Biscayne, por ejemplo, no solo al principio cerró los puentes para impedir que los extraños pudieran traerles la peste, sino que además instauró un sistema exclusivo para sus residentes, que les permitía hacerse de manera gratuita el test del covid-19 en la iglesia del pueblo.

Entonces, para intentar comprender por qué el anglosajón libertario corre a comprar municiones cuando sospecha que se viene el apocalipsis, es bueno remontarse a la historia de los orígenes de esta nación. Ese espíritu tan vernáculo de protección de la propiedad privada y del bienestar individual debe ser defendido por cada ciudadano, a través de la fuerza si fuese necesario, ya que el libertario ni confía ni cree en eso de concederle el monopolio del uso de la fuerza a las instituciones del orden y de la ley. Para ellos todo debe ser el producto del esfuerzo individual. Para lo bueno y para lo malo. El famoso Contrato Social, por el cual todos convinimos en concederle al Estado el uso exclusivo de la fuerza, pierde vigencia en situaciones límite como esta; el momento en que cada uno debe bregar por su propia seguridad. (Y como ellos mismos lo denominan: When the shit hits the fan.) Los libertarios se preparan toda la vida para momentos cúlmines y corren a aprovisionarse de alimentos, armas y municiones para resistir desde la santidad de sus viviendas cualquier posible violación a sus derechos fundamentales. En el estado de la Florida, especialmente en las zonas rurales, una de cada diez personas ha completado todos los papeles necesarios para poder adquirir y portar un arma para uso personal, un derecho amparado por la Constitución, por medio de la incorporación de la segunda enmienda.

Como todos, y como yo mismo, también a Raymon lo noto más panzón que nunca. Y con las piernas flaquitas. Usa jeans con las botamangas bien anchas y con motivos circulares de brillantina plateada. Atado debajo de la panza, lleva un delantal de gamuza, gastado y lleno de manchas de tinturas, y con múltiples bolsillos y compartimentos en los que acomoda toda su parafernalia de barbero. Es un sheriff con el armamento necesario para restablecer el orden en todo aquello que nazca del cuero cabelludo de las personas; peines, tijeras, cepillos, navajas, pinzas, afeitadoras, pinceles y brochas. Hoy se puso una camisa verde loro; las solapas del cuello bien anchas. Tres botones sin abrochar a la altura del pecho. La piel del esternón se le llega a ver, lampiña y lubricada. En su cabeza: la boina, siempre una boina. Hoy es de tweed, gris, bien oscuro. Todavía, entre un manto de pelos no barridos, resaltan sus botas de cuero negro con punteras de metal plateado, que hacen juego con los motivos brillantes de su pantalón.

Como el Estado de la Ciudad del Vaticano, en Italia, Miami también está enclavada en esa Florida casi rural. Para el americano, el norteamericano, el estadounidense, el estado de la Florida es una especie de entidad política y territorial a la que asocian más con alguna región barbárica, que con otros estados modernos y civilizados. Y el habitante de la Florida rural o interior es, en su mayoría, una especie de fundamentalista del antiaborto, de los derechos naturales, del derecho irrenunciable a portar armas para la defensa personal y de la santidad del hogar, de la desconfianza hacia los gobernantes y de las regulaciones que por el bien común pueda pretender imponer un gobierno. Miami es y no es parte de esa América. Miami está en su extremo sur, casi cayéndose de una península que parece ser una protuberancia que la América continental deseara amputar de su organismo. Depende quién sea el que hable y de qué lado del argumento se ubique, Miami es deseable o indeseable, sin medias tintas. Miami es ese territorio que no es. Es una zona que siempre está en off side, que nunca termina de pertenecer, a la que vienen los que ya no quieren seguir siendo parte de todo lo que está al norte, hasta llegar al círculo ártico, sea por los climas inhóspitos, por culturas demasiado germánicas, estrictas, en busca del fresh start que precisan para darse otra chance, tal vez la última. Porque en Miami todo es posible, o imposible. Porque todo es relativo. Depende del momento y de quién lo declame.

Porque a Miami también llegan, ya con sus últimos recursos vitales, los que tampoco quieren tener nada más que ver con lo que sucede al sur o debajo del Río Grande ni del otro lado del Mar Caribe. Llegan a Miami y esperan. Esperan y luego de una calma tensa se mueven más confiados hacia otros destinos. Pero muchos otros llegan y ya no esperan, permanecen sin darse cuenta. Se cocinan a fuego lento. Y envejecen. Y un día descubren que aquí serán enterrados, sin sus familias de origen ni de destino, porque sus hijos también se irán, terminarán con el exilio o buscarán oportunidades reales que aquí no encontrarán.

