La obra de James Salter

Por Hugo Fontana

Nacido como James Horowitz en 1925 en la ciudad de Nueva York, James Salter adoptó su nombre artístico en 1956 tras la publicación de su primera novela, The hunters (Pilotos de caza, según su traducción al castellano). Por ese entonces era oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, arma a la que perteneció por casi doce años tras haberse graduado en la academia militar de West Point. A comienzos de los 60, convencido de su vocación, abandonó su puesto de piloto y se dedicó por entero a la literatura, escribiendo durante mucho tiempo guiones cinematográficos para Hollywood y dando forma a una breve pero deslumbrante obra.

Hijo de un agente inmobiliario neoyorquino, también recibido en West Point, podría decirse que Salter ha sido un hombre con la vida dividida en dos. Hasta casi los cuarenta años su condición de aviador tuvo un protagonismo excluyente, más allá de haber sido siempre un lector empedernido. Piloto de aviones de caza, luchó en la guerra de Corea en la cabina de un F86, volando en más de cien misiones a treinta mil pies de altura y enfrentándose con los MIG-15 soviéticos que, estacionados en algún lugar del territorio chino, defendían las posiciones de la hoy Corea del Norte. En un reportaje que le ofreció al español Jacinto Antón, reconoció incluso haber derribado uno de los cazas enemigos. Preguntado por la suerte del piloto, recordó que este había saltado en paracaídas: “Nadie disparaba a los paracaídas. Ese piloto volvería con otro avión y tendrías la oportunidad de lograr otro derribo, así lo veíamos. No era una cuestión de sangre, no era el piloto lo que cazabas, era el avión.”

Pero más allá de haberse convertido en un profesional de la adrenalina –“No tenías tiempo para el miedo en pleno combate”-, su actividad le dio también la oportunidad de conocer medio mundo y de enamorarse profundamente de la vieja Europa, en donde estuvo destinado durante mucho tiempo. El coraje, la destreza, cierta cercanía con la fama y con la inmortalidad, pero por sobre todas las cosas el honor, se transformaron en algunas de las variables que Salter considera esenciales en la constitución de un hombre, y que de algún modo fue instituyendo en las peripecias vitales de sus personajes literarios y en la suerte de su propio proyecto como escritor.

Una vez, en una cena, una mujer me preguntó qué demonios le había visto yo a la vida militar”, cuenta en su libro de memorias Quemar los días. Y agrega: “No pude contestarle, naturalmente. No pude resumirlo todo, los lugares lejanos, la camaradería, el idealismo, la juventud. No pude hablar de cuando, mucho tiempo atrás, sobrevolaba las islas, cuando las veía elevarse en la distancia azul envueltas en leyenda, el anillo de oleaje blanco alrededor. O las ciudades, Shangai y Tokio, Ámsterdam y Venecia, las prácticas de artillería en el norte de África y las colonias olvidadas de Roma a lo largo de la costa”.

Escribir o perecer

Tras la publicación de Pilotos de caza, en la que narraba la vida de sus años como aviador y de la que se desentendió tachándola de “novela de juventud”, Salter daría a conocer en 1961 The arm of the flesh, reescrita y reeditada en 2000 bajo el título de Cassada. En 1967 publicó Juego y distracción, considerada una novela erótica –“lúbrica y pura”, según sus propias palabras- en la que narra la historia de un encuentro entre un estadounidense de clase alta y una joven francesa de provincia. A los cincuenta años, en 1975, dio a conocer una de las novelas más celebradas de la moderna literatura yanqui, Años luz, y cuatro años más tarde En solitario, sobre un grupo de alpinistas que intentan infructuosamente ascender al Mont Blanc. En 1988 publicó Anochecer, su primera colección de cuentos premiada con el PEN/Faulkner. En 1997 apareció su libro autobiográfico Quemar los días y en 2005 los cuentos de La última noche. Este año publicó una nueva novela que, bajo el título All that is, aún no ha sido traducida al castellano.

