Doña Pancha Fest 2018


Me había alejado de la música y sus frívolas expresiones. No existía metal tan fuerte que me anclara a las espesas aguas de un concierto de rock. Estaba convencido de que la música en vivo se había convertido en una pasarela de modas. Lo más insignificante de todas las cosas insignificantes en este mundo. Me había encerrado. Atado al cuello a mi ostracismo. Al borde. En la fidelidad de la aguja y el acetato, o la panteonera comodidad de mi departamento: féretro del confort y la fobia.

Hasta que la organización artística ‘Telarañas del Sud’ me contrató en el 2016 para escribir la crónica de un festival de música: el Doña Pancha Fest. Pero aquella frase sobre la moda de “cada día es un desfile, y el mundo es una pasarela” me tenía sin cuidado, así que acepté más por el dinero que por las ganas de figurar en Vogue. La impresión fue otra, en lugar de modelar para la popularidad y la aceptación tapatía, encontré una puerta, la puerta del Underground, pero como ya lo dijo Felipe Polleri, toda puerta es una guillotina, y terminó por volarme la cabeza.

Hemos de construir casas que crezcan; la casa que crece ha de sustituir a la máquina para habitar, escribió Alvar Aalto (1898-1976), un arquitecto que logró dotar de racionalismo puro a sus inmuebles. Eso es, puntualmente, lo que cimienta el Festival Doña Pancha, una conmemoración que es como nuestra casa, que es como nuestro lecho de muerte, una casa construida a base de vidrio, como nuestras vidas, que están así mismas, hechas de vidrio… Y no hay nada que podamos hacer para protegernos a nosotros mismos, al afecto de nosotros mismos.

A diferencia de otros festivales que se jactan de ser eclécticos, el DPF no hace fortuna a costa del Underground, porque no la hay, porque nada queda de ello, porque así como la novedad, no importa, es insignificante. Los panchitos son pioneros, exploradores, están solos, ahí fuera, escuchan el sonido que proviene de las alcantarillas, esperan, como Macario (el personaje de Juan Rulfo) a que salgan las ranas, para treparlas al entramado, el más sucio, pero el más auténtico, allí, donde todo encaja: los ritmos subliminales, los sonidos del subte, las importaciones más oscuras, la piratería, la energía artificial y toda una mitología a estrenar, a promover en la edición numero diez del Doña Pancha Fest (que retoma el nombre de una cantina localizada a las afueras de Tecate, B.C., donde surgió el festival).

El DPF 2018 contará con la osada presencia de César Castrillón (“El Papi”) bajista fundador de Los Saicos de Perú, cabezas del germen Punk, quien subirá a las tablas acompañado de los ya míticos y proverbiales San Pedro El Cortez, Patriarchy la lubricidad canora de Actually Huizenga, Rancho Shampoo con su Indian Dub Orchestra de B.C., Jung Sing, Vampire Slayer y Rodo Ibarra de Maniquí Lazer, El Muertho de Tijuana acompañado de Chivo Negro de Guadalajara/Sinaloa, Diahgonal de Rubén Alonso Tamayo (“El Fax”), la realizadora audiovisual Concepción Huerta, Jippies Ultra Modernos Y Sonidos Asquerosos y Dinoflagellates, el proyecto de Pier Martínez, Gonzalo Lebrija y Francisco Ugarte, además del esperado regreso mediático de Juan Cirerol a los escenarios.

El DPF sesionará en el Foro Larva de Guadalajara, México, el 22 de septiembre, con showcases sorpresa en diferentes puntos estratégicos, como es el caso de Helicóptero Homosexual, proyecto musical al que el artista Aaron León definió como: una fantasía sexual frecuentemente mencionada por el fundador y bajista de la banda Ramoncito Ramírez, fallecido el 22 de diciembre del 2013 a raíz de una sobredosis de cocaína paraguayana y cerveza. Sea lo que sea que eso signifique, Helicóptero Homosexual se presentará en el aún desconocido Vietnam.

Doña Pancha es un festival que no tiene nada que demostrar, que se aleja, con asco enfermizo, de la moda reciclable de estos tiempos, de las TV personalities o la oligarquía musical en México. Adopta la singularidad y la vulgaridad de la no-música, fuera de la payola, en la casa que los panchitos han construIdo, un lugar, un momento y una forma de vida, algo de lo que formar parte, una sacudida, un grito de alerta, una llamada a la nosotridad, una fiesta, la fiesta de los raros, fuera del mundo o debajo de él… y eso, como lo apuntó Elvis Costello, es bastante para poner una Iglesia en el subterráneo.

© 2018, Alfredo Padilla. All rights reserved.

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