Yo tampoco soy Charlie

Charlie Hebdo es (o fue) una revista satírica francesa. Según su contenido, en todos estos años, ha tratado de reflejar un humor extremo, de izquierda, dicen los entendidos. En realidad, las muestras de intolerancia e irrespeto hacia musulmanes, judíos y hasta cristianos en general, añadido a otros componentes que seguramente se descubrirán en el camino, ha desatado la muerte en Francia. En suma, la provocación ha degenerado en una tragedia anticipada.

No se trata solo de una guerra por la libertad de expresión. Creo que el tema va más allá. El humor de la revista francesa ha generado controversia por las caricaturas que ya venían desde años atrás. Analicemos la situación. Para los musulmanes, Mahoma es el ejemplo a seguir, pues tanto su vida como sus enseñanzas han enriquecido el Islam. Eso es algo innegable. Cualquier ataque que se perpetre contra Mahoma será asumido como un ataque contra ellos mismos. Sin embargo, aquí viene lo paradójico. Según textos islamitas, Mahoma, en vida, frente a las agresiones e insultos predicó siempre acciones pacíficas. Durante su vida no se testimonian intentos de agresividad ni respuestas violentas de su parte. Eso, al menos, según lo que ellos mismos manifiestan.

De cualquier forma, no se justifica un ataque terrorista por ningún motivo. Del mismo modo, no se justifica transgredir la libertad de expresión y utilizar ese escudo para hacer de las otras religiones una representación burlesca. La cuestión es simple: si fomentas el odio escudándote en la sátira o en cualquier otro medio, este vuelve con más fuerza. Esta vez el odio ocasionó muerte, y seguramente, en este caso en particular, nunca nos permitirá aclarar la diferencia entre víctimas y victimarios.

Ante este atentado, el mundo se ha conmovido. Muchas personas (algunos de ellos ignorantes ante el tema) han aparecido con camisetas y enormes carteles diciendo “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie), cuando seguramente muchos de ellos ni siquiera entienden el trasfondo del asunto. Solo condenan la muerte, lo cual ciertamente es condenable, pero no van más allá de que ello implica. No entienden que en el mundo de hoy, un mundo tan convulsionado, no podemos hacer representaciones caricaturescas sobre la religión u otras formas de burla frente a otra cultura. Es siempre una herida supurante. Para muestra un ejemplo que debemos recordar. El 3 de julio de 2013, el gobierno militar egipcio, en medio de una manifestación de partidarios de Morsi, presidente depuesto, llenaba de sangre El Cairo. En esta manifestación, según la información recogida, murieron 149 manifestantes y resultaron 403 heridos. Entonces, en su afán de caricaturizar el hecho, la revista Charlie Hebdo publicó una portada donde un musulmán, con el Corán en las manos, cae acribillado mientras exclama: “¡El Corán es una mierda! ¡No detiene las balas!”.

Creo que los gráficos no han sido simples caricaturas, sino que además han tenido una carga que va mucho más allá del simple humor. No se puede ser satírico con el odio, pues esto genera más odio. No puedes burlarte de Alá, de Mahoma, del Corán, así ello te parezca abominable. Hay otras formas de mostrar rechazo o simplemente indiferencia. La agresión transgrede el humor, nos vuelve una caricatura a nosotros mismos y entonces se pierde el sentido que en principio debió tener: la sátira. Si negamos una religión, estamos atentando contra toda una forma de pensamiento. Es una provocación a la cultura, definitivamente.

En algún momento, Charb, quien dirigía Charlie Hebdo desde 2009, afirmó que «Hay que seguir hasta que el Islam quede tan banalizado como el catolicismo». Un humor corrosivo y, según él mismo, que no le temía a nada. Recordemos que el semanario satírico ya había recibido amenazas en varias ocasiones después de publicar caricaturas de Mahoma. Incluso, en el último número, antes del atentado, la portada mostraba a un yihadista con el texto “Francia sigue sin atentados”. La caricatura de este personaje, quien tiene el dedo índice en alto, afirma: «Tenemos hasta el final de enero para presentar nuestros deseos».

Lo que vendrá después es casi predecible. El tema de la libertad de expresión estará sobre la mesa y la condena a los musulmanes por el atentado correrá por los medios de comunicación. No se trata de hacer un show mediático proliferando “Je suis Charlie”, sino de entender qué fue lo que motivó esta repugnante respuesta. Ninguna muerte se justifica, es cierto, pero si no se analiza el trasfondo del asunto estaremos cayendo en la acusación eterna del mundo occidental, donde nos enseñaron que hay buenos y hay malos, y claro, los malos nunca somos nosotros. A todo ello, todavía quedaremos a la espera de que se termine la intolerancia cultural y la muerte como el camino más fácil para ir en contra del irrespeto. Por todo ello, yo tampoco soy Charlie.