“Para que me entiendas, mi hermano, de cómo somos nosotros. En Cuba la gente no es que no quiera obedecer reglas, sino que el cubano al ser tan afable no mira los peligros. Te doy un ejemplo, con los ciclones, que se avisa a la población que se guarde, que las olas son altísimas, que los postes se caen. Pero no se guardan, prefieren quedarse en la calle y hacer fiestas y mojarse en esas tremendas olas del malecón, y emborracharse; el cubano hasta de su dolor hace un party. Entonces incumplen reglas por esa razón. Está en la idiosincrasia del cubano. Y por eso en Hialeah no obedecen, ¿tú me entiendes?, no guardan la distancia, no usan las mascarillas, y fíjate lo que te voy a decir, yo creo que así mismo somos todos los latinos.”

Hialeah es una ciudad del condado de Miami-Dade en la que se concentra una importante población de cubanos exiliados desde el triunfo de la Revolución, en 1959, y cuyo flujo continúa alimentándose. El idioma que predomina es el español, ya que además de los cubanos, también hay una numerosa comunidad hispana, como se les dice aquí, que compone casi el 95% de su población. Por eso son tan particulares los habitantes de esto a lo que llaman Miami; no tienen una idiosincrasia uniforme, porque no hay manera ni siquiera de describirlos, mucho menos de clasificarlos. El censo americano intenta, pero solo hace más desastres, equivoca el ángulo de mira y perpetúa lo que ya hicieron con sus otras poblaciones, las originarias, o las que importaron para explotarlas en favor de su beneficio económico y expansionista. Cambian los nombres para sonar más correctos pero América, para ellos, se reduce a ser, por un lado, tierra de negros, de indios y de hispanos. Por el otro: solo caucásicos.

Siento un tironeo de los mechones de pelo que tengo sobre las orejas. Parezco un científico loco. Opongo resistencia. Raymon bufa. Entiende que debe afilar su navaja. La pasa por ese coso de cuero en el que parece untar una tostada con manteca. Entonces lo vuelve a intentar y ahora los tirones son más suaves y cortitos. Empiezo a perder volumen.

“La vida aquí en Miami —continúa Raymon— ya se había puesto muy cara en los últimos años, por eso me mudé con mi familia, aquí ya era imposible vivir. Recuerda que yo tengo que mantener a mis cuatro hijos; la mayor, la que traje de Cuba hace tres años para que estudiara música aquí en la universidad, estaba trabajando en una escuela y dando clases particulares de violín, pero ahora todo eso sigue parado, y esos tres meses que estuve sin trabajar el salón hicieron que todo sea ahora mucho más duro todavía. ¡Mira qué cantidad de comercios de Miami ya no vuelven a abrir!”

Más de tres mil negocios han cerrado en el sur de la Florida, debido a la covid-19, muchos de ellos de manera permanente. La destrucción de valor es tan grave, que la mayoría ya no cuenta con el capital necesario para volver a abrir. Es una tragedia, Miami vive del turismo: hoteles, restaurantes, discotecas, cabarets, bares, cafés y cruceros. Sé que los hijos de varios amigos míos han tenido que volver a vivir con ellos. Los extranjeros perdieron sus visas por haber estado sin trabajar y fuera de la universidad, por más de tres meses. Algunos quedaron en condición de ilegales y tuvieron que abandonar el país antes de ser deportados. Otros intentaron recibir ayuda conjunta de las instituciones y de sus embajadas, pero la gente de inmigraciones fue más intransigente que nunca.

Raymon me pasa la máquina por las patillas e intenta afeitarme adentro de las orejas, pero cada dos por tres, como molesto, me pide rezongando que por favor corra el elástico de la mascarilla. Maldice. Se seca unas gotas de sudor de la frente con la manga de la camisa.

De una u otra forma, aquí el sistema se las ingenia para seguir funcionando de manera integral. Para bien o para mal, no se detiene. En lo negativo sería la lógica del hámster con su ruedita: se vive en un eterno sistema de solicitud de préstamos. Endeudarse para tener una casa, para tener un auto, para tener servicio de salud, para ir a la universidad, para pretender vivir mejor y tener más para trabajar, y trabajar más para pagar esas deudas que son las que mantendrán las ruedas del sistema (y del hámster) siempre en funcionamiento. Lucro y consumo como motores. Esto es la base de la economía de mercado. Un estado casi ausente. En este país, el asistencialismo es mala palabra.

