UN PAÍS DE SILENCIOS

     La que será protagonista en nuestra próxima entrega de esta serie, no hoy, sino en el siguiente escrito, Edurne Portela, habla, en su incisivo ensayo El eco de los disparos: Cultura y memoria de la violencia, de los mecanismos del silencio que, sibilinamente, se articulan en el seno de la sociedad vasca, mientras la corroe la violencia durante el conflicto armado. Lo hace apoyándose en algunos de los cuentos del anterior protagonista de esta serie: Jokin Muñoz. Debo reconocer que solo cuando consulté a Portela entendí esos entresijos a los que se refería, pese a que yo también había leído esos relatos, aunque con otra mirada.

     Se me antoja revelador que aquellas personas que, por su experiencia, vivieron de primera mano esa realidad que acompaña a las obras de las que aquí se está hablando, del ámbito de la literatura y, por extensión, del cine, tienen una mirada más incisiva, capaz de sacar más información, o de revivirla en cada gesto, cada comentario. Sirva de aviso para los libros que vamos a tratar hoy, porque su autor, Harkaitz Cano (Lasarte-Oria, 1975), también ha utilizado el silencio, la contención, en ciertos momentos, en ciertos medios.

     En 2010, el año a partir del cual vamos a hablar hoy, los atentados de ETA ya no formaban parte de la cotidianidad. Aquel fue el último año con víctimas mortales, en concreto, un policía francés que murió en su país por perseguir a unos etarras tras el robo de unos vehículos. Se iniciaba otro tipo de silencio. No el que evita hablar del conflicto, por desconocer, o no querer compartir, la opinión del otro, que se siente ajena, distinta a la propia, sino el del que quiere pasar página, el que quiere olvidar la pesadilla, y solo la recordará en determinados círculos, ante determinados auditorios. Ese año, la revista literaria Quimera publicó un dossier sobre ciudades literarias del siglo XXI. Harkaitz Cano escribió sobre San Sebastián, donde reside, desde hace años. Resulta chocante leer en su texto su consideración de Donostia. La califica como «la ciudad ideal para explicar qué es lo que sucede en realidad cuando no sucede absolutamente nada». Más chocante resulta leer, en referencia al parque de atracciones que corona el Monte Igeldo: «Retrata a la perfección el escaso afán por meterse en camisas de once varas que predomina en la ciudad, a pesar de los pesares, y a pesar de que el cine y los medios se hayan ocupado de dar una imagen belfástica de la ciudad.»  Y resulta chocante por el pasado de esa urbe, que pone de relieve el cuento de Iban Zaldua: «Itinerario». San Sebastián fue la ciudad que más sufrió la violencia de ETA. Hasta 94 personas murieron en atentado. Y resulta más chocante cuando, en los siguientes años, Cano publicará dos novelas muy ambiciosas, con el conflicto armado como protagonista: Twist (2011) y La voz del Faquir (publicada originalmente en 2018 como Fakirraren ahotsa).

     La primera es un relato generacional, duro, crítico, de un grupo de jóvenes nacionalistas, personificados en el escritor en el que se focaliza el narrador: Diego Lazcano, en el País Vasco de la década de 1980, con la que se inicia el relato, en donde se insertan de manera admirable los sucesos en torno a la desaparición, tortura y muerte de los miembros de ETA, José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala (en la novela, Soto y Zeberio), el crimen que más ha indignado a la izquierda abertxale, y que se gestó en San Sebastián, aunque se perpetrara a muchos kilómetros de allí, en la provincia de Alicante. La segunda es una biografía novelada de Imanol Larzabal (en la novela, Imanol Lurgain), cantautor folk que interpretaba sus melodías en euskera, que ingresó en ETA en su juventud, para acabar renegando de la banda tras el asesinato de la arrepentida Dolores González Catarain, Yoyes, a su regreso a Euskadi, lo que llevo al rechazo de su música por parte de la izquierda nacionalista, y hasta a las amenazas de muerte, que le obligaron a abandonar el País Vasco durante sus últimos años de vida.

