Silvio Rodríguez y la hamaca hawaiana

ginoOjalá Dios exista y un día se le pase la borrachera

 

Unos fortísimos latidos me despertaron, sentía que el corazón me iba a explotar en el pecho; el eco repetido del sístole y del diástole me retumbaba, rebotando entre los oídos y el cerebro, y subiendo de intensidad en cada arremetida. Me puse lívido del susto. Traté de bajarme de la hamaca en la que me había quedado dormido pero mis brazos no respondían, es más: no los encontraba, es decir, no los sentía ni los veía; de alguna manera me había quedado sin brazos y el tunt-tunt miocárdico no solo se aceleraba inexorable, sino que crecía en volumen, en intensidad, y se mezclaba con unos sonidos aterradores, como del espacio sideral.

La hamaca hawaiana  como que me tragaba en cada mecida involuntaria que daba, al tratar yo de liberarme; enredaba mis piernas, por un lado, y mi cabeza, por el otro, impidiéndome zafar de ella y dejándome como un triste colgajo que pendulaba entre el borde de la terraza y el jardín.

Suelo soñar despierto (con Monica Bellucci, Olguita Kurylenko, Jeniffer Lawrence o con Marie-Duglass Deschamp, la negra culona de ojos verdes que me vende los tamales haitianos, que, aunque son horribles, vale la pena el sacrificio), pero esta era la primera vez que tenía una pesadilla tan real y estando despierto.

Me encontré completamente desubicado, como un actor de reparto en una película de terror de bajo presupuesto, basada en un mal libro de Stephen King, dirigida por Ed Wood, producida en Latinoamérica, etc. Empecé a sudar copiosamente, a sudar un frío gélido, en pleno verano miamense.  Me sentía como un reptil mutilado, un renacuajo de batracio en posición fetal, atrapado en un envoltorio y encima latiendo, como un bicho mutante.

Pensé en todas mi ex novias, ex compañeras, ex amigas con derechos y hasta en las casadas infieles cuyos celosos maridos pudieron haberme mutilado en venganza. Nadie parecía ser tan cruel y menos tener los cojones -u ovarios- suficientes como para hacerme semejante maldad.

Tampoco veía restos de sangre o de esas cosas pegajosas que son parte de los capullos desechos que siempre aparecen en una metamorfosis, al menos en las de Hollywood.

Nunca tuve un despertar más horroroso. Los pocos segundos que estaba durando esta mezcla de horribles sensaciones, se me hacían eternos.

Mi sistema nervioso no soportó más la situación y supe que no me quedaba otra que gritar para que me salven o, en caso extremo, me den una decente eutanasia, con extremaunción, santos óleos y todo lo demás.

Mi grito de terror, pidiendo auxilio, se congeló al sentir en mis oídos el tremendo estruendo de trompetas y congas, matizados por los suaves sonidos de un piano tropical y una clave coquetona. Un corazón quiso saltar un pozo, confiado en la pureza de su sangre, y hoy se le escucha delirar de hambre, en el obscuro fondo de su foso...

La voz nasal del camarada Silvio Rodríguez y su Son desangrado, son corazón,  me sacó del pánico de una manera sorpresiva, grotesca, ridícula. Me había quedado dormido -luego de una tremenda borrachera de mojitos de pomgranate-  con dos tremendos audífonos Bose en las orejas y con las manos entrelazadas bajo la nuca, escuchando un disco de este extraordinario cantautor comunista que vive como capitalista en la misma Cuba, gracias a su importante cargo político de franelero vitalicio de Fidel. (La descarga musical que sirve de entrada al tema y que asemeja a los ruidos del corazón, mezclados con unos arreglos propios de 2001 Odisea del espacio, me habían retumbado en los oídos de una forma brutal, ya que yo me había dormido escuchando  Mi unicornio azul ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció).

El movimiento vigoroso, que el horror de la pesadilla obligó a mi cuerpo asustado, hizo que los músculos totalmente adormecidos de mis brazos empezaran a despertar, enviando esas conocidas señales nerviosas que parecían pequeñas pero innumerables  inyecciones de electricidad, que nunca fueron mejor recibidas, a pesar del dolor y el fastidio que me causaban: ¡allí estaban mis brazos! (si no, no hubiera podido escribir esta crónica).

Los estertores del ‘des-adormecimiento’ y la risa, que confesaba mi idiotez, al ver resbalar mis brazos sobre mi pecho, hicieron que me distraiga y no me diera cuenta a tiempo de que la hamaca giraba sobre su eje, dejando caer su estúpida carga al piso enlosado, justo sobre un maldito borde angular, paralelo y casi biunívoco con los sectores discales de mi columna vertebral.

Ni el dolor del golpe longitudinal en la espalda, ni el rebote de mi occipital sobre el piso, despertaron a mis brazos del todo, así que tuve que arrastrarme por el césped con el diafragma medio paralizado y la respiración cortita e hilvanada por el dolor, empujándome con los talones, pues el dolor en los músculos deltoides, romboide y redondo, impedían que pueda girar y ponerme  boca abajo para apoyarme en los brazos e intentar pararme o al menos gatear.

No sé cuánto tiempo estuve tirado en el pasto, con el sol quemándome la cara, hasta que al fin pude levantarme y prepararme otro mojito, para cortarla, como dicen, sabiendo que es mentira pero es rico.

Dios tiene el humor negro y le gusta bromear y jugar con sus criaturas. Me gusta creer que soy uno de sus juguetes preferidos y suelo usar esta ambiciosa creencia para salir de la depresión que continuamente me asalta.

Había decidido separar a Silvio de sus canciones, pues muchas de ellas siempre me gustaron , no así el autor.  Me caía mal Silvio, por sus declaraciones en favor de su iluso comunismo-democrático, por ese tonto querer tapar el sol con un dedo, por su engreimiento y sus recriminaciones al público en pleno concierto, haciéndolo callar de mala manera cuando marcan el compás con las palmas o corean parte de las estrofas, sin contar las leyendas urbanas sobre sus propiedades en Buenos Aires, que incluyen una importante empresa discográfica, y por último, su vocecita de hijito preferido de mamá o de papá gobierno.

Me caía mal Silvio, hasta ese día, de mi caída, en que empecé a odiarlo…

Ginonzski.