Estaciones nocturnas mexicanas

sagas

Ibán de León (Oaxaca, México. 1980)

Es un libro sobre la soledad, la ruptura, la distancia de las cosas dentro de nuestro recuerdo y nuestros sentimientos. El autor escribe sobre el luto de todos por el amor, la infancia, las relaciones, el pasado.

Dividido en cuatro partes, comenzando por Sur (11:00), el libro ya nos anuncia desde un inicio su tono con Nocturno de la lluvia:

“Quiero decir también que me fatiga / caminar mis calles sin entender mi sombra. / Me fatiga no ver la huella de mis pasos, / el destello tristísimo del aire que domina la roca”… “Y este cansancio mío, / materia del desvelo y estancia de mi aliento, / crece como las gotas encima de mis hombros, / me moja el desamparo con su temblor de vidrio, / y detengo mi marcha y digo buenas noches / a la noche que pasa sin darme una respuesta”.

El siguiente apartado se titula Poniente (1:00) donde el poeta continua como un reloj que marca no solamente una noche, sino la noche que es la sensación de soledad y angustia y hastío e impotencia por eso que ya no es y nos duele. En Oscurecido el aire:

“He llorado en silencio cuando en la madrugada / me despierta el maullido del felino / que aguarda tras la puerta. […] / Pero nada hay al fondo de la palabra llanto”.

Y en Plegaria:

“Tengo miedo, Señor, / de esta noche que avanza construyendo tu sombra, […] / Tú que habitas la fe, última llaga de los viejos, / permite que el cansancio se desnude en mis ojos / y que la voz del sueño me llame hasta su puerta. / Permíteme, Señor, arrojar este cuerpo, nostalgia del deseo, / el rincón donde yacen mis preguntas, / la conciencia sin voz de mis actos / y el temor que me habita desde que sé la fauna de tus ángeles”.

Después aparece Norte (3:00), como punto más oscuro y al mismo tiempo más alentador. Como admitiendo el estado actual pero solamente para seguir saboreando las espinas altas que la memoria nos encaja. En Magenta:

“Y si alguien me dijera que ya pronto / he de olvidar la casa de mis huesos, / pediría una prórroga, / que me den la tarea de regarla en las tardes / con tal de ver sus flores, otra vez, / reunidas bajo el sol de los días de marzo”.

Y ya al final, Oriente (5:00), como una promesa de que amanecerá pero a otro día igual, confirmando que, al final de cuentas, nada se supera, nadie logra salir de Oscurana, sólo nos adaptamos a esa nueva sombra que nos acompaña desde ahora. Constancia del tedio:

“Porque a veces nos llegan, en plena madrugada, / las ganas de morirnos: el sueño se ha marchado, […] / Un concierto de aves nos regresa la calma, / a lo lejos la bruma desvanece sus trapos: /  qué alegría el cansancio, / la tibia mansedumbre de los párpados, / las ganas de tenderse para olvidar la noche, qué alegría saber / de esta muerte sencilla, de la vida, tal vez, / que sueña con nosotros”.

Un libro para leerse despacio, como casi todos los libros de poesía. Se nota la herencia que ha cobrado Ibán de León de sus padres literarios (en la entrevista los menciona), se percibe su oficio de poeta, pero más su oficio de sentir la vida, un oficio valiente que no oculta el pecho al dolor sino lo enfrenta, lo saborea, lo hace suyo o Ibán mismo se entrega a él. Y este oficio de ver, sentir, encontrarse con uno mismo en las letras para entenderse y entender así lo vivido, no se aprende en los libros, solo se va puliendo tras reconocerse en los otros. Saber combinar ambos, el oficio de escribir y el oficio de vivir, es lo que distingue a los poetas de los escritores de poemas. Aquellos que empapan su vida de poesía y viceversa.

Entrevista a Ibán de León

  • ¿Cuáles son tus inicios en literatura?

