Escritores fajados, bellísimas personas

Mi retorno al true crime, a esta serie, a las narrativas del crimen y la no ficción, lo realizo en la que fue mi casa, entre las páginas de Bellísimas personas, de Andreu Martín (Barcelona, 1949). La novela relata los crímenes perpetrados por “El asesino de Mitre”, que entre septiembre y octubre de 1978 secuestró y asesinó a una anciana y a un niño de nueve años en la acomodada zona que atraviesa la Ronda General Mitre de Barcelona.

El homicida, vendedor de pisos en paro, al parecer, acorralado por las deudas, trató de sacar beneficio pecuniario de ambos crímenes pidiendo un rescate cuando las víctimas ya estaban muertas. Las había asesinado en los sótanos del edificio de pisos que mostraba para venta. Fue al intentar cobrar el segundo secuestro, el del niño, cuando lo detuvieron tras una espectacular persecución por el centro de Barcelona. Martín, contrastado escritor de novela negra, archipremiado, además de prolífico autor de literatura juvenil y conocido guionista de cómics, entra al trapo en la historia, precisamente, narrando ese supuesto secuestro: las llamadas a la familia, el sufrimiento de los padres, el papel de la policía… Pero pronto se dará cuenta la persona lectora de que el autor no hace uso de la no ficción, sino que novela. La narradora, su contexto sentimental y familiar, las razones que la llevan a escribir este true crime, son fabulados. No así los hechos reales que se cuentan, cuya veracidad se respeta escrupulosamente, aunque se cambia el nombre del criminal y se inventa su lugar de residencia una vez ha salido de la cárcel. La misma voz narradora lo apunta en un pasaje: “En novela no hay que contar las cosas como son. Hay que contar las cosas de manera que podamos entender por qué son como son” (Bellísimas personas, versión electrónica), aunque también deja clara su intención de hilvanar un relato lo más objetivo posibles en torno a la figura del criminal y de su entorno.

Con estos mimbres, a medio camino entre la realidad y la ficción, se entiende que el manuscrito se alzara con el Premio Ateneo de Sevilla de Novela en el año 2000. La construcción de la trama es más propia de la novela que de la no ficción: la empatía con la narradora, la distancia que se interpone con el criminal, la tensión propia del thriller. Pero el texto contiene elementos propios del género, como la contextualización e investigación del entorno del asesino, que lo humaniza, la recuperación de documentos del caso, como la sentencia judicial o varios artículos de diario, algunos de ellos ficcionalizados, o las razones que llevan a una persona a escribir e investigar sobre unos hechos delictivos pasados, además de recordarnos algunos sonados hechos criminales en la historia de la Ciudad Condal.

Aunque el relato se hace denso y aburrido en los pasajes en los que la narradora reflexiona sobre las causas de los crímenes y el perfil psicológico del asesino, la narración del true crime resulta conmovedora. Cabe reconocer en este libro el homenaje a la literatura popular, como cabe reconocérselo a otros escritores coetáneos de Martín y que cita en su libro, como Juan Madrid, autor de otro true crime basado en los asesinatos en serie de un psicópata: Viejos amores. Tanto Martín como Madrid pertenecen a una saga de escritores fajados, formados en el periodismo, que desembocan en la novela negra y, por extensión, en el true crime —que es lo que nos interesa en esta serie— desde un profundo respeto a las formas populares de la novela que han leído en la niñez, una niñez triste y reprimida, que en Barcelona cobraron un peso específico fundamental de la mano de los míticos bolsilibros de la Editorial Bruguera. Se trata de las primeras formas de literatura popular en España, recreándose en las formas que desde hace años se vienen utilizando en los EEUU para dar difusión a la novela negra, a la ciencia ficción, al western, a la novela romántica: el pulp. Y es desde editoriales barcelonesas herederas de Bruguera, como Ediciones B, desde donde empiezan a editar Martín y Madrid, no solo novela negra, también literatura juvenil, que es donde se encuentra la cantera de la lectura y la escritura, una forma de devolver lo recibido.