Sé lo que hicieron el verano pasado

Hace dieciocho años que vivo en un paraíso. Es un verano eterno; la vegetación, exuberante: magnolias que huelen como en el mismísimo edén, túneles fantásticos formados por higueras de Bengala y manglares intrincados. Convivimos con flamencos salvajes, gansos canadienses, garzas azules, guacamayas y loros, y al atardecer, bandadas de avocetas surcan los cielos con su canto aflautado. Delfines, tortugas, manatíes, reptiles. Y todo, hasta la brisa, con aroma a mar. Un mar que nos rodea en toda la gama de verdes y turquesas con la que uno podría soñar. El sol nos llena de energía y de pasión.

 

Pero no hay playa. No, aquí no hay playa, ni tampoco turistas. Ellos no llegan hasta acá: Coconut Grove, Coral Gables, Pinecrest y Palmetto Bay. Esto no es Miami, o al menos no ese Miami que todos creen conocer, desear o detestar. Nada que ver con Lincoln Road, ni Ocean Drive, ni Miami Beach. No; este es un paraíso sui géneris, contradictorio, con sus propia idiosincrasia y lógica. Ni estados Unidos ni Latinoamérica. Es ser en una zona franca; es vivir en tránsito, como permanecer en un aeropuerto.

 

En el jardín de casa tenemos un muelle en el que me siento a leer o a mirar el sol ponerse. Algunas mañanas escribo allí antes de que levante el calor. A esas horas, un pájaro pequeño de plumas rojas se posa sobre las ramas del árbol que tengo a un lado; silba fuerte y alto. Troto por los senderos del barrio, nado en el océano y monto en bicicleta sin temor a ser arrollado por algún conductor negligente. Los terremotos no existen y los huracanes son predecibles. Respiro, me hidrato, me cuido, soy yo. No necesito vivir en un barrio cerrado. Nada de rejas en las ventanas. Las autoridades cuidan a sus ciudadanos; la gente respeta la ley, no se interrumpe el orden institucional, y a nadie se le ocurriría suspender las garantías esenciales. La señal del wifi es fuerte y sostenida. Los hospitales de la zona son auténticos centros espaciales.

 

Nuestros hijos se educan en un ambiente sano, enriquecedor y de hermosa diversidad cultural. Son los jóvenes, no todos nacidos aquí, pero sí criados y educados en este lugar, que en cuanto cumplan la mayoría de edad partirán hacia otros destinos para cursar los estudios universitarios y encontrar oportunidades reales. Estos chicos solo regresarán a saludar a sus padres, que se quedan en sus mansiones con los cuartos vacíos. Aquí solamente encuentran ofertas en la industria del turismo masivo, liviano y playero. Pero sí viene a recalar una nueva burguesía latinoamericana, élites sindicales y gobernantes incluidos, con dineros de dudosa procedencia. Este vergel es un destino al que vuelan varias veces por año, incluso algunos ya han comprado sus propias residencias y conocen esta burbuja mejor que yo. Pero como en todos los paraísos, a pocas cuadras, un bolsón de extrema pobreza: West Coconut Grove, un asentamiento de marineros afro-bahamianos que desde fines del siglo XIX vienen siendo empujados por un feroz proceso de gentrificación.

 

Bermuda, remera amplia de algodón liviano y ojotas. Así, más o menos, es que he estado viviendo desde la segunda semana de marzo. Pero no es que estuviera encerrado en mi casa. No, todo lo que debo hacer lo hago desde mi automóvil. Cars, esa creación de John Lasseter, me hace pensar en nuestra vida en Miami. Y a la vez, esta particular dinámica de la pandemia me lleva a entender la idea que este director tuvo en mente cuando decidió escribir la película.

 

La crisis de la Covid19 no agarró a Miami con la guardia tan baja como uno asumiría en caso de hacer un juicio apresurado. Sin embargo, la vida en este territorio tan peculiar no fue diseñada pensando en una situación como la que estamos viviendo. Salvo contadas excepciones, la urbanización se extiende de manera horizontal e ininterrumpida a lo largo de extensiones interminables, que van desde los Cayos hasta el norte, en donde termina el estado. Casi no hay accidentes geográficos y la chatura es acompañada por la manera en que se han construido los espacios. Nada aquí fue planificado para el transeúnte, nada para personas que se desplazan usando las piernas o, tal vez, una bicicleta. Pensemos en cambio en las ciudades europeas, o en los grandes centros urbanos de este país como Nueva York, Chicago, San Francisco, o la mismísima capital, Washington DC, que fuera diseñada como una maqueta perfecta al estilo Roma, durante el esplendor del Imperio.