Casado y con dos hijas pequeñas, Salter dedicó buena parte de los 60 a su trabajo como guionista, el que le permitió conocer a fondo los vericuetos de la industria cinematográfica y frecuentar a actores de la calidad de Robert Redford, para quien escribió El descenso de la muerte, la historia de un esquiador que se enfrenta al desafío más grande de su vida durante una competencia extrema. Trabajar para el cine le permitió además retornar con frecuencia a Europa buscando locaciones, ideas y actores, que finalmente lo llevaron a dirigir un filme de su autoría, Three, con las actuaciones de Charlotte Rampling y Sam Waterston, que no tuvo éxito de público. “Decidí escribir o perecer”, dijo en otra entrevista. “Cambié mi nombre… Y estaba solo. Y cuando despegas, completamente solo, esa primera vez, es inolvidable. De repente, sientes que tienes un par de alas sobre tu espalda, y puedes escribir algo que sientes que es glorioso. Hay una libertad en escribir. Me admiro más sobre la página que en la realidad. No quise convertirme en un escritor demasiado masculino, porque mi vida había sido masculina”.

Y acaso esa división de género sea elaboradamente exacta. Siguiendo ese mismo razonamiento, Richard Ford escribió en 2007 el prólogo a una edición inglesa de Años luz, en el que sostiene que “seguramente no hay intuición tan penetrante para los detalles del mundo y su nada obvia problemática emocional, ni mirada tan perspicaz para nuestra frágil naturaleza humana, como la intuición y la mirada de James Salter, como no hay tampoco nadie con la capacidad de Salter para convertir en frases tanta información e imaginación verbal con tanta belleza y exuberancia, y de un modo tan sorprendente, tan despiadado a veces, pero siempre apasionante”.

En la casa del otro

Los personajes de Salter pertenecen a una clase media acomodada, buena parte de ellos con alguna carrera universitaria o con alguna profesión de corte intelectual. Tienen aspiraciones de orden trascendente aunque sospechan o son conscientes de que les serán esquivas, o de que sus propias destrezas y convicciones, débiles, erráticas, no se las permitirán alcanzar. Son diferentes a las criaturas de John Cheever –no viven en cerradas comunidades, con prerrogativas y valores en común-; son diferentes a los personajes de Truman Capote –recorren Nueva York de un lado a otro pero sin alcurnias ni delirios aristocráticos, y compran en Zabar, no en Tiffany’s-; son diferentes a los hombres y las mujeres de J.D. Salinger –ninguna guerra ha dejado en ellos signos esquizoides, aunque muchas veces comparten similares conductas de deslealtad-, y son diferentes a los seres desvalidos, desocupados y desorientados de Raymond Carver, que recorren infinidad de caminos para volver siempre al mismo lugar. Acaso el escritor más cercano a su obra sea el Richard Yates de Revolutionary Road: la pareja protagonista de esta novela podría compartir más de una cena con la de Años luz, tomar un vino o un martini juntos, soñar con un viaje a París, contarse las mismas cuitas, llorar las mismas desesperanzas.

Y sin embargo, a todos los escritores mencionados los une una misma preocupación formal: cómo dar cuenta desde la cotidianidad y con un lenguaje que refleje esos mundos, de una extendida crisis de valores y de una oscura y secreta angustia que, al modo de los preceptos del existencialismo filosófico, atraviesa sordamente el corazón de sus agonistas. El desconcierto ante el paso de los años es el mismo, e iguales son los montos de nostalgia que los separan de la infancia y de las primeras figuras parentales. Y también la época es la misma: la segunda mitad del siglo XX, los vaivenes económicos del Imperio, la mezcla del orgullo nacional y de la conciencia de haberse convertido en una superpotencia bélica, la monstruosa dimensión de la Patria y la minúscula proyección de sus vidas. “Somos ricos, privilegiados y fuertes”, dice Don DeLillo en su ensayo En las ruinas del futuro, acerca de esa nación prodigiosa que vive por y para el futuro. Pero, ¿qué hacer con el día de mañana si esta noche nuestro cónyuge duerme en la casa de su amante?

Las personas reales

En 1986 Joe Fox, editor de Salter, tras leer un breve artículo publicado en la revista Esquire en que el escritor rememoraba un lejano episodio ocurrido en uno de los campus militares donde habitó, lo impulsó a escribir un libro de memorias que, tras una década de trabajo, se convirtió en Quemar los días. El libro se lee con la misma pasión que puede provocar una gran novela. Salter no escatima recursos narrativos a la hora de recordar su infancia, sus largos años en la aviación, sus primeros escarceos amorosos, sus idas y venidas con actores, productores y directores de cine, así como su lenta inclusión en el mundo de los intelectuales neoyorquinos y su amistad con otros escritores, en particular la que mantuvo durante años con Irwin Shaw. Y en cada capítulo, en cada párrafo, el lector irá descubriendo claves que luego tomarán cuerpo en su narrativa: anécdotas, añoranzas, decepciones, algunas formas de la felicidad y de la tristeza.

