Spinoza y Rembrandt

No han planeado encontrarse. Se cruzan en una esquina, encima de un puente. La calle de adoquines titila por el calor insospechado. La temperatura no es alta pero si sorpresiva. El más alto —y que viene de lejos— es el mayor: lleva una camisa gruesa y una manta anacrónica sobre el hombro. El joven es delgado y lleva un cuaderno en su brazo derecho.

Los dos esperan que pase una bicicleta irredenta. Antes de girar, el hombre mayor da vuelta su cabeza y lo ve. El más joven sonríe y lo saluda. El otro, respetuoso, no ufano, le responde.

El joven lo mira como si quisiera hablarle. El otro capta en un instante el gesto inestable del joven tímido y le dice que no lo ha visto antes. El muchacho le explica que trabaja como pulidor de lentes y que, con el resto de la tarde, estudia a Descartes laboriosamente.

El joven hace silencio. Espera que su compañero hable. No le pregunta su nombre. Ya sabe que es el pintor más famoso de la ciudad. Solo atina a mirarle las manos, con la esperanza espía de encontrar el rastro del color entre los dedos. El pintor hace una mueca y luego le pide, para sorpresa del muchacho, que le cuente sobre su actividad en el crepúsculo más racional.

Están al frente de una tienda. Rembrandt le sugiere que entren a beber algo. El joven accede.

El murmullo ardiente no permite que se escuche el diálogo. Pero podemos sospechar que el aspirante a filósofo, después de depurar el sistema cartesiano, le muestra, en un acto de arrojo, los bocetos incluidos en su cuaderno de dibujos.

La conversación se prolonga hasta la tardía oscuridad. Será la única noche juntos.

El cuaderno se ha perdido para siempre.

Solo la memoria de Rembrandt guarda la figura de esas piezas tempranas de Baruch Spinoza.

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