 

En definitiva: el auto es todo. Y, por ello, cuando los gobiernos locales de este estado decidieron pedirle a la gente que se quedara en su casa, exceptuaron de esa recomendación a toda aquella actividad que se pudiera realizar utilizando el automóvil. Salvo en cuanto a la pérdida de la salud, de la vida y, en muchos casos, del empleo y de su consiguiente ingreso para solventar la vida del día a día, la pandemia no había sido hasta ahora un evento tan disruptivo en este lugar, como sí lo fue en tantas otras latitudes.

 

Es que aquí la vida no solo es posible en un auto, sino que solo es posible con el auto. Más allá del caso del añorado autocine, que dejó de existir, aunque su regreso es inminente, desde hace décadas la vida americana inventó e impuso costumbres que se tornaron necesidades de una época, como ir a una fuente de sodas y ordenar y consumir batidos y hamburguesas con solo bajar la ventana y estirar los brazos. La vida en modalidad drive thru. También los bancos y las farmacias, o incluso las cafeterías y hasta las tintorerías, funcionan a la perfección desde la comodidad del aire acondicionado encendido al máximo. (En este paraíso tropical la temperatura y la humedad siempre van en ascenso.) Hasta los hisopados masivos y los análisis de sangre para testear anticuerpos ya se hacen sin necesidad de bajarse del auto.

 

 

La pelea del verano

Cuando empieza a bajar el sol, mis vecinos salen en sus barcos y se juntan a tomar algo hasta que cae la noche. Un argentino que vive casi enfrente de mi casa regresa en su embarcación; se acerca para preguntar cómo estamos y le digo que, la verdad, no tengo derecho a quejarme, a lo que él me contesta: “Tenés razón, yo perdí mi laburo, pero estamos todos bien y estar encerrados aquí, sí que es una bendición.”

 

Una Ibiza en pleno verano y mis tres hijos se sienten atrapados. Las mejores fiestas con los mejores DJs se arman en este vecindario. Y entonces la discusión de siempre no se hace esperar. Así las cosas no dan para más. La pelea del verano: que qué pretendemos de ellos, que es verano, que todo el mundo sale, que solo jugarán en una cancha de seis contra seis, que es 4 de Julio, que se verán con la misma gente, que nada les pasará, ni a ellos ni a nosotros. Ya se evaporó aquel susto que se pegaron cuando sus mejores amigos dieron simultáneamente positivo por haber estado juntos en una misma fiesta; terminamos todos metidos en nuestro auto haciendo una fila de siete horas para que nos hicieran el hisopado en el Centro de Convenciones de Miami Beach. Los ojitos de mi hija, el silencio de mi hijo, apenas roto para prometernos que ahora sí, que ya se habían dado cuenta, que nos cuidarían como nosotros nos merecemos. Pero no, ese efecto se diluyó.  Los niños que dieron positivo, hijos de familias patricias, reyes de la filantropía y benefactores que donan pabellones, estadios y bibliotecas, habían sido testeados, en cambio, en los salones de sus residencias por una tripulación de infectólogos y enfermeras, contratados para la ocasión.

 

La costa Mosquito

Durante los tres meses de clases que pasaron a modalidad virtual, al promediar el día, mi hijo menor se ponía la ropa de banda para tocar la trompeta, en su cuarto, delante de una cámara. Luego se cambiaba al uniforme de educación física para hacer flexiones de brazos, repiqueteos y saltos de rana, en su cuarto, delante de una cámara. Culminaba cuando se volvía a cambiar para ponerse la ropa de la academia de fútbol y comenzar la práctica haciendo jueguito en el lugar, luego esquivando conos anaranjados, en su cuarto, delante de una cámara. Ayer recibimos los lineamientos para el nuevo ciclo lectivo; ya no habrá servicio de cocina, ni de cafetería; cada niño deberá llevar su propio almuerzo y comer en solitario en un aula. En las clases, no más de cinco alumnos. Sin embargo, hoy supimos que la cosa es peor: se cancelan las clases presenciales, todo será online.

