Está uno tan tranquilo, haciendo como que no piensa en nada porque en ese momento, todo lo que se pudiera pensar se podría pensar más tarde; se podría retrasar e incluso no sería necesario que llegara a pensarse nunca. En casa, en el autobús, en el campo, en la playa o recorriendo a pie las calles de una gran ciudad, da igual. Estar por estar y no estar en nada. Estar tan lejos, como los demás nos ven de cerca. Estar ausentes. Y de pronto, sin comerlo ni beberlo, llega a nosotros como un anuncio.

¿En qué estaría yo pensando? Ya es demasiado tarde. El pájaro se aleja batiendo sus alas blancas y deja en nuestras manos el compromiso de hacerlo realidad.

Estar dormidos, realmente dormidos, sujetos a un sueño como si todo lo existente se encontrara en ese sueño y nada hubiera fuera de él. Todos los paisajes forman parte del sueño, todos los personajes son piezas de ese sueño y nos hablan en sueños, hasta los pájaros nos hablan en sueños.

Sujetos a un sueño del que poco o nada recordaremos al despertar, no se comprende cómo ni cuándo ocurrió, quizá fue en la duermevela. Pero ya es demasiado tarde. El pájaro de nuestro sueño voló con el amanecer y ahora está en nosotros desvelar el misterio.

No es cierto que las buenas ideas, (como las malas), nos lleguen sin más. Como un puzle, van encajando las piezas hasta obtener eso que llamamos “una idea luminosa”. Las grandes ideas se componen de pequeños retales cosidos a nuestra existencia y nos llegan en el momento exacto: cuando más las necesitamos y cuando estamos dispuestos a escuchar.

 

 

María Jesús Campos

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pocket
Pocket
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Copyrighted material by the author.