La imaginación es, supongo, nuestro primer contacto con la literatura. De niño pasé mucho tiempo imaginando (quién no). Mi mamá puede decir (creo que toda mi familia) que yo era flojo y distraído. Cuando aprendí a leer (en los hermosos libros de texto de aquellos días), lo que estaba en el papel me pareció muy cercano a las cosas que imaginaba, era como si éstas hubieran logrado, por fin, ocupar un sitio en el mundo real, una fuente a la que podía volver una y otra vez sabiendo que no se extinguiría. Pasé mucho tiempo leyendo, también, de niño (no fue tanto, para ser sinceros, pero en una familia de campesinos existen otras prioridades). Concluyó el ciclo de la primaria y olvidé mi afición durante varios años, porque uno tiene que atender los cambios que llegan sin previo aviso: vino la larga adolescencia que posee sus propias reglas. Me encontré de nuevo con la literatura a los veinte. Fue en esa época cuando el gusto se convirtió, digamos, en algo serio. Abandoné una carrera que no sólo no me gustaba, sino que me deprimía (pretendí erróneamente convertirme en arquitecto). En la facultad había tres pintores que admiraba porque me parecían sumamente cultos, un universo misterioso que se abría más allá de los billares y las cantinas a los que yo era asiduo. A uno de ellos le mostré una especie de poema escrito posiblemente a la sombra de una ruptura amorosa. Lo leyó y me dijo que le parecía bueno. Luego me inscribí en un taller. Ahí tuve la sensación de estar retomando un camino olvidado mucho tiempo atrás. Dejé la carrera y, con todo y mis faltas de ortografía, decidí que quería dedicarme a escribir.

  • ¿Cómo comienzas a leer poesía y después a escribirla?

En mi caso ocurrió a la inversa. Primero me puse a escribir “poemas” y mucho tiempo después logré ser un lector de poesía. Lo veo así, como un logro. Entre los pocos libros que habían pasado por mis manos estaban El Lazarillo de Tormes, El principito, Pedro Páramo y Cien años de soledad (en ese orden), junto a Volar sobre el pantano, La búsqueda y El vendedor más grande del mundo, pero la poesía era, sigue siéndolo, un territorio complejo, sumamente oscuro. Ahora pienso en todo lo que representa un verso, en su construcción, en el meticuloso andamiaje que se levanta detrás de cada palabra. Y no deja de asombrarme. Debieron pasar unos tres años, después de inscribirme en el taller, antes de que pudiera disfrutar de un poema. Y me deprime advertir que hay vacíos en mi formación que jamás podré llenar. Envidio a muchos de mis contemporáneos, todas esas lecturas que hicieron mientras yo mataba las horas en un billar.

  • ¿Qué poetas son a los que más admiras o los que sientes que más han influenciado tu estilo?

Como mencioné, hubo un momento en el que la poesía realmente empezó a gustarme. A partir de ese punto he descubierto a cierta cantidad de poetas (leo mucho al azar, lo que va cayendo en mis manos), pero en mi cabeza siempre resuenan unos cuantos nombres (son lecturas a las que de algún modo siempre regreso); los anoto según fueron llegando a mi vida: Ramón López Velarde, César Vallejo y, más recientemente, Abigael Bohórquez y Jorge Fernández Granados. Este último me dijo un día que las influencias esenciales ocurren más en el fondo que en la forma, y eso es lo que yo también creo.

  • Estaciones nocturnas es, en parte o por decirlo así, una lectura poética de tu (o de la) infancia, cuéntame un poco sobre la creación de este libro, de los poemas que lo conforman.

El tema de la infancia supongo, al menos en mi caso, siempre estará presente. En mi primer libro (Oscuridad del agua) era la parte medular, en él intentaba reconstruir algunas de las experiencias, buenas y malas, de mi niñez. Con Estaciones nocturnas quería hablar de la soledad y el vacío, de la noche y el insomnio. Como muchos libros, su génesis se encuentra en una experiencia dolorosa: a principios de 2010 mi entonces pareja y yo nos separamos; ella y nuestro pequeño hijo se fueron de casa. De pronto, una tarde como cualquier tarde de aquel invierno, me quedé solo en un departamento hacía poco lleno de vida. No he vuelto a deprimirme tanto como en aquel periodo, el cual se prolongó durante dos años. De ahí viene ese libro, de intentar explicar (quería entender, tal vez inconscientemente) lo que estaba sintiendo. Gozaba de cierta estabilidad económica (era becario de la Fundación para las Letras Mexicanas), pero mi existencia había dejado de tener sentido. Tomé mucho, y escribí y leí poco en esa época. El título que más viene a mi memoria es La obediencia nocturna. Muchas de las descripciones de Melo las sentía como descripciones del ambiente en el que yo habitaba, esa ciudad gris con sus tristes gorriones que es la Ciudad de México. Casi no dormía. Recuerdo las paredes amarillas del departamento, con la luz cenicienta producida por la angustia de la noche, mi ir y venir desesperado por las dos habitaciones, el salir de madrugada y meterme en algún bar y quedarme ahí hasta el día siguiente. Luego vino esa etapa de ver a mi hijo los fines de semana, etc. Terminé de escribir el libro en 2014, y cuando se publicó, el año pasado, lo sentí muy distante, como esos amigos a los que ya no frecuentamos pero que, a fuerza de pensarlos, sabemos que siempre permanecerán con nosotros. Hace un par de semanas Alberto Moravia me regaló una especie de revelación tardía: “Después he sabido que la verdadera infelicidad viene cuando no se tiene ninguna esperanza y entonces de nada sirve estar bien y no necesitar nada.” Probablemente lo que estaba sintiendo no pasó a través de los poemas, porque al escribir queda siempre esa sensación de impotencia, de comprender que lo que nos ocurre (cualquiera que sea el sentimiento) nunca podremos trasmitirlo plenamente y, de hecho, hay un texto en el libro, cuyo título es “Matinal”, en el que me planteo esta imposibilidad: la luz ámbar de un amanecer de otoño se alza frente a mis ojos, y yo estoy experimentando una especie de sosiego después de pasar la noche en vela; es un instante inaprehensible, la belleza de la vida, algo que quisiera compartir con el otro, pero en el fondo sé bien que no puede ser.