 

La Senior Send off Party de mi hija, la fiesta de despedida porque terminó el colegio secundario, este año se hizo de una manera distinta. La ceremonia fue en modalidad drive thru. Toda la familia, todos nosotros, fuimos en un auto hasta la escuela con mi hija, que no hizo nada de aquello que habría incluido el rito que se venía cumpliendo generación tras generación, año tras año; era el rito de realización. Y se rompió. El virus lo explica todo, desde hace varios meses ya. El virus explica cualquier cosa que sea mala.

 

La ceremonia que no fue

Ese día, los seniors —los chicos que egresan— habrían tenido el privilegio de poder transgredir todas las reglas, que estipulan aquello que les está prohibido al resto de los alumnos mortales (esos que aún no se hubieran recibido y que por ello esperarían ansiosos a que también les llegara el momento de poder hacer lo mismo). A esta altura, todos ellos tienen una universidad que los ha admitido y a donde se dirigirán cuando termine el verano para comenzar la etapa del College. Vestidos de gala, habrían realizado la ceremonia de los bricks, ladrillos grabados con el nombre de cada alumno, con los que se recubren los solados de las áreas comunes de la escuela. Cada uno habría colocado el suyo; con derecho a elegir dónde, todos prefieren junto al de sus mejores amigos. Tener tu brick en esa escuela es todo un símbolo, siempre estará allí y significa que lo has logrado, que te graduaste en uno de los colegios más exigentes del país, y que superaste ese rito de pasaje tan paradigmático. Esta escuela es una de las pocas instituciones de prestigio y con pedigree en Miami; considerando que aquí todo es nuevo y carece de raíces (¿cómo las Alejandrinas, esas palmeras tan típicas de Miami?)

 

Luego de la ceremonia de los bricks, habrían seguido innumerables e infumables discursos en el auditorio. Apenas terminaran, hartos, los jóvenes hubiesen salido corriendo de ese recinto para, en ropas menores, arrojarse al mar desde el muelle y nadar cien metros hasta la isla de los manglares. Hubiesen regresado para hacer una guerra de huevos, confeti y harina. Se habrían tirado a la piscina olímpica por el tobogán inflable, que solo por ese día habrían instalado para ellos, y hubiesen interrumpido los entrenamientos del equipo de la escuela. Habrían podido, incluso, bailar con todo el rap más salvaje o el reguetón más soez o la electrónica más insoportable que les hubiera venido en gana, usando el sistema de altoparlantes del área de deportes. Y hubieran comido más pizza y más hamburguesas. Y hasta incluso hubieran logrado secuestrar y pintarrajear con aerosol la estatua del fundador de la escuela. Pero no habrían podido consumir alcohol, bajo pena de ser expulsados.

 

Class of 2020: good job, you did it

Íbamos en nuestro auto, en procesión. Todos llevábamos barbijos, menos mi hija que me miraba de mala manera; se sentía frustrada, estafada. Casi ni me hablaba. En todo el trayecto solo estaba atenta al chat de su teléfono. Yo intenté levantar el ánimo, pero ella seguía muy triste e irritada.

 

La noche anterior, mi mujer y yo habíamos estado hasta tarde escribiendo en los vidrios del auto con unas pinturas especiales: Good job, you did it, Class of 2020, Perfect vision. Habíamos pegado pancartas sobre las puertas y atado globos azules y blancos, y otros enormes de colores metalizados con forma de números. Teníamos que entrar por la puerta principal de la escuela exactamente a las 11:45 am. Todo era muy estricto: cada familia, que solo podía ocupar un auto, tenía asignado un turno de exactamente siete minutos para hacer el recorrido.

 

Como siempre en esta época del año, el tiempo se presentaba inestable y extremadamente caluroso. Escuchamos descargas fulminantes que, luego de un silencio inestable, fueron correspondidas por un coro de leones hambrientos, que al unísono rugieron furiosos. El radar indicaba que la tormenta aún estaba lejos, pero allí y entonces, nosotros seguíamos avanzando por un camino que olía a mangos maduros, casi putrefactos: la hiperfertilidad lujuriosa de este pantano. El cielo ya no era más azul, todo el horizonte se vestía de negro y, por los costados, un coro de volutas de rizos violáceos. La falsa calma que precede al temporal.

