El dromedario

Se sentía cansado de andar escondiéndose y su cuerpo ya no daba para más. Frente a la primera choza abandonada que encontró mientras huía, sus piernas se doblegaron como chamizos inermes. Empujó la puerta, de una sola hoja, semidestruida y sin ningún tipo de cerradura ni candado y esta cedió sin esfuerzo chirriando con un gemido de madera podrida. De bruces fue a parar al fondo del desolado bohío construido con débiles paredes de bahareque y sobre un piso de tierra empolvada olorosa a excreciones de chivo viejo y a orín de animales de monte.