  • ¿Cómo es tu proceso de escritura?

Entiendo la poesía como una labor de honestidad, por esta razón al escribir trato de expresar lo que verdaderamente estoy sintiendo (la impotencia de la que antes hablé): escribo sólo cuando tengo ganas, porque estimo que un poema hijo de la obligación, o de un mero ejercicio, llega muerto al papel. Para mí la poesía pertenece al campo de lo emotivo (ya lo señalaba Borges en algún sitio: un texto poético, por fuerza, tendría que emocionarnos). Aunque no puedo negar que hubo un tiempo en el que trabajaba diariamente, con un horario. Estaba aprendiendo a medir: intentaba hacer silvas, sonetos, etc. Ahora es más al azar, no sé, sólo digo  que hay ciertos momentos en los que las ganas de escribir llegan, la mayoría de las ocasiones con el primer verso. Esta disposición suele durar una semana, a veces menos. Uno vive añorando esos días, que traen consigo lo que yo considero aires de felicidad. Regularmente, aunque no siempre sucede, el poema queda hecho en un primer impulso. Después pasan meses de corrección, tú sabes: quitar, poner, reescribir, pero de antemano tengo conciencia de que el poema se encuentra contenido en el primer borrador, con todo y que cuando vuelvo a él, tiempo después de considerarlo terminado, me parezca sólo un montón de basura. Nadie está conforme, nunca.

  • Cómo definirías tú a la poesía o qué elementos debe tener un escrito para llamarle poema (que no poesía).

Los años traen consigo dudas y ninguna certeza. Podemos acudir a Paz y su distinción entre poesía y poema, que me parece brillante y reveladora, además de necesaria. Con todo, pienso que no existen definiciones, sólo tentativas por aprehender lo que no se puede aprehender. Intentaré explicarme, a riesgo de terminar un poco más confundido: nos decía Javier Sicilia que el oficio de escritor es un oficio como cualquier otro, el de carpintero, por ejemplo. Lo hacía con el propósito de que no anduviéramos por ahí con tufos de superioridad, pero si extendemos la comparación empiezo a dudar, ¿realmente son equiparables? Tiene mucho que ver mi lectura de algunos autores que prácticamente desconocen lo que se llama tradición de la poesía en nuestra lengua, y resulta que la poesía (lo que yo entiendo por poesía) está ahí, y que el hecho sucedió sin la mediación de un aprendizaje previo del oficio tal como a mí me enseñaron (Sicilia agregaba que no había poeta importante que desconociera su tradición, en el sentido de haber dominado antes las formas clásicas); quizá este aprendizaje ocurrió de otro modo, por otras rutas, o tal vez fue otro aprendizaje, igual de válido en todo caso. Nadie viene de la nada, es cierto, y quien escribe necesariamente tuvo que leer con anticipación. Al final lo único que me queda más o menos claro es que para que un poema lo sea debe contener poesía (ese acuerdo tácito al que llegamos los lectores sin necesidad de definiciones); que todos los caminos son válidos, todas las posturas. Por supuesto, no soy quién para afirmar así es, o así no. Cuando mucho puedo describir cómo lo hice yo, el camino que me tracé: aprendí nociones de métrica, me enamoré del ritmo, los acentos; luego, por la inercia de la escritura, esto ha ido modificándose, porque naturalmente todo cambia, y que no tengo certezas pero sí muchas dudas.