 

Estábamos llegando a la escuela con tres minutos de retraso. La atmósfera afuera era pesada, pero no tanto como la que se respiraba adentro del auto. Como si fuera poco, mi esposa nos enloquecía con su ansiedad: repetía una y otra vez, hasta el mareo, que teníamos que huir de inmediato a algún lugar en donde hubiera camas y respiradores disponibles. El día anterior había actualizado su testamento convencida de que si no nos marchábamos, ella moriría infectada por el virus que le contagiaríamos alguno de nosotros. El convertible que nos precedía, y que acababa de terminar con la ceremonia, nos hizo señales con las luces; alcanzamos a observar en su interior a seis enmascarados exultantes. Estaba terminantemente prohibido que hubiera dos vehículos al mismo tiempo recorriendo el circuito que habían armado para ese desfile tan peculiar. No reconocí quiénes eran porque, como todos nosotros menos mi hija, ellos también usaban barbijos. Era el momento indicado para hacer nuestra entrada apoteósica. Había llegado nuestro turno; todo parecía estar listo. Bajé las ventanas, se me empañaron los anteojos y se escuchó un megáfono que pronunciaba de manera exagerada nombre y apellido, y anunciaba con toda fanfarria que nos acercábamos a los portones de entrada, como si fuésemos maratonistas por cruzar la meta. Los instrumentos de viento de la banda de la escuela empezaron a sonar a todo volumen; entre ellos guardaban la distancia de seis pies (o de un cocodrilo, como suelen decir los recios fumadores de habano); uniformados y con barbijos de tela estampados en el tono reglamentario. Abrí el techo corredizo y le pedí a mi hija que entonces sí se colocara una máscara y se asomara a saludar. Rezongaba negándose a usar el barbijo. Farfullaba algo que no alcancé a descifrar, mientras se acomodaba los elásticos de su mascarilla y se peinaba el cabello con las manos. Sacó apenas la cabeza tratando de aparentar ser, al menos, condescendiente con esa horda de extras enmascarados que vitoreaban su nombre tal vez sin conocerla. Una puesta en escena tan de Disney. Era imposible reconocer los rostros y, para contemporizar, le pregunté quién era ese profesor de camisa azul o esa señora de vestido rojo que se mostraban tan sobreexcitados con nuestra presencia. Me gritó desde arriba: “¿Qué, no te das cuenta, papá?, ¿sos idiota? No tengo la menor idea, deben ser voluntarios o actores contratados.” Tragué en seco. Respiré hondo por la nariz. Exhalé por la boca. Sentí mi aliento caliente adentro de la máscara. Todo era patético, de más. Me costaba sostener una buena actitud, seguir comportándome de manera compasiva, pidiéndoles a mis hijos y a mi esposa, todo el tiempo, disculpas por lo que estaba sucediendo. En otros lugares del planeta los adolescentes han tenido que hacer cambios bruscos para adaptarse a una nueva forma de vivir. Aquí no fue necesario; si te quedás sin crema para el acné, la ordenás con una app y, en menos de dos horas, un camioncito azul de Amazon te la dejará adentro del buzón.

 

La otra escuela de este paraíso, que siempre intenta ser la vencedora en el clásico local, también había implementado una ceremonia alternativa, que le permitiera homenajear a sus egresados sin perder fastuosidad. Fue una versión de oropel que tuvo lugar ni más ni menos que en el estadio de futbol americano en el que se disputó el último Super Bowl: todos los autos adentro, en pleno campo de juego, desde pickups hasta Rolls Royces. Banda de música y sonido estridente, como si las gradas del estadio estuvieran a reventar, aplausos grabados, globos y vestidos brillantes. Todo bajo el sol y la humedad del verano.

 

“Ya mismo alquilá un auto y salí de Manhattan”

En el otoño que comienza en un mes, el mayor de mis hijos debería iniciar su último año antes de graduarse en la Universidad de Nueva York; desde que empezó la carrera, jugaba al fútbol para el equipo que la representa. Sin embargo, acaban de notificarle que la temporada quedó cancelada definitivamente. Venía jugando en equipos competitivos de manera ininterrumpida desde los cinco años. Entonces es oficial: ha terminado su carrera como futbolista. Anoche recibió una comunicación de que solo tendrá una clase presencial este año y que las otras materias deberá cursarlas online. La factura, salada, como si todo fuera normal.