Salter parece decirnos que todos sus héroes de ficción estuvieron inspirados en personas reales, mimetizados luego en la bruma de la identificación literaria y en el pasado de su propia vida. Así, cuenta que tras la escritura de Juego y distracción nunca volvió a ver a la muchacha en la que había basado su personaje femenino y que siempre guardó la curiosidad por saber “qué había sido de ella, por conocer los detalles de su vida, el armario donde colgaba sus vestidos, el cajón donde tenía plegada sus cosas, los frascos de perfume, los zapatos”. Y frases más adelante, confiesa: “La conocí en el Kennedy cuando llegó a Estados Unidos. Atravesó el gentío, inocente en su belleza, llena de alegría. Tenía dieciocho años”. Lo mismo sucede con Nedra, la joven mujer de Años luz, a quien sí volvió a ver después de publicada la novela. “Yo adoraba su franqueza y su encanto, el derroche y la devoción a sus hijos. Nunca me cansé de verla ni de oírla hablar. Fumaba, bebía, reía a carcajadas. No conocía la cautela”. Y de inmediato agrega: “Su antiguo amante, uno de ellos, nos acompañó esa última noche. Nedra había envejecido. Los años se habían apoderado de ella y la habían sacudido como un gato sacude a un ratón. (…) En su casa, que yo adoraba, se reflejaba mi propia mortalidad”.

Y algo similar ocurre con uno de sus cuentos más brillantes, “Vía negativa” (Anochecer), en el que presenta a un escritor joven, sin éxito de ventas y prácticamente ignorado, que un día se cruza con otro autor que se ha enriquecido con sus libros, vive en una suite lujosa y calza zapatos ingleses. A la noche, aquel le dice a su amiga: “Me tiene miedo. Tiene miedo de mí porque no he conseguido nada”. En Quemar los días, tras sus primeros encuentros con Irwin Shaw, en ese momento en la cresta de la ola con títulos como Enterrad a los muertos y Hombre rico, hombre pobre, recuerda: “Yo había escrito dos libros, pero mi poder residía en que no había conseguido nada. Mi fuerza, como la del enano con mal genio, estribaba en que mi nombre era desconocido”.

Polvo del pasado

Viri y Nedra son la pareja central de Años luz. La historia se dispara a fines de los 50, cuando ellos están cerca de cumplir treinta años. Viven al norte del río Hudson, en una zona campestre. Tienen una hermosa casa, dos hijas pequeñas, un cachorro, un pony y una tortuga. Viri trabaja en un estudio de arquitectos en Manhattan –quiere construir un edificio que sea admirado por todo el mundo- y Nedra viaja con frecuencia a la ciudad a hacer las compras. Tienen una intensa vida cultural: van al teatro y al cine, leen, se reúnen con frecuencia con matrimonios amigos. Viri mantiene un corto y apasionado romance con una de sus secretarias, que lo marcará por años. Nedra se hace amante de Jivan, un joven cercano al mundo del teatro, y el vínculo que establecen parece armado sobre la normalidad de lo distinto: a cierta altura de la novela el amante parece tan integrado a la vida de la familia, más allá de que su condición supuestamente se mantiene en secreto, que ya no asombra que concurra a las veladas grupales ni que participe en determinadas ceremonias como cumpleaños y fiestas navideñas.

Cada tanto el narrador interviene, opina, aconseja e incluso se lamenta del rumbo que van tomando las cosas. “La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco.” O: “Se divorciaron en el otoño. Yo hubiera deseado que no sucediera”. Salter acompaña la lenta destrucción de la pareja, y lo hace a lo largo de toda la vida de Viri y Nedra. Cada tanto informa del paso de ese tiempo dando cuenta de la edad de las niñas, de su transformación en adolescentes, de sus estudios y primeros trabajos, de sus casamientos. Y de la lisiada vejez de aquel cachorro. En apenas doscientas páginas el escritor acude una y otra vez a los diálogos, a las descripciones mínimas y tajantes, y sobre esa austeridad construye una poética hermosa y triste.

