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Un libro total recuperado del olvido: El pez de oro de Gamaliel Churata

tapa-texto-reeditado_LRZIMA20121010_0014_11Nada más arbitrario y coyuntural que la elaboración de un canon literario. Creemos que los libros que llegan hasta nosotros lo hacen porque el tiempo se ha encargado de despojarlos de cualquier elemento accesorio, como pueden serlo las modas literarias, las influencias, o el interés social o político de ellos. También está el trabajo de los individuos e instituciones, como los críticos y las universidades, que pareciera resarcir los olvidos, cuando no cimentar las famas. Pero por debajo de todos los libros consagrados por el uso y la convención laten cientos, miles de libros olvidados por razones que nada o poco tienen que ver con la literatura. Obras que son dejadas de lado porque sus autores murieron demasiado jóvenes, ya no son publicadas por las editoriales o, simplemente, se dieron a conocer demasiado temprano (o tarde).

¿Qué pasaría con el canon literario, el mismo con el cual nosotros los lectores forzosamente interactuamos si se exhumaran aquellos libros marginados por la mala fortuna? ¿De qué manera se modificaría nuestra experiencia literaria de conocer libros tan o más geniales que aquellos leídos desde siempre pues así lo quiere la comunidad de lectores a la que pertenecemos? Pienso en el caso de un escritor como Reinhard Jirgl quien se dedicó a garabatear folios que nunca daría a conocer en vida. En el contexto de la Alemania del Este nunca pudo publicar cualquiera de sus libros que se amontonaron, uno tras otro, en los estantes de su obstinación. Con la caída del muro, y la llegada de una forma de “libertad” que en su momento entusiasmó a muchos fue que recién pudo hacerse conocido. El descubrimiento de este autor, de su literatura, no sólo le valió la justa entrada en la cartografía literaria sino que además la reconfiguró de manera radical. Los mapas literarios nunca son definitivos ni estables sino que dilatan y contraen sus fronteras, modifican sus relieves en función de eventos inesperados.

En el caso de la literatura en lengua castellana, la catedrática Helena Usandizaga es la última “culpable” de haber desenterrado un libro que a falta de otra presentación me aventuraré en denominar un clásico. Si por clásico entendemos aquello que interpela su tiempo de manera tan tajante que termina no sólo formulando la experiencia que le es contemporánea sino que también se actualiza y adquiere nuevos valores con el paso de los años, entonces nada más clásico que ese libro que en los años cincuenta hiciera publicar Gamaliel Churata (1897-1969), un libro que , pese a la admiración de los pocos que lo habían leído, vivió décadas de silencio, polvo y olvido pero que con acciones como las de Helena Usandizaga parece haber regresado para quedarse.

No nos apresuremos con nuestros entusiasmos y vayamos por partes. El pez de oro es un libro singular, de un autor único. Arturo Peralta (verdadero nombre de Gamaliel Churata) fue un artista puneño que se movió básicamente en el remoto altiplano, entre Perú y Bolivia. Bohemio, letraherido y autodidacta, su sed de conocimiento no se contentó nunca con la limitada vida intelectual de su tiempo y sociedad, sino que buscó ir más allá de sus fronteras. Por eso, además de haber pertenecido al originalísimo grupo Orkopata, estableció contacto con actores culturales de primer orden como lo fue José Carlos Mariátegui. Acaso reforzando un rasgo de su condición de autodidacta, Churata se interesó en diferentes disciplinas y expresiones culturales. No obstante, la vastedad de su erudición y cultura nunca se impuso a la genial intuición, la fina sensibilidad y el espíritu universal del artista puneño.

De ahí esa vocación enciclopedista de El pez de oro. Se trata de un libro que no se puede limitar a un solo género o escuela sino que, gracia a su ambición totalizante, los fagocita a todos. Desde mi experiencia como lector puedo emparentar a El pez de oro con el Primero sueño, los Comentarios reales, y, sobre todo, la Nueva crónica y buen gobierno (según Usandizaga Guamán Poma fue un referente para Churata). Como en los precedentes, en El pez de oro se congrega el saber y las inquietudes de una época pero no desde un ángulo específico sino que se le interroga desde diversas perspectivas, la historia, la filosofía y la literatura, entre otras. Al mismo tiempo, se invoca un saber cultural alternativo, el autóctono o indígena, para dar cuenta de la experiencia americana, novedosa e inaudita. Así, en El pez de oro Churata se vale del lenguaje precedente pero no para refrendarlo sino para reinventarlo, constituir una parcela nueva de la experiencia lingüística y, por lo tanto, cultural más acorde con lo que somos; es decir, sociedades en tensión dialéctica entre lo autóctono y lo occidental.