  • ¿Qué otros poetas contemporáneos recomiendas?

He comentado que  tengo vacíos significativos en mi formación, obras fundamentales a las que aún no me acerco. Así que más bien me dedico (lo intento) a reponer los años perdidos. Terminé esa maravilla que se llama Guerra y paz a principios de marzo. Frente a esto, el panorama de lecturas me parece desalentador, una tarea colosal e imposible. Pero sí he leído a poetas mexicanos contemporáneos. Tengo predilección por algunos que nacieron durante la década de 1960. Cito de nuevo a Jorge Fernández Granados, además de Malva Flores, Luis Armenta Malpica y María Baranda. Estos cuatro autores me han emocionado desde que los conozco; representan, para mí, puntos muy altos de nuestra literatura. Posteriormente hay un inventario de poetas que me resulta más familiar: por una cuestión de trabajo revisé el acervo del Fondo Editorial Tierra Adentro, que en sus orígenes publicó a numerosos escritores nacidos en la década del setenta. Aprecio la labor de varios, pero sólo mencionaré a uno de ellos. Doy mis razones: leí hace más de diez años por primera vez a Julián Herbert (El nombre de esta casa), quien pertenece al linaje de artistas que viven en constante búsqueda, gente a la que le gusta ir más allá (la actitud del renovador  que admiro profundamente porque la veo, desde mi posición, como algo misterioso y en gran medida inaccesible, un camino oculto que uno intenta encontrar sabiendo de antemano que le faltan piernas). Herbert es, de igual manera, un poeta que viene de la tradición, que conoce las formas; el ritmo del verso medido está muy presente en su obra (habrá que recordar las palabras de mi maestro Javier Sicilia en mi respuesta pasada). Estas dos características me llevan a emparentarlo con Vallejo o Bohórquez, y aclaran por qué me parece un autor importante de nuestra actualidad.

  • En estos tiempos, ¿importa preguntarse sobre el estado actual de la poesía mexicana? y si sientes que sí, ¿podrías darme tu opinión sobre ella?

Importa, claro, tanto como preguntarse qué es la poesía o por qué escribimos. Y del mismo modo es una de esas preguntas que no tienen respuesta. De cualquier forma yo sólo puedo dar una opinión parcial: únicamente lo que he leído, que es muy poco. Hace no tanto (durante un par de años quizá) le di varias vueltas al asunto, que está lleno de trampas: uno tiende muy fácilmente a creer que todo anda mal. No es así. La poesía mexicana está donde debe estar, su estado actual es el estado que necesita. El pesimismo (igual que el entusiasmo) no  es algo nuevo. A esa conclusión llegué. Hacerse este tipo de preguntas es necesario, me parece, no para encontrar respuestas, sino para aprender a distinguir lo esencial de lo superfluo (las trampas). Hay mafias, grupos en el poder cuyas posturas estéticas se imponen sobre otras, críticas positivas a libros que a uno le parecen malos, pleitos por exclusiones en antologías, etc., pero el mundo literario siempre ha sido así y, en el fondo, no tiene que ver con el oficio de escribir, porque para escribir hacen falta apenas un cuaderno y una pluma. Las obras importantes van a sobrevivir, así es como funciona. Y si una obra importante se pierde, al mundo no le pasará nada (la idea la tomo prestada de Augusto Monterroso). A quien escribe debería importarle, sobre todo, escribir, que es una necesidad, y esto ya se lo decía Rilke a Kappus hace muchos años. Por lo pronto, y una vez que he adquirido conciencia de mi capacidad como lector para valorar sin que otros me digan qué sí y qué no (a manera de imposición), tengo a mis poetas actuales favoritos y su obra me basta para saber que la cosa va bien.

 Escribiré palabras y tú irás contestando lo primero que se te venga a la mente, a modo de dinámica final.

Mar.

Luz.

Silencio.

Piedra.

  • Poesía.

Pez.

Niño.

  • México.

Nada.

Vacío.

Mañana.

Perro.

Oscuridad.

Canción.

Hoja.

 

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Elías David

Elías David

Sostuvo en esta revista, hace tiempo, la columna de poemas Saudade que ahora retoma, ya sin saudade. Ha impartido en su ciudad natal talleres de creación literaria donde ha aprendido mucho. Textos suyos han aparecido en antologías regionales de su país y de Miami. Fue profesor de secundaria. Ahora sólo lee y escribe, o sea, no hace nada.