Y este sistema, como todo, funciona en términos relativos. Aunque mal que mal, funciona. Pero funciona acá. Es importante aclarar que solo me refiero a Miami, a este lugar en particular, con la gente que vive y que trabaja acá, con esta mezcla tan peculiar de anglosajones e inmigrantes latinoamericanos que vinieron de lugares de mucha violencia, con desastres naturales, de situaciones de vida precaria, con gobiernos corruptos, guerrillas violentas, dictaduras salvajes, revoluciones eternas, democracias endebles corroídas y enfermas de corrupción, gente trabajadora, gente de la tierra. Personas que están acostumbradas a convivir con la incertidumbre y que se complementan con el americano, que no logra entender la vida sin certezas, que está acostumbrado a que existan soluciones para todos los problemas.

Esto explicaría, tal vez, la actitud temeraria o de omnipotencia a la hora de enfrentarse a un enemigo microscópico o invisible como el del Covid-19. Pero también viene a Miami gente de centros urbanos, burgueses de elites, profesionales, de clase media o de alto nivel económico. Por eso afirmo que la idiosincrasia estadounidense solamente funciona in situ, en esta sociedad. Cuando Estados Unidos invadió Irak por segunda vez (2003) y quiso hacer el experimento de exportarles su American Way of Life como si fuese una franquicia de vida libertaria con sus valores e incluso con su Constitución, fracasó de manera rotunda, porque este sistema no funciona en otros sitios. Usando la misma lógica, podemos explicar por qué el americano no aceptó una reforma integral del sistema de salud, como la que quisieron llevar a cabo en su momento los presidentes Clinton y Obama, que a los ojos de cualquier persona sensata hubiera sido algo natural. No funciona trasplantar políticas que fueron diseñadas para culturas y sociedades específicas.

El cuchicheo de las tijeras hace aterrizar fragmentos de mi flequillo entre la máscara y mi nariz. Le hago señas vehementes a Raymon con una mano y le aviso que me la tengo que quitar. Me desespero. Me disculpo. Me rasco con fruición. Él, paciente, me dice: “Tranquilo, mi brother, que yo aquí te espero, pero mientras, quiero que tú me digas por qué se fajaban los gobernadores con el presidente. ¿Es que estamos todos locos?”

El problema entre los gobernadores y el presidente se explica por la manera en la que han organizado la administración del poder y sus limitaciones. En primer lugar, el poder ha sido dividido en tres ramas: los que hacen las leyes, los que las hacen cumplir y los que interpretan y deciden controversias sobre su aplicabilidad. En segundo lugar, esos poderes deben controlarse entre sí para lograr un equilibrio. La gobernabilidad en este país está garantizada siempre y cuando el ejercicio de la autoridad se encuentre en un estado constante de inestabilidad, desafío y conflicto. El rule of law, esa patente tan fundamental y, como se denomina en esta cultura, el estado de derecho, no existiría si no fuese porque tanto en el gobierno federal como en los gobiernos locales, existe un sistema de chequeos y contrapesos entre los distintos poderes y niveles. El monitoreo constante contra posibles abusos funciona de manera simultánea en sentido vertical y horizontal. Es, entonces, en este sentido que el conflicto permanente garantiza el estado de derecho. En concreto, yendo al manejo de esta crisis, como se trata de un problema de salud, le corresponde a cada autoridad local lidiar con ella y el gobierno federal, el presidente, solo da los lineamientos básicos que los estados pueden o no adoptar.

Para relajar un poco la charla, le pido a Raymon que me cuente la anécdota de cuando le cortó el pelo a Maradona. De inmediato, su rostro parece alegrarse, pega un suspiro y ya con una franca sonrisa que se adivina en las líneas de sus ojos, me dice:

—Yo soy fanático del fútbol, tú lo sabes, mi brother.

—Sí, dale, Raymon, contame.

“Mira, qué te puedo contar, mi hermano, fíjate que para mí sí fue un orgullo pelarlo al Diego. Ya tú sabes que nosotros los cubanos no somos muy fanáticos del fútbol, y que tenemos muchos campeones mundiales en otras disciplinas del deporte. Pero a mí siempre me gustó el fútbol, y yo de muchachito lo jugaba, y sabía bien quién era Maradona, aunque en esa época entraba muy poca información a Cuba.

“Cuando él fue a Cuba para su tratamiento de desintoxicación, yo trabajaba en el mejor salón de belleza de La Habana, el del Meliá Cohiba. Eso fue en el 2000. Yo era una persona que de cierta manera tenía fama y era un personaje, como decimos en mi país. Primero conocí a Guillermo Cóppola, su manager, y él me presentó a Diego, estaban en el hotel. Y ahí nos pusimos a conversar. Imagínate, de ser un personaje tan grande a nivel mundial, yo lo vi como una persona sencilla. Ya tú sabes que siempre trato a todos por igual, yo no hago distinción; me gustó aquello de que, ¡oh, Diego Armando! y fuera alguien tan chévere. Él tuvo referencia de mí por otros personajes, algunas celebridades; se enteró de que yo era peluquero y dónde trabajaba, me preguntó si se podía arreglar el cabello conmigo. Durante mucho tiempo él fue al Meliá Cohiba y se atendía conmigo.