Hay algo que le da unidad a El pez de oro y es su constante interrogar el mestizaje en cualquiera de sus formas. Churata parte de una constatación: no existe el mestizaje sin violencia. Así, el encuentro entre las sociedades y las culturas nunca se puede hacer de manera armoniosa sino que siempre se expresa mediante la imposición de una sobre otra. De todas las expresiones culturales, acaso sea en la literatura que se manifieste este conflicto de manera más intensa: los escritores americanos, pese a vivir dentro de él y ser sensibles a éste, se habría decantado por una sensibilidad y una expresión antes que nada occidentales. De ahí, el pretendido carácter original de la empresa de Churata en la medida en que él buscará con El pez de oro darle forma al mestizaje mediante un lenguaje híbrido en el que se subraya el sustrato americano. Dicho con los términos del mismo Churata: “América antes que fruto debe saberse raíz (…)”. Se trata de una empresa radical, en los dos sentidos de la palabra, que busca dinamitar la cultura establecida, formulada y legitimada en y por el lenguaje mediante diversos procedimientos. De ahí que no sólo se trate de utilizar el léxico y la sintaxis quechuas o aymaras dentro de un texto planteado en castellano sino también y, sobre todo, de forzar la balanza a favor de las lenguas amerindias. El gesto de Churata parece extraditar al castellano a una posición subalterna y como un idioma no es un catálogo de signos sino una herramienta de cultura podemos decir que el mismo Occidente se ve confrontado a otra forma de concebir la existencia, de interrogar el entorno: la indígena o, como lo dice Churata, la Americana. Por eso, en El pez de oro la historia convive con el mito, el presente recupera el pasado, los vencedores comulgan con los vencidos.

Mucho de lo que será la lectura de nuestro tiempo y las generaciones posteriores de esta summa literaria será determinado por el trabajo de Helena Usandizaga. La catedrática española se ha encargado de devolvernos un texto depurado de sus erratas editoriales (normales si consideramos las condiciones en las que fue publicado, sin contar la extensión del libro). Además acompaña el libro de una introducción que se encarga tanto de situar a Churata en el contexto de su época como de subrayar el valor de su obra en la historia literaria peruana. Notas a pie de página y un glosario complementan el aparato crítico con el objetivo de hacer menos difícil la lectura, por momentos verdaderamente ardua, pero sin yuxtaponerse al texto en sí. El pez de oro que llega hasta nosotros gracias a Helena Usandizaga, lectores del siglo XXI, lo hace con toda su fuerza original, aunque renovada, dispuesto a quedarse definitivamente entre nosotros.

¿Existe una segunda vida para los libros después del silencio? Lectura oceánica y difícil pero al mismo tiempo llena de vida, El pez de oro no es un libro de nuestro tiempo sino que es un libro de siempre. No obstante, la eternidad del libro no se encuentra afirmada en su manera de eludir la historia sino de confrontarla mediante la palabra y sobre todo los mitos que buscando darle un sentido al mundo complejizan el lugar del hombre dentro de él. De esta manera le da un espesor inaudito y poco visto antes a la literatura peruana. En un periodo en el que términos “como global” o “hibridación” se han convertido en moneda corriente, el regreso de Gamaliel Churata, como bien lo señala Usandizaga en su introducción, no puede más que dilatar la discusión en torno a prácticas y productos culturales en sociedades “periféricas”. Con todo, la actualidad del autor puneño no está en qué tanto se introduce El pez de oro en la discusión de nuestros días, anecdótica frente al tiempo, sino en haberle querido darle forma verbal a nuestro ser americano, complejo, múltiple, eternamente nuevo, pasajeramente idéntico.

 

 

 

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