     Si bien el primero es uno de los temas más comunes de la literatura en euskera, la narración de la historia desde la perspectiva del militante de ETA, el drama que allí se cuenta transgrede por completo ese tópico. Cano narra muy bien el desencanto de ese grupo de jóvenes creativos, a través de Lazcano, amigo íntimo de las víctimas, y que acaban doblegados por el peso de la mediocridad, y por la necesidad de sobrevivir a un mundo hostil para con sus ingenuas ilusiones iniciales. El conflicto narrativo del libro se basa en tres traiciones, de Lazkano a sus supuestos amigos, que muestran la poca altura moral del personaje. La primera, tras torturas policiales, la confesión del domicilio en Francia de los dos miembros de ETA. La segunda,  intelectual, cuando se descubre que toda la obra del escritor es un plagio de su amigo Soto, de cuyos escritos se apropió en su momento, y que justifica la narración, pues en ella, Lazkano pretende partir de cero, narrar sin el apoyo de los textos de Soto. La tercera, la más dolorosa, la del cobarde que decide no comparecer en el juicio que debe dirimir la culpabilidad de la muerte de sus amigos, que él mismo ha propiciado, tras buscar a un abogado que lleve a cabo el caso, y al que acaba dejando en la estacada. En esa pintura, el autor es muy capaz de representar todas las sensibilidades, todas las pulsiones, que convivían en aquel hábitat, a partir de una ingente paleta de personajes, todos, en general, bien trazados. A ese desengaño se suma el drama del asesinato, de la desaparición de unos compañeros, que no por eso justifican la violencia contra el Estado, como muy bien matiza el narrador, en los pensamientos de Lazcano. También se representa de nuevo a través de la figura del escritor, el dolor de las víctimas, las otras víctimas, en el asesinato de un ingeniero, al que tiene que vigilar en un zulo cuando pertenece a la banda arma, y de cuya muerte se acaba sintiendo responsable cuando la abandona. Sin embargo, como señala de nuevo Portela, esa responsabilidad se va diluyendo con el paso de las páginas, mientras se mantiene el cinismo de Lazcano, que sostiene el relato, y no se entiende muy bien por qué, revelando esas lagunas, esos huecos que siempre parece implicar la narración de la violencia en el País Vasco.

     Tal vez a modo de contrapeso, y para ofrecer otra imagen, más inmoral de los que dieron el paso a la justificación de la lucha armada, La voz del faquir sí va a narrar la forma despiadada en que la izquierda abertzale da la espalda, aísla y, finalmente, apunta, para que sean otros los que disparen, los que ejecuten, con el caso de Imanol, el cantante, y de una forma más flagrante, con Yoyes (Arrakis en la novela). Lo cuenta, además, desde dentro, aprovechando la pertenencia inicial de Imanol, de Yoyes, a la banda, y que supuso que, en algún momento de sus biografías, coincidieran con sus verdugos, con sus acosadores, lo que plasma esa tensión, ese sufrimiento, que también afectó a entornos nacionalistas, y que muestra que el conflicto era más difícil, más complejo, más corrosivo para los que lo vivieron que las visiones maniqueas que se han querido imponer desde los extremos de un abanico mucho más amplio. Esta segunda novela sobre el conflicto se trabaja desde recursos como las entrevistas orales a amigos y compañeros de la vida de Imanol, y se sustenta en un corpus importante de reflexiones en torno a la identidad, a la música, y a lo que las une: la voz. Sin embargo, este recurso, que también se desarrolla con profusión y acierto en Twist, para hacernos entender la transformación de Lazcano, el escritor, acaba por cansar en algunos pasajes de La voz del faquir. En todo caso, no sería esa la valoración de interés para esta serie, sino el juicio que se puede extraer en ambas novelas, de las víctimas, sobre las que el autor, acertadamente, hace correr un velo de pudor que las mantiene en un estado de pureza que convierte en más dolorosa su desaparición. Así ocurre con Soto y Zeberio en Twist, y así sucede con Arrakis en La voz del faquir. En cambio, Imanol, el acosado, se nos presenta con más matices, no morales, pero sí de personalidad complicada, egocéntrica, difícil, como sucede con Lazkano, que también es víctima de torturas en la primera novela. Ese doble estatuto, entre la víctima por la que ya no podemos hacer nada, y la que sigue viviendo, es de resaltar, en la narrativa de Cano. Del mismo modo, y para concluir, ese silencio solapado en la nota para Quimera, aunque se hable de las ráfagas de violencia que atraviesan la literatura de Ramón Saizarbitoria (San Sebastián, 1944), aunque se cite a Imanol paseando por Dosnotia, muestra dos cosas: 1) la diferencia entre lo que aparece en los medios y lo que vive el ciudadano que habita un territorio castigado por la violencia, que interioriza; 2) que el autor no parece creer que su discurso sobre la violencia en Euskadi se pueda exponer en todos los ámbitos, ante todos los públicos, y eso hace quede todavía mucho por hacer, mucho por mostrar, mucho por hablar, como veremos con Edurne Portela, en la próxima entrega.

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado 'Managua seis'. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela 'Artefactos'. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, "El blog de Carlos Gámez", estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.

Relacionadas