Terror en el espacio

Por José Luis Muñoz

Este año mis hijos han tenido una buena idea como regalo de cumpleaños, pero al mismo tiempo, peligrosa, quizá nociva para el resto de mis días. No, no les hablo de ninguna corbata, que detesto, ni de ningún libro, que siempre es bien recibido, ni de ninguna serie americana, que suelen ser mejores que las películas, sino de un telescopio para que mire las estrellas, me pierda buceando en el espacio infinito y no baje más a la tierra.

Me gustan los cielos estrellados. Tengo buenas experiencias con ellos. Hace años trepé con el coche, de noche, a la cumbre de la isla de la Palma, al Roque de los Muchachos, para quedar literalmente petrificado contemplando el universo lechoso y estruendosamente silencioso que sobre mi cabeza se abría, la bóveda celeste más espectacular que recuerdo haber visto jamás, ante la que permanecí quieto y silencioso horas, casi sin atreverme a respirar, escuchando el latido del corazón.

En 1965 un director italiano, especializado en cines de terror serie B, Mario Bava, filmaba Terror en el espacio. Perdón por robarle el título. Bava, un estejanovista del cine que tanto filmó péplums como westerns bajo pseudónimos anglosajones, porque así se vendían más sus filmes, luego se convirtió en un realizador de culto. La máscara del demonio y Las tres caras del miedo fueron sus hitos más terroríficos.

No sé si el mexicano Alfonso Cuarón conoce a Mario Bava. Ridley Scott, sin duda, sí. Su magistral Alien bebe, precisamente, de Terror en el espacio. Alfonso Cuarón, que diversifica su carrera con filmes alimenticios como Harry Potter y el prisionero de Azkaban, trhillers impecables como Hijos de los hombres, o películas más personales como Y tu mamá también, rodada en México e interpretada por una sensual Maribel Verdú deseada por Juan Luna y Gael García Bernal, si tiene que haber visto, y aprendido de ella, 2001, odisea del espacio, la magna y solemne película de Stanley Kubrick con la que Gravity, un trhiller espacial maravillosamente bien rodado, guarda alguna semejanza, le debe mucho de su empaque visual.

Hay una secuencia de 2001 que quizá recuerden. El vengativo Hal 2000, el ordenador que se rebela, rompe el cordón umbilical que une a uno de los astronautas de la nave (Gary Lockwood) y éste se pierde en la inmensidad del espacio una vez que su compañero de vuelo, papel que interpreta Keir Dullea, va a su encuentro, lo toma con los brazos mecánicos de su nave y comprueba que ha muerto. La secuencia más impactante de Gravity, un viaje alrededor de la tierra a muchos kilómetros por encima, la protagoniza la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) cuando los restos de una estación espacial destruida impactan contra su nave y ella sale despedida de ella y se aleja en ese vacío ausente de gravedad dando vueltas y más vueltas y el espectador gira con ella, se angustia, perdiéndose en el infinito.

No hay alienígenas en la película de Alfonso Cuarón. El elemento terrorífico de la película es la ausencia de gravedad. Gravity es una película bella que sabe utilizar los efectos especiales  y transporta al espectador a un vuelo orbital alrededor de la tierra, siempre abajo, con su noche, día, amanecer y anochecer que tanto admira Matt Kowalsky (George Clooney), el jefe de la misión, un astronauta veterano y poeta que disfruta de su última misión espacial antes de abrazar un aburrido retiro y afronta las situaciones límites sin perder su buen humor. Cuarón consigue transmitir la sensación de angustia de la protagonista femenina cuando se le acaba el oxígeno y está respirando ya carbono que la sumirá en una indolencia y una paulatina pérdida de sentido (oímos cómo se apaga su voz, como se apagaba la de Hal 2000 mientras Keir Dullea lo desconectaba en 2001), sentiremos su ritmo cardiaco enloquecido cuando la situación se tense, sufriremos con ella cuando, por esa ausencia de gravedad, le cueste entrar en el interior de la abandonada estación espacial china que orbita alrededor de la tierra (como a Sam Neill se le escurría de entre las manos el velero en que Nicole Kidman era secuestrada en Calma total), y experimentaremos su soledad absoluta en la inmensidad del espacio cuando nadie conteste a sus llamadas de radio.

Lo más terrorífico de Gravity, más realista que la obra cumbre de Kubrick, es ver lo que somos en proporción a la inmensidad del espacio. Nada, absolutamente nada. Prescindibles. Un destello de luz, el de la linterna que enciende la doctora Ryan Stone cuando entra en la zona oscura de la tierra para que su compañero la localice. Y Cuarón nos lo dice en un filme redondo, minimalista a pesar de sus dosis de gran espectáculo, intimista, que me recuerda a la dramática aventura de los submarinistas de Open water enfrentados a la inmensidad del océano, muy alejado del misticismo de la película de Kubrick, que sigue siendo un referente para todo aquel que quiera rodar una odisea en el espacio.

Temo mirar a través del telescopio que me regalaron mis hijos. Temo perderme en las estrellas y no volver a bajar más a la tierra. Pero siento la gravedad a cada paso que doy por este mundo.

*José Luis Muñoz es escritor. Ha publicado este año las novelas La invasión de los fotofóbicos (Atanor, 2013), La doble vida (Suburbano, 2013), El secreto del náufrago (Ediciones del Serbal, 2013) y Ciudad en llamas (Neverland, 2013)