Ziggy Stardust supernova

En uno de los éxitos musicales más grandes que salió de la década de los 80, Under Pressure, dueto monumental entre David Bowie y Freddie Mercury de Queen, Bowie repite un estribillo que hallo revela mucho de por qué su muerte ha conmovido y sacudido a tantos:

It’s the terror of knowing

What this world is about

O, Es el terror de saber de lo que se trata este mundo.

A todos, de alguna manera u otra, el terror nos afecta precisamente por saber, más que por desconocer, lo que hay en esta vida. Y Bowie ya sabía lo que le esperaba desde hacía 18 meses.

Él no había tenido un tema en los “Top 10” de las listas musicales de Estados Unidos en 30 años, desde Let’s Dance (1983), hasta que salió del semi-retiro con el sorpresivo álbum The Next Day en 2013.

Tampoco había figurado 24/7 en el radar mediático durante gran parte de los años 2000, por problemas cardiacos y para pasar más tiempo con su familia. El hecho de que Bowie no estaba en los medios tan a menudo como tantos otros artistas, hubiera podido significar el eclipse de su brillo.

Pero, al igual que con todo lo que hacía, David Robert Haywood Jones, el inglés que dio vida al extraño personaje sideral de Ziggy Stardust, y a un alter ego peligroso, el Thin White Duke, tenía verdadero polvo de estrellas. Nada apagaba su brillo.

Al momento de escribir esta columna, leí que el que sería su último álbum de estudio en vida, Blackstar, lanzado dos días antes de fallecer, estaba en camino de ser para él, por primera vez, su número uno en los Billboard 200. La muerte, en esas ironías de la vida, tornó a Bowie en supernova.

Héroe de muchos

Desde el anuncio de su chocante fallecimiento el 10 de enero a causa de cáncer, han llovido los elogios, tributos, remembranzas, posts y tweets sobre Bowie, tanto de celebridades y personalidades como de fanáticos comunes y amantes de la música, la moda, el cine.

Sospecho, sin embargo, que la angustia es generacional.

Cuando pregunto a mis estudiantes universitarios veinteañeros quiénes conocían a Bowie, en cada clase solo uno, a lo sumo dos, sabía algo de su música, y apenas un puñado ha seguido la noticia de su fallecimiento. Curiosamente, la canción suya que más han escuchado es Under Pressure.

Pero para los que éramos jovencitos cuando descubrimos a Bowie, ya fuese en los 70 o en los 80, su muerte marca algo más que el desvanecimiento de un artista único, original y talentoso. Marca el ocaso definitivo de ciertos momentos en nuestras vidas que se vieron ligados a sus canciones. Marca la partida de otro ícono que nos hacía olvidar, aunque fuera momentáneamente, las pesadillas que hay allá afuera; la crueldad, fealdad y violencia que nos acechan en todo momento; los monstruos que aparentan vivir para siempre mientras que los buenos como él se van primero. Nos estruja en la cara que, si se va él, nos iremos nosotros también. Y que él se marchó, no de forma apacible en su sueño, sino enfrentándose a las humillaciones del cuerpo que se derrumba ante la enfermedad y el dolor. Morirse da bronca, carajo.

Según declaraciones recién publicadas del director de teatro Ivo Van Hove, a cargo de una nueva obra musical Off-Broadway, Lazarus, de la autoría de Bowie, y que se estrenó en Nueva York el otoño pasado, el artista habría luchado hasta el final por vivir. No tanto por el miedo a morirse, si no por el de dejar a su hija de 15 años huérfana de padre.

Con una partitura que se nutre de algunos de sus clásicos musicales, como Changes y Heroes, Bowie escribió la obra junto a la dramaturga irlandesa Enda Walsh. Su objetivo fue hacer una suerte de continuación a la novela de 1963 The Man Who Fell to Earth, base para la película del mismo nombre de 1976 que representó el debut de Bowie en un largometraje.

Ese Bowie de los 70, flaco y andrógeno, que dio vida a Ziggy Stardust y a sus Arañas de Marte, fue transgresor en una época en la que jugar con la sexualidad de uno, como hizo él con notoriedad; vestirse de manera estrambótica, cantar temas desquiciados y trabajar bajo una adicción a las drogas que casi lo destruye, le debieron garantizar el fracaso y el rechazo. Pero Bowie confundió a todos y se disparó al éxito.

Así, sacudía los cimientos de un rock vetusto, inyectándole un bizarro glamour que influyó además en la moda y en las artes visuales, áreas de las que nunca se alejó.

Su época más comercialmente exitosa vino en los 80, aquellos tiempos del auge del video, MTV (cadena a la que recriminó por no incluir suficientes artistas negros), y el boom de géneros como la música alternativa, el new wave, los new romantics, el pop dance, y todo el exceso y colorido de ese período.

Changes, Cambios

Astuto al fin, Bowie no se quedó estancado con el mote de artista ochentoso. Se reinventó en las décadas siguientes fusionando sonidos, saltando del jazz al rock a lo electrónico y más, siempre procurando no aburrirse, si bien no todos sus experimentos funcionaron. Vendrían críticas negativas, bajas en ventas, mermas en público, pero la mística, el poder casi extraterrestre de siempre fascinarnos, seguiría ahí.

Nos fascinaba en la música y nos fascinaba en el cine, como en The Hunger, también de los 80, con Catherine Deneuve y Susan Sarandon, haciendo de vampiro mucho antes de que la fiebre por los chupasangre nos devorara a todos. Años más tarde, en el 2006, interpretaría al inventor y genio innovador con fama de científico loco Nikola Tesla en la película de magos rivales The Prestige. Perfecto papel para este prestidigitador de las artes.

En sus últimos años, Bowie se aferró a llevar su enfermedad en privado, a no convertir su calvario de salud en un show de telerrealidad, y preparó su despedida final como él quiso, con un disco melancólico, oscuro, profundo.

El video que acompaña a Lazarus (tema llamado como su obra de teatro), primer sencillo del disco Blackstar, es uno de los clips más perturbadores que yo jamás haya visto. En él, primero aparece Bowie, envejecido y frágil en una cama, con la cabeza vendada, dos botones por ojos, a manera de personaje salido de la película El laberinto del fauno, y luego se aprecia otro Bowie, sentado ante un escritorio, escribiendo frenéticamente, creando, en carrera contra el reloj. En la escena final, Bowie, con sus 69 años ahora bien marcados, se adentra en un ropero y se despide.

La despedida de Bowie en verdad había comenzado con aquel disco del 2013, The Next Day. En la que es mi canción favorita de este álbum, el corte de rock alternativo The Stars (Are Out Tonight), Bowie canta Nunca nos desharemos de estas estrellas, Pero espero que vivan para siempre.

En efecto, Sr. Bowie, en efecto. Pero, y ahora, ¿quién nos distraerá de los horrores de este mundo?

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