Viaje al centro, al fondo; a ningún lado.

El viento presiona al fuego para consumir la mecha de la vela sobre un altar de colores. Es Ciudad Universitaria donde piden por un eterno descanso. Rita se acuerda del chico y lo imagina corriendo por un larguísimo túnel de faros amarillos chinos. “Lo persiguen”, se dice al dejar el altar.

Rita pide por él tras recordarlo tirado cerca de una caseta, desnudo y atado dentro de una bolsa de plástico negro. Antes de eso él reía, ella lo recuerda y piensa cómo traerlo de vuelta. Tal vez en la Facultad encuentre la respuesta.

Pasa por los salones donde la gente suele exponer y los auditorios donde nacen las asambleas. Es de noche y nadie está ahí: todo está muerto.

Llega al edificio B al tercer piso. Las luces están apagadas y hay una coladera debajo de un escritorio. Levanta la tapa y baja por la escalerilla de metal. Es cansado y avanza para ver a momentos oscuridad arriba y abajo de ella: “Sin fin”.

Tras varios kilómetros llega a una cámara con luces débiles como las del pavimento en las autopistas. Hay arena de playa. Camina y al poco siente agua que le rodea los zapatos. Toma un barquito de por ahí que flota en el mar subterráneo y avanza. “Ya casi”, se dice.

Avanza a remos con mínima luz y ve flotar botellas de cerveza y cajas de pizza. Al tocar tierra, un imperial pasillo de mármol la recibe. Hay hogueras que alumbran y leones blancos que no se atreven a rugir.

Como ella lo recordaba, está él en el fondo. Se sonríen y Rita ve el bigote de él pintado con plumón debajo de la nariz. Es él es él, siempre “fantástica”. Frente a una máquina con miles de televisores, él jala palancas y controla cosas del mundo: lo rescata del hambre y las guerras.

Se abrazan en esa cámara en el centro de la Tierra. Rita siente los dos senos de él, y siente ese perfume penetrante. Pensó que no lo volvería a oler. Las pantallas brillan primero con colores y formas y personas y animales y cantos y llantos. Todo se mata, todo se muere.

Se acabó. Dice él, cuando ya solo se saben juntos por el calor que emana de sus cuerpos. El agua del mar también se desborda: los va a ahogar.

Ella lo intuye pero lo abraza fuerte mientras todo lo presente desaparece. Se aferra y ambos caen al vacío hasta empezar a flotar y hundirse, hundirse mucho. Ella teme que, como lo han dicho, estas cosas no signifiquen nada. Que lo que pasa en estos instantes de noche escape a la voluntad y sea sólo un reflejo que los cerebros ejecutan cuando uno muere en vida y no hay escape de nada. Ella suplica que no sea cierto. Pero es tarde y sin poder respirar, la carne es como el pan que se deshace en el agua. A varios miles de kilómetros, en la superficie, cualquier cosa puede acabar con ese amor.