“Recuerdo que en ese tiempo, aparte de que estaba con Cóppola, también lo acompañaba un muchacho, el escritor con el que estaba escribiendo el libro [Cherquis Bialo y luego se sumó Daniel Arcucci]. En ese momento creo que ya tenían el libro casi terminado y se estaba buscando qué nombre le iban a poner. Yo me acuerdo de Diego sentado en mi silla del salón y el escritor al lado; discutían si le ponían “Yo soy el diez” o “Yo soy el Diego”, ¿me entiendes?

“En otra de las veces que se fue a cortar el cabello conmigo, yo le dije:

—Diego, sabes qué, te tengo una propuesta.

—A ver, decime.

—Mira, yo tengo un billete antiguo del principio de la Revolución cubana, que ya no está circulando, y tengo otro igual, pero a ese lo conservo como nuevo. Es un billete de a 10 pesos, y tú eres el 10, y eres fanático del Che, y el billete que yo tengo de 10 lleva la firma del Che Guevara. Yo te hago un change —le dije.

—¿Cuál?

—Yo te doy ese billete con la firma del Che y tú me firmas el otro, encima de la del Che Guevara.

—Dale —me contestó. Y cogió el billete y me lo firmó.

Unos meses después yo me fui de Cuba.”

Raymon me pregunta si quiero que me afeite la espalda como siempre. Le digo que sí, que por favor, que estoy demasiado peludo y me muero de calor. Prueba, pero no le enciende. Cambia de enchufe. Mira la máquina de “pelar”. Ahora sí. Desata el nudo del camisolín, me pasa la afeitadora por la parte alta de la espalda y por el cuello; se retira el barbijo y se aleja con cuidado de mí, y sopla sobre el cabezal para quitarle los vellos que se fueron acumulando, sopla una vez, y sopla dos veces. Enciende un secador de pelo color fucsia. Con una mano me pasa el secador y con la otra me hace como rulos con un cepillo redondo. Me quema. Como siempre. Lo acerca demasiado a mi cuero cabelludo, huele a pelo chamuscado. Ahora me quita el camisolín y pasa el secador por arriba de mi remera, de mis hombros, y por la nuca. En seguida, le pone talco a esa brocha de pelo suave, que me aplica como un bálsamo por donde me pasó la máquina de pelar. Me pregunta si quiero que me ponga gel o spray. Le respondo que lo que él prefiera estará bien.

—Una última anécdota, brother, una anécdota chistosa —propone Raymon francamente entusiasmado:

“Recuerdo que la noche antes de irme de Cuba estuvimos compartiendo y festejando con Diego y un grupo de amigos. Al otro día yo cogía un vuelo a Panamá y me iba para siempre de Cuba. Ahí en el mismo hotel, el Meliá Cohiba, había una discoteca: El café de La Habana.

Para no hacerte el cuento largo, iba yo hacia donde él estaba, y uno de los guardaespaldas cubanos me cogió y me empujó. Y Diego lo vio y saltó y les dijo:

—¡Eh, no lo toquen, que ese es mi barbero! —Y me dejaron entonces llegar hasta donde él estaba. Y ahí estuvimos compartiendo de lo más chévere.”

Por un instante, Raymon y yo nos reímos y volvemos a sentirnos casi como en otros tiempos. Él está un poco más animado, se mueve más ligero, escoge con meticulosidad entre varios productos de la mesa con rueditas, donde apoya todo lo que va necesitando, y agita con fuerza un envase al que luego le retira la tapa. Atomiza con suma diligencia, como si la vida se le fuera en ese proceso, breves milisegundos de un spray de envase fluorescente. Vuelve al peinado, y me pasa otra mano de cepillo y luego de peine. Mira lo que él mismo hace y acompaña con la otra mano con suma atención; está dando el último toque a su obra maestra.

Si Raymon no tuviera máscara, yo vería, en el pináculo de su concentración, cómo apoya la punta de la lengua sobre el labio de abajo. Por último, entrecerrando los ojos, hace ajustes finos para decir su abracadabra final y, orgulloso, dar por terminada su labor: ¡Listo, mi brother! Me miro la nuca con la ayuda de un pequeño espejo y le confirmo que estoy satisfecho.

¡Espectacular, como siempre, Raymon!

 

 

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