Para Ford, lo hace con “una prosa  tan luminosa, tan refinadamente escogida y equilibrada que en el primer momento podríamos no darnos cuenta de que la novela apunta a temas graves, como son las posibilidades de supervivencia del amor, las desilusiones de la vocación y la decadencia de una cultura americana consumista pero insuficientemente inquisitiva, que se está muriendo como una estrella cuya luz seguimos viendo aun cuando el fuego lleva ya mucho tiempo extinguido”. Más adelante en su prólogo, insiste en que la novela refleja “lo que perdemos de la vida cuando el tiempo ha convertido nuestro presente en polvo del pasado y sólo deja atrás silencio y melancolía”. Y por último, para definir las características más profundas de esta pareja, el autor de El periodista deportivo afirma que ellos “no se toman la vida con la suficiente seriedad y paciencia para conocer su finalidad. Es como si pensaran que disponen de otra vida para volver a vivir, como si estuvieran aquí de paso, destinados a tener otra oportunidad”.

Frotar las palabras

Los cuentos de Salter no son menos magníficos. Por lo general los protagonizan hombres y mujeres en la distancia de sus relaciones: despedidas, recuerdos de tiempos irrecuperables, tropiezos consigo mismos, terceros que se aproximan a la fantasía del sueño exquisito o de la pesadilla absoluta. No es la perfección una categoría aplicable al arte, pero muchas veces el lector llega al final de un relato con la certeza de que no podría haber sido escrito de mejor manera, de que toda la sabiduría de un narrador se condensó en unas pocas páginas, de que no hay una sola palabra gratuita, y de que la anécdota es suficiente como para trazar una genealogía imperecedera de la condición humana.

“Veinte minutos”, “American Express”, “Costas lejanas”, “Vía negativa”, “La destrucción del Goetheanum” (Anochecer) son obras maestras. Y lo mismo puede decirse de “Cometa”, “Los ojos de las estrellas”, “El don”, “Platino” y, por supuesto, “La última noche”, del libro homónimo, un cuento feroz que reúne a un matrimonio en la última noche de la esposa –está enferma de cáncer y un médico le ha proporcionado una inyección letal que el marido le pondrá poco antes de la medianoche-, y una joven mujer amiga de ambos.

Hace un buen tiempo Salter fue entrevistado por The Paris Review, y entonces dijo que se consideraba un frotteur, “alguien a quien le gusta frotar palabras en sus manos, sentirlas, y pensar que es realmente la mejor palabra”. Tan minucioso criterio ha llevado a algunos críticos a sostener que estamos ante un escritor para escritores, apoyados además en su escasa popularidad y en no haber sido jamás un autor de ventas masivas. En respuesta a esa clasificación, bueno sería recordar la sentencia de Walter Benjamín: un escritor que no enseña nada a los escritores, no enseña nada a nadie”.

La primera mujer desnuda

En las primeras páginas de Quemar los días, James Salter cuenta que durante su infancia pasaba tardes enteras con Alec, uno de sus amigos, cuya madre era pianista y daba conciertos en el Carnegie Hall. La habitación de Alec estaba en el séptimo piso de un edificio de apartamentos en Manhattan. “Una tarde como otra cualquiera, cuando la luz ya declinaba, vimos una silueta en un apartamento de enfrente muy cercano, una planta más abajo. Era una mujer joven y estaba sola. En el cuarto de baño por el que se movía de un lado a otro, la iluminación era intensa y la mitad superior de la ventana estaba abierta. No habíamos encendido las luces de nuestra habitación y, ocultándonos para observarla, nos arrodillamos”.

Se quitó el jersey, la perdimos de vista y al cabo de un momento volvió, desabrochándose el sujetador. Recuerdo el extraordinario brillo de su piel, la cegadora desnudez, y la desesperación cuando dejamos de verla. No cruzamos una sola palabra. Aguardamos en absoluto silencio. Era el crepúsculo. Aquel rectángulo iluminado y vacío ejercía mayor atracción que cualquier escenario. Como en un acto de obediencia, la mujer regresó. Yo no me cansaba de mirar pero, como supe desde el primer instante, no podía retener lo que estaba viendo.

Ningún cazador al amanecer, ningún asesino ni rastreador, ha sentido jamás mayor gozo. Se paseó delante de nosotros, se dio la vuelta, se recogió el pelo. Se inclinó un poco para quitarse la última prenda y luego se quedó erguida e inmóvil, sagrada e incompleta, mirando algo en el suelo, probablemente una báscula. No alcanzo a imaginar el peso de aquella sustancia inmortal. No tenía peso. Estaba hecha de gloria…”