Foto: Adela Goldbard

Yo soy el fuego y la luz en el centro laríngeo, canturreaba el mantra en un loop sacro de fe oligofrénica; dando vueltas como una rata rabiosa en una rueda giratoria, dentro, muy adentro, en aquella jaula que es el cerebro deshidratado de Segovia.

Yo soy el fuego creador que elimina lo indeseable. Una sílaba, un fonema estancado, ahogado al fondo de una profunda laguna mental, y una seborrea que despeña de manera teatral sobre el talante de Segovia, como una cascada de mierda en las baldosas inmaculadas. Un rostro sin expresión, atomizado por el sol de la tarde en los belfos de la zona cero, ahí, donde toda ilusión es sodomizada por la crueldad y sólo queda la invocación. Plegarias de encono sobre hocicos escaldados. Escorbuto y preces. Se dice que la oración no cambia a dios, pero sí a la gamberra que ora.

Por este fuego el hombre se convierte en creador y todo lo que se debe crear es menester que sea sublime y divino. Fístula de vocales y consonantes sin sentido aparente para las tres lerdas dentro del automóvil, vehículo oxigenado de torpe fanatismo, enfilado al recto-roedor, un fosco car washdel extrarradio en medio del Apocalipsis.

Nueve, once y trece años en las idiotas, días dedicados a la interpretación, en lontananza a la estupidez, en dirección a la nada. La putería de su madre terminó por apaciguarlas, decadencia, contrición y prerrogativa, combustible y fuego: el hierro en la sangre del señor.

Los ciervos de dios tiene que ser limpios, hablaba la piorrea a través de las encías podridas de Segovia. Para las tres bestias representaba un nuevo mundo, de ablución y meneo. El cofre abrió fauces activado desde dentro, las chécheres exclamaron al ver el abundante rocío removiendo tierra y suciedad de aquél garuño, posteriormente las dejaría estupefactas la aplicación del desengrasante y el agua a presión para remover la mierda difícil; aquella sopleteada del motor la percibieron como en teatro kabuki, cabeceando y sin pensar en absoluto, aleladas por el mantra en flujo: yo he venido a traer fuego sobre la Tierra, y cómo desearía que ya estuviera ardiendo.

Las mangueras calaron la carrocería, partiendo del cofre y continuando con el toldo, el teatro kabuki se prolongaba para las muéganas. El líquido chapoteó por el costado izquierdo, parte trasera y costado derecho, una representación de ‘Kanjinch?’siendo interpretada en las ventanillas lluviosas del auto; la historia del hermano menor del sh?gunen su huída hacia el norte de Japón, narrada en tres actos: los tres ordinarios pasos de un autolavado. Se procedió al jabonado de la parte interna de las salpicaduras, llantas y rines, así como también de los estribos, y el Evangelio de Lucas sincronizado, expelido por Segovia, poseso, en esos bembos de prostituta sin misericordia: este fuego es del sexo que radica en su plexo sagrado.

Cuando la bosta con ruedas hubo quedado limpia, la mujer enfiló hacia la estación de servicios para surtir bencina, seducida aún por el axioma, enculada por Lucas —animal del sacrificio—acribillada por una bilis despreciable de hieráticas señales, en aras de una reparación etérea, de odio y subordinación. La religión es el escroto de dios y Segovia una buena puta complaciente con la verga y la ceniza, con la palabra cruenta, ese verbo de secreción que conforma el absoluto: contrición, decadencia y prerrogativa.

Bajó del automóvil y tomó la pistola dispensadora de combustible, pero no la introdujo en el orificio de llenado, roció con ella la carrocería, así como el bajo mundo la había rociado a ella en cogidas pretéritas, grandes chorros de abandono, esperma, soledad e insultos, vertidos ahora místicamente sobre el coche, un microbio, suciedad sobre ruedas que varaba su viaje en el puerco asfalto caliente, bazofia que le impedía avanzar hacia el perdón. Un fósforo encendido. El fuego de dios en el orificio anal del arrepentimiento, el fuego levantando las faldas de las cerdas todas en la periferia, succionadoras obscenas, novicias ignotas, mamadoras del falo y la ansiedad. La insatisfacción y el tedio de las putas es parafina eterna, donde hace presencia el ímpetu divino, en el plexo solar, el plexo sexual, la región más oscura o el nido de la región suprapélvica… y habrá que colmarlo todo en él.

Era el cenit kabuki para las idiotas, el espectáculo supraordinario del terrorismo. La vida que es una guillotina, la sosería de la contemplación, el olor de la nafta, la estupidez de la violencia, el teatro de la soledad, la vida que corta cabezas de tajo y el olor otra vez, el olor penetrante y agudo de la gasolina en los extramuros, acariciando el chasis.

Lo primero en incendiarse fue el motor, el Domo Shensu para las chicas kabuki abrazado por el fuego sanador de las cosas odiosas. Las pequeñas samuráis y sus ojos cauterizados, los perros ladrando al resplandor de la tarde, el calor, la atolondrada niñez y el arrepentimiento de las piernas abiertas. El gran fuego de la obediencia es el corazón del perdedor. Un fósforo proyectado. Una llamarada bronca que aprisiona la montura del auto, desconfiada del fierro y de la carne, músculo que comienza a estirarse y contraerse, a oscurecerse, como el metal mismo, a doblegarse. Las chicas samurai no gritan, se entregan como buenas espectadores a la función kabuki Ko. Es la madre, la puta de Segovia quien continúa con el bucle sonorodurante esa corta obra dramática hacia la exoneración.

Cuando el fuego de YO SOY llegue a este centro, despertará la prudencia, iluminará las facultades del hombre y su talento; alumbrará la mente y dará la cordura y así el hombre podrá ver la forma del pensamiento y podrá leerlo. Habrá que grabar estas palabras con letras de fuego en nuestros cuerpos. Bisbiseos. Fuego que alcanza la hipodermis en un trance sin dolor, ya no hay nervio que transmita sensación alguna. En los ojos todavía abiertos de los idiotas aparecía una vieja pátina elocuente: una inmensa emoción, una enorme ternura. El humo que expide la carne de las niñas al quemarse es níveo, de un olor distinto: azufre, cabello y nervio.

Un rayo de sol da en el automóvil, justo en el capote, una delgada columna de hollín se eleva desde ese punto mientras suena una leve crepitación, la presencia del fuego divino ascendiendo en el plexo solar, vocablos recitados en una frecuencia alterna, murmullos, como si estuviera friéndose un huevo gigantesco, susurros: “vamos a ver a Jesús”.

Acababan de dar las seis de la tarde, pero el sol brillaba aún como si fuera medio día, era como si el ambiente vibrara, y en las afueras apestaba a yakiniku.

© 2018, Alfredo Padilla. All rights reserved.

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Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador y periodista cultural. Autor de los libros 'Una pastilla más para que pase el dolor' (Ponciano Arriaga, 2015), 'Monólogos de un niño inconforme' (Abismos, 2017), 'Guadalajara Caníbal' (Paraíso Perdido, 2018) y 'Cadáver' (Lázaro Ediciones, 2018).
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