Un golpe de 25 watts

25-watts-daniel-hendler-2Una vez me perdí en Montevideo. La ciudad se levantaba atrás de los balcones dejando ver a unos bebedores de mate. La noche anterior habíamos estado en un bar de Ciudad Vieja, el barrio de las librerías y las calles peatonales, aquel espacio dedicado al arte que existe bajo diferentes nombres y disfraces en varias ciudades: el Soho en Nueva York, Palermo en Buenos Aires o nuestro entrañable Sopocachi en La Paz. Esa misma noche nos fuimos a un lugar cerca del puerto. Un barco pesquero arribaba en silencio desde la oscuridad. Se oían gritos en una lengua lejana, evidentemente asiática, por alguna bandera estampada comprobé que era coreano. Los tripulantes discutían con vehemencia. Luego nos fuimos cerca del malecón. Vino, charla. Más vino. Decidí regresar al departamento en donde me hospedaba, me fui caminando por la avenida 18 de Julio. El centro estaba ordenado y sumergido en la atmósfera de la madrugada. Así, Montevideo era una postal, perfecta, impecable. Era necesario conocer sus caras más ocultas, sus caminos empolvados, a los habitantes que quedan fuera del marco de las fotografías.

Estuve caminando hasta el amanecer cuando reconocí mi edificio gris. Ahí estaba la venta de frutas dos casas más abajo y en la puerta una reja metálica que alguien abría. Entonces no sabía que en esa ciudad de gente sencilla y calles camaleónicas se había filmado 25 Watts: la oda urbana que podría convencer a cualquiera de que Samuel Beckett había dejado el teatro para dedicarse al cine. La imagen de la ciudad se hizo más compleja cuando vi a aquellos adolescentes empezando a conocer la vida, sus golpes y sinsentidos, en un viejo cine club al día siguiente. Aquellos personajes transmitían un profundo e inevitable extravío.

Se trata de la escena final y es bastante simple. Un golpe. Bueno, en realidad son dos golpes. Ambos en el rostro. Javi –así se llama el personaje agredido– responde al segundo golpe encendiendo un cigarrillo, casi como una costumbre. El agresor viste una camiseta de fútbol y es el hijo del jefe (un anciano que se enorgullece al recordar cómo empezó trabajando repartiendo volantes vestido de sándwich, y ahora tiene un viejo carro con megáfono que transmite publicidad de una manera más cómoda. “Es el progreso… el progreso” repite, orgulloso, a su hijo quien se la pasa comiendo durante todo el film, durante toda la vida). Después de golpear en el rostro a Javi, el sobre-alimentado-hijo-del-jefe le dice “estás despedido”, con la boca llena. Javi sabe que ese golpe lo ha recibido antes y que probablemente lo vuelva a recibir.

Habitante de los suburbios, con demasiados sueños atrás y pocos caminos adelante, sumido en la monotonía de un barrio aislado del mundo, enciende el cigarrillo. Se toma el rostro. Luego la película termina. Javi tenía un hámster que daba vueltas todo el día en su noria.

Su amigo Seba solamente quiere ver una película porno. En la esquina un futbolista sueña con aparecer en el libro de los récords Guinness y se la pasa haciendo técnicas con el balón para superar la marca mundial. Beatriz deja de ser el ideal de Dante para convertirse en una sensual profesora de italiano. El repartidor de pizza da vueltas por la manzana buscando una dirección. Durante la película se repite que un solo uruguayo figura en el libro Guinness, quien estuvo aplaudiendo por cinco días seguidos. “¿Y qué aplaudía?”, se preguntan a cada momento los personajes, como un coro absurdo: “…y qué se yo”, es la constante respuesta.

Así pasan los hechos de forma repetitiva, exhaustiva, como en cada barrio, hasta terminar con la escena del golpe. Luego sólo nos queda encender un cigarrillo. Y te das cuenta que Montevideo es también un poco La Paz, un poco todas las ciudades que están conectadas pero a la vez no lo están, que no son el centro pero tampoco se pueden considerar la periferia. Tan sólo otro lugar más en el mundo en donde es tan fácil perderse, como en Lima, Santa Cruz o Pekín.

Un par de semanas después, más acostumbrado al clima porteño, visité el barrio de Nuevo París, la cara oculta de la postal, una villa con maleza, llena de vida y niños jugando por la calle. Allí la editorial La Propia Cartonera tenía un espacio para jugar al billar, beber cerveza y fabricar libros artesanales, organizaban lecturas de poesía y veladas literarias. Al llegar observé una rockola llena de luces frente a tres poetas sentados junto a una moto que no arrancaba. Después de la lectura pusieron unos clásicos de cumbia. Los anfitriones nos contaron del nuevo proyecto que tenían en mente. Se trataba de una antología de escritoras uruguayas que se llamaría Gilda vive.

Entre aquellos dos barrios de nombres irónicos y antagonistas (Ciudad Vieja y Nuevo París) intuía un espacio intermedio, todavía vacío, tal vez llenado en parte por la película y aquella infinita escena final. La épica del sinsentido. Las diversiones de la realidad. El constante vacío.

Muchas veces perdiéndose se conocen los lados más ocultos de una ciudad, sus similitudes y divergencias con nuestros propios caminos y aquellos que son completamente nuevos. Perderse era entonces un justificativo para viajar y así conocer los matices de nuestra morada más grande.

Los directores Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella tenían veintiséis años cuando filmaron 25 Watts, era su primera película. Después vendría Whisky que obtuvo un éxito abrumador, incluyendo premios a la mejor película, guión y dirección en los festivales de La Habana, Guadalajara o Tokio, logrando un premio Goya y el reconocido Un certain regard en Cannes.

Pocas veces se han visto cambios tan radicales de un film al siguiente. En Whisky los protagonistas son unos ancianos que continúan viviendo por la mera inercia, alimentados por la rutina y la modorra. Entre una y otra película no parece que hubieran pasado un par de años sino demasiadas vidas. El año 2006 Juan Pablo Rebella fue encontrado muerto en su departamento en Montevideo con un arma al lado. No llegó a estrenar su tercer filme. Tenía treintaiún años. Dejó dos hermosas obras de arte que nos enseñan a perdernos y a veces –si hay suerte– a encontrarnos.