Señales de vida

Es todo tan inmenso que no cabe en el llanto

y el dolor nos observa desde fuera.

–Fernando Valverde

Son muchos días de estar así, paseando los ojos de un lado a otro. Sin poder salir. Cambiándome de este sillón al mueble de enfrente. Contando los pasos que van de aquí a la cocina o a mi cuarto. Han cerrado los negocios, las escuelas. Las avenidas más transitadas están huérfanas. Al principio todos se reían. Qué exagerados. No será para tanto. Luego comenzaron a escasear los víveres, el papel higiénico, el desinfectante al que antes no le hacíamos ni caso.

—Mejor no salgas, me ruega la vecina por el balcón. No vaya a ser que te contagies por comprar un par de latas. ¿Qué te hace falta, bonica?

Petra siempre me ha cuidado así. Pasándome una barra de pan por la ventana. Una olla  de lentejas. Unas soletillas. Un par de magdalenas para que no salga a la calle cuando hace frío.

—Te lo digo en serio, mujer. No salgas. Ya tenemos una edad.

Petra no sale porque vive con uno de sus hijos. Mauro puede traerle lo que haga falta. Pero yo no tengo de otra. Una cosa es pedirle un poco de azúcar, unas patatas. Y otra cosa es abusar.

—No te preocupes por esta vieja, la tranquilizo desde mi balcón. Si no me mató una guerra, no va a poder conmigo esta epidemia.

¿Cómo me voy a morir ahora, después de pasar las de Caín con los paros, la falta de agua, las explosiones? ¿Cómo ahora después de tanto sacrificio para llegar a este país? Mis hijos todavía lo recuerdan. Carlos tenía dieciocho y los gemelos dieciséis. No había ni pan para el desayuno y les daba camotes fritos o hervidos.

—¿Camotes?

—Boniatos, hija.

Pienso mucho en esos días oscuros cuando salgo a la calle a ver si encuentro algo. Dice mi Carlos que en Alemania también se están acabando las cosas. Y en el Perú han vuelto a las andadas. Mira si no seremos ladrones que ya están vendiendo las pruebas para el virus en ochocientos soles. En la calle. Y te aseguro que son falsas.

Yo me administro con lo poco que tengo, sin molestar a nadie. Hoy me como esta lata de atún y mañana unos garbanzos. Petra no los puede ver ni en pintura. Me lo contó hace años, cuando recién nos mudamos a este edificio. Le tocó la posguerra de niña, en un pueblito de Murcia. Sus hermanos mayores arrancaban hierbas del campo para que su madre las echara al caldo. Comían eso todos los días. Y garbanzos. Es una gran cocinera. Hasta ahora que tiene más de noventa. Pero los garbanzos no los tolera. Ni los caldos.

—Si tienes que irte, no te preocupes por mí.

—No hay prisa, Amparo. Sólo dime si has notado algún cambio en tu salud. ¿Te duelen los músculos? ¿Has tenido fiebre? ¿Cómo estás del estómago?

No tengo nada, hija. Lo único que me aterra es morirme aquí encerrada y que nadie se dé cuenta. Eso le pasó a una vecina del sexto piso hace unos años. Como era solterona, nadie la echó en falta, hasta que el olor a carne podrida empezó a salir por debajo de la puerta. Vinieron los bomberos, la policía, un par de reporteros. La encontraron tiesa en la sala, con las luces encendidas y el mando de la tele en la mano.

Por eso le he dado una llave a Petra y al vecino de abajo. Mis hijos están muy pendientes y me llaman todas las semanas. Pero los tres viven lejos. Antes siquiera podíamos vernos los de esta finca en la escalera, en el portal, hablando aquí afuera. Ahora sólo nos queda el balcón para ver si estamos vivos.

No sabes lo que es asomarnos a la ventana por las noches para aplaudir a los médicos y enfermeros que se dejan la vida en los hospitales y las clínicas. Cada día mueren más personas. Y ahí van esos benditos con sus mascarillas y guantes a enfrentar el mal. Yo sólo conozco a una doctora en esta calle, pero a todos los aplaudo por igual.

A veces alguien toca el violín. Dice Miguela que es una artista del otro edificio. Le cancelaron todos sus conciertos y se consuela tocándonos lo que hubiera presentado en Viena y en Berlín. El día que tocó La Flor de la Canela me puse a llorar aquí en el caño. Gracias, cariño, alcancé a gritarle por la cocina, pensando en mi gente, en mi madre, en todo lo que dejamos atrás. El viejo puente, el río y la alameda.

—Qué bonito hablas, Amparo.

—Es la verdad, hija. Te puedes pasar años viviendo en otra parte, comiendo otras comidas, haciendo nuevas amistades. Pero el corazón sigue allá, dobladito con la ropa que dejaste en el ropero por si había que regresar. Mi esposo lo supo siempre y se empeñó en irse a morir allá. ¿Cómo vamos a volver, Juan? Aquí están los chicos. Nuestra casa. ¿Qué vamos a hacer en Lima? Llévame, Amparo, me rogaba todos los días. Hasta que hicimos las maletas y nos fuimos.

Si vieras la cantidad de gente que venía a despedirlo aquí a la sala. Sobre todo los peruanos que lo veían como un abuelo. Salúdeme a mi mamá, don Juanito. Pídale que nos cuide. Busque a mi tía Hermila y dígale que un día vamos a llevar sus cenizas a Chota. Yo me moría de risa en la cocina, pensando en la gente desquiciada que le hacía encargos de ese tipo. Pero mi viejo aceptaba los mensajes para la muerte con toda seriedad. No te preocupes, María. Yo se lo digo. Con todo gusto. Ten por seguro que así lo haré, Rufino. Me llevaba trece años, como Petra. Un caballero de los que ya no hay.

Mi Juan quería morirse porque los dolores del cáncer eran insoportables. Al final ni la morfina lo aliviaba. Pero yo no me quiero ir todavía. Tengo dos nietecitas en Málaga y un nieto en Stuttgart. Un muñeco de ojos azules y el pelo rubio como su madre.

El otro día me desperté con dolor de garganta y me pasé horas pensando que estaba mal. Había ido a la tienda el día anterior a buscar leche para el café. Es el único vicio que tengo. Desde que agarré la caja pensé aquí me voy a infectar. Y más cuando el cajero la tocó por todos lados para encontrar el código de barras. La limpié como pude cuando volví a casa y me lavé las manos con jabón no sé cuánto tiempo, pero me quedé mortificada. ¿Has visto lo que dicen? El virus puede vivir horas en los cartones y encimeras, en el metal. Es la peor de las plagas, y sobre todo esta ansiedad.

Ese fue el día que presioné la medalla para preguntar cuáles eran los síntomas. Tenía la esperanza de que me contestaras. Pero me atendió una de tus compañeras. Muy amable. Si mañana amaneces peor, Amparo, te vas a urgencias. No sabes cuánto recé ese día. Tomándome esos hierbajos que he detestado toda la vida.

—¿Y ahora cómo te sientes? ¿Tienes alguna molestia? ¿Te duele algo?

—Estoy triste, hija. Son muchas horas encerrada en estas cuatro paredes. Y el otro día se llevaron a Petra.

Me hubiera gustado despedirme de ella. Aunque sea por el balcón. Hemos tenido que ingresarla, me dijo Mauro cuando comencé a llamarla por este lado. Tiene neumonía y no me puedo acercar.

Mi Petra. Nos hemos querido desde el primer día cuando nos encontramos tendiendo la ropa. Por ella sé hacer empanadillas de pisto y albóndigas. El zarangollo por el que mueren mis hijos. Y el arroz y conejo de su tierra. Bonica, ven que te enseñe a hacer esto. Ya verás qué panzá de comer cuando lo prepares para tus zagalicos. Así habla ella. Golpeado. Le parece que todo está en el quinto pijo. Y a los nietos los amenaza con darles un esclate en el culo. Hasta ahora me dice que hablo como las actrices de las telenovelas. Porque digo sebolla, susio, Barselona. Otra la hubiera mandado a volar, pero así nos queremos. No me imagino la vida sin ella y sus manías por lavarlo todo.

—Siéntate un rato, Petra. Otra vez estás fregando el suelo. Lavando la ropa.

—Ya lo haré cuando me muera, contesta sin hacerme caso.

Su madre