Siguiendo la luna. Moondog

Originario de Marysville, Kansas (1916), Louis Thomas Hardin aprendió a los cinco años a tocar instrumentos que él mismo elaboraba. Hubo tres factores que cambiarían para siempre la vida de este joven proveniente de una familia sacerdotal o episcopal, una especie de guardia personal, a la vez profesional, que rodeaba al obispo: el contrapunto, el fuego y la calle. Sentado en el regazo de “Becerro amarillo”, jefe arapajó –“pueblo del bisonte”, tribu amerindia que vivió al este de las grandes llanuras de los actuales estados de Colorado y Wyoming–, escuchó por primera vez La Danza India del Sol. Posteriormente, a los 16 años sufrió un accidente cuando vio caer un cartucho de dinamita; al correr hacia él para ver de qué se trataba, este le estalló en la cara, dejándolo ciego. Por último, la alianza con las calles de Nueva York lo cobijaría; había ahí múltiples percusiones que lo imantaban en el sucio piso de la sexta avenida donde edificaría su incorpóreo templo; los neumáticos de los automóviles hocicando el pavimento, la eufonía y modulación de la Gran Manzana de John J. Fitz Gerald y el jazz de los años 50. Hardin mendigaba en compañía de su gato mientras tocaba la trimba a ras de suelo, una caja de resonancia con platillos que él mismo había inventado y que lo acompañaría hasta el final de sus días.

Al verse relacionado con Cristo, por la larga barba blanca y el fuerte báculo de madera, Hardin adoptó la estética de Vikingo. Solía limosnear con espada, escudo y casco de largos cuernos, siendo reconocido sencillamente como “el vikingo de la sexta avenida”, un personaje extravagante en la sede del imperio en tiempos de Charlie Parker –quien era su ferviente amigo–, un sucio músico callejero, un perro viejo, un Moondog que otea la luna en pos de contagiarle su rabia y dulzura. Las personas que le arrojaban monedas, no sabían que estaban frente al mismísimo fundador de la música minimalista.

Las armonías de Moondog son habitables como un bunker o crisálidas de la nota y la percusión en resguardo del caos; es Babel invertida. Ahí donde el sonido de la calle, los pies sincopados y la dinamita estallan, surgió un silencio indiscreto, que a diferencia de La Danza del Sol –que tanto lo influyó–, las sinfonías de Moondog son nodos en la red de musicalidad alternativa, una búsqueda de visión interna, una iniciación al interior, un ritual de elevación de status sonoro, como danzantes de la luna entre individuos aislados, fuera de la comunidad. Es una obra creada para transgredir lo transgresor, incluso la vanguardia: La Segunda Escuela de Viena.

Basta con escuchar “High On A Rocky Ledge” para que la ternura se nos venga encima. Como remojar una magdalena en el té de Proust, el pasado se nos revela: el primer abrazo, los pasos quebradizos o aquella ocasión en que viste por vez primera la lluvia, cuando sus gotas te tocaron la cabeza y entendiste la complejidad del mundo; lo que es arriba es abajo, lo que es adentro es afuera; un cubito de azúcar de cuatro minutos y fracción cantado por la voz senil de Thomas Hardin: “You who are climbing breathless to see me and my love/ Snow flowers growing fonder on lover’s ledge above/ If you’ve the yen to pluck, then pluck us both, for we who have lived as one/  Wish to die as one”.

Se le ha comparado a Moondog con músicos como Sun Ra y Harry Partch; fue admirado por Philip Glass e Ígor Stravinsky; Janis Joplin covereó su “All Is Loneliness”; Leonard Bernstein, compositor y director de la filarmónica de Nueva York buscaba su compañía. Fue capaz de inspirar un cómic: Moondog, en el que el profeta ciego tiene una visión en un mundo post-apocalíptico, pero se encuentra con una tierra peligrosa llena de gente desesperada y hostil; fue músico autodidacta y poeta bohemio antes que los beatniks; de 1949 hasta 1999, compuso música como para haber editado más de treinta álbumes. En la actualidad, Stefan Lakatos estudia con rigurosa minuciosidad sus métodos de percusión. Durante un viaje para tocar en un concierto, se vio nuevamente llamado por la calle, y debido a su fanatismo nórdico se detuvo en Alemania, donde siguió componiendo mínimas en las calles de Münster, hasta que una joven lo reconoció y decidió adoptarlo. Moriría el 8 de septiembre de 1999.

Dicen que se acabó la rabia, pero yo aun veo perros ladrándole a la luna.

 

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