 

Cuando todavía le quedaban tres exámenes de mitad de semestre, escuché en las noticias que el gobernador del estado de Nueva York, el demócrata Andrew Cuomo, estaría por decretar el toque de queda y cerraría los accesos a la isla de Manhattan para evitar que los contagios se siguieran irradiando. Otra vez Nueva York en una situación de emergencia, con la muerte tan presente y tan abundante. Mi hijo planeaba volar de regreso a Miami el 20 de marzo para encontrarse con nosotros y pasar sus vacaciones de primavera (Spring Break). Lo llamé a su teléfono pero no me atendía; estaba en la biblioteca estudiando. Le escribí por WhatsApp y le insistí: “por favor ya mismo alquilá un auto; tomarse un avión ahora es una locura, salí de Manhattan antes de que se haga de noche, van a cerrar las fronteras y no vas a poder irte de la ciudad, o del estado. Please!, no esperes más. Estoy seguro de que los exámenes los vas a poder hacer online.” Siete segundos después, me respondió con ese emoji de un pulgar amarillo hacia arriba.

 

Apenas habían pasado un par de horas y recibí un correo electrónico de la Universidad en el que me informaban que el decano había decidido adelantar el Spring Break y que los exámenes pendientes se harían de manera remota. Nos rogaba a los padres que colaboráramos con ellos para poder evacuar los dormitorios en los que viven los estudiantes, ya que serían fumigados y convertidos en centros médicos de emergencia. Empecé a asustarme, pero debía transmitir calma y seguridad. Catorce días después, el gobernador de la Florida, el republicano Ron De Santis, firmaba una orden ejecutiva por la cual se le prohibía la entrada al estado de la Florida a los residentes de Nueva York. El decreto buscaba demostrar su alineación incondicional con el presidente Trump, enfrentado fuertemente con el gobernador de Nueva York, pero justificándose en la enorme cantidad de infectados que entonces tenía ese estado. En Miami hubo un mensaje muy claro para los neoyorkinos: “Por favor, no vengan. Y, si lo hacen, prepárense para respetar una cuarentena o aténganse a las consecuencias: prisión y multas.” En reciprocidad, casi cuatro meses después, Cuomo impuso restricciones a la entrada de residentes procedentes de la Florida.

 

El mismísimo presidente Trump estuvo de visita en esta ciudad el 10 de julio pasado, y se negó, una vez, a usar la mascarilla. Desde que comenzó la crisis, en la primera quincena de marzo, se la pasó burlándose de los que sí la usan: que eso es de personas débiles, que usar barbijo da una mala imagen al pueblo americano. La no máscara como negación de la existencia del peligro, como acto de resistencia al gobierno central y al poder de las élites que intentan socavar sus derechos fundamentales, su espacio personal. Trump sembró la fantasía de que el virus se iría solo y que no resistiría las altas temperaturas. Sin embargo, sus acólitos, las autoridades de la Florida, abren y cierran playas y parques, bares y restaurantes; cancelan conmemoraciones (4 de julio, la fecha patria más importante del año, sin barbacoas, sin cerveza, ni fuegos artificiales), y decretan de manera inédita: tres toques de queda. Por supuesto, las garantías constitucionales suspendidas. Marcha adelante, marcha atrás, de vuelta marcha adelante. ¡¿Pero qué ha sido de nuestro paraíso sui géneris?! Todo un desvarío que me remite a La costa Mosquito, esa película sobre un delirio pesadillesco, basada en la novela de Paul Theroux.

 

Y sí, dos días después de su visita a Miami, y luego de las alarmantes cifras en el país  (casi 4 millones de personas infectadas, de las cuales han fallecido 140 mil, y con 6 millones de residentes ahora sin seguro de salud), el Gran Sacerdote Donald Trump aceptó hacer una aparición pública luciendo un barbijo, con tintes proselitistas, de color azul oscuro y con un sello dorado de la Presidencia: “Pienso que me quedaba muy bien, me veía como el mismísimo Llanero Solitario.”