Terminar una obra: Piglia, Borges, Tizón, Bolaño (1)

“¿Qué quiere decir terminar una obra? ¿De quién depende decidir que una historia está terminada?” se pregunta Ricardo Piglia en sus “Nuevas tesis sobre el cuento”. En este contexto, el fin aparece como dilema existencial, claro, pero también como problema narrativo, es decir, como inexorable juego de expectativas. Como si no les bastara meterse con los finales de la vida y con aquellos finales que los seres humanos nos construimos, inquietos, los escritores se meten con los finales literarios; el decir de la literatura es dinámico y permite corregir páginas, imitando, emulando y escribiendo sobre lo escrito. Un caso curioso al contemplar el lenguaje de los finales es el de la re-escritura. En estos finales al cuadrado, hay una tendencia en la literatura a contar otra vez, a seguir contando, a no aceptar que la ficción también se acaba.

Me centro en dos re-elaboraciones tal vez no tan conocidas de un cuento latinoamericano antológico. “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Un final perfecto, intocable. Mucho se ha hablado de esa salida de la pulpería que es entrada definitiva a la ficción del bibliotecario devenido gaucho en “El Sur”. Es final cerrado, pero a campo abierto. De los “argumentos” básicos que Borges planteara sobre la literatura fantástica, “El Sur” conjuga el que ahonda en los cruces entre realidad y sueño, tema caro, además, a su propio sistema literario. ¿Dahlmann sueña o alucina una posible muerte en la llanura, pero aparentemente muere en la sala de operaciones (el viaje en tren como sueño-alucinación)? ¿O se recupera de la enfermedad provocada por el accidente, sale del sanatorio y emprende el viaje al campo que culmina en un duelo a cuchillo (el viaje en tren como cumplimiento de un destino)?  Ésta es, digamos, la escisión base para el armado del relato que juega con dos vidas, con dos espacios y tal vez con dos tiempos, y también es, como dice Gerard Genette de la literatura de Borges, “una reserva de formas que esperan sus sentidos”. Así, aparecen otros finales, diferentes modelos.

En “Para un cuento de Borges” (2006), del escritor argentino Héctor Tizón, desde el título se nota el cansancio y el ejercicio retórico. En el marco inicial del texto hay un diálogo entre el narrador y un Borges personaje quien dice no estar “del todo conforme” con su final de “El Sur” y por ello le pide a su interlocutor que escriba otro. El narrador dice que le escribió una carta a Borges, nunca contestada, con el final alternativo. A partir de allí, leemos la versión de Tizón: Dalhmann tiene un amor, Dorotea, que muere atropellada luego de ir a visitarlo en la clínica. El bibliotecario emprende, como en el cuento de Borges, el viaje en el tren y en la descripción de  la llanura hay atisbos del estilo borgeano, e.g.“afuera todo se veía desaforado e íntimo”. La escena de la pulpería también se repite (la comida, la provocación con las bolitas de miga de pan), aunque los elementos nuevos son los acorde de tango y el cambio mayor: esta vez Dahlmann le gana el duelo al compadrito, un tal Henríquez. De regreso a su casa, acechado por el recuerdo de Dorotea y por el crimen cometido, toma el puñal “que había conservado como un sangriento fetiche cargado de poder” y se suicida. A frases algo burdas como “Dahlmann, que era un lector omnívoro, cuya curiosidad semiótica iba de las Mil y Una Noches hasta El alma que canta[…]”, se agrega el final que interpela a quien transita como un fantasma por el relato: “Usted lo dijo, Borges, el hombre dura menos que la liviana melodía”.

Frente a ese lenguaje de cierre que no puede sino recurrir a la fuente original porque tiene poco para agregar, “El gaucho insufrible” (2003), de Roberto Bolaño, plantea una relectura, una parodia y una inscripción contemporánea genial en la tradición temática y literaria que representa “El Sur”. Entre los muchos aspectos para destacar está la configuración del protagonista, el abogado Héctor Pereda, quien cree que “los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo”, el Bebe; la presencia de los conejos que infestan la pampa como una plaga; y las referencias a la historia reciente, como cuando el narrador sentencia “la economía argentina cayó al abismo” —que podría indicar varios momentos de la historia socioeconómica argentina pero se refiere a la debacle del 2001, dado que la frase continúa “se congelaron las cuentas corrientes en dólares”— o cuando Pereda hace un comentario sobre la pérdida colectiva de la memoria —en referencia a las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura militar 1976-1983. En la escena final se replica y moderniza la escena de “El Sur”. Pereda emigra de Buenos Aires al campo. De regreso en Buenos Aires, va a un café que su hijo suele frecuentar. Se encuentra con un escritor, “falso adolescente”, aspirando cocaína, personaje que es sustitución metafórica del compadrito lanzando una miga de pan del cuento de Borges. Este personaje le espeta a Pereda: “¿Qué mirás, viejo insolente?” El abogado se acerca, le apoya su cuchillo en la ingle y lo hace sangrar un poco. El ridículo es ahora el escritor, no Dahlmann-Pereda, que sale triunfante. Ante la disyuntiva de quedarse en la ciudad o irse al campo, “las sombras de la ciudad no le ofrecieron ninguna respuesta. Calladas, como siempre, se quejó Pereda. Pero con las primeras luces del día decidió volver”. En ese final, Bolaño le da una vuelta de tuerca a Borges. Ahora es la ciudad la que no habla, no el campo. Ya no hay civilización: hay dos barbaries, y Bolaño hace que su personaje opte por una —el campo, con los conejos y los gauchos— manteniendo la atmósfera alucinatoria pero no la ambigüedad fantástica de “El Sur”.

Las re-escrituras de Tizón y de Bolaño sobre Borges muestran en toda su dimensión la posibilidad que ofrece la literatura de re-elaborar un final, aunque los resultados sean dispares. “En la experiencia siempre renovada de esa revelación que es la forma, la literatura tiene, como siempre, mucho que enseñarnos sobra la vida”, dice Piglia.

Y el pescador dijo: “Habla y abrevia tu relato

porque de impaciente que se halla mi alma

se me está saliendo por el pie”.

Las mil y una noches, “Historia del pescador y el efrit”.

[1]Fragmento de “Postremus: para una teoría de los finales”, publicado en Letral, Revista Electrónica de Estudios Transatlánticos de Literatura,núm. 17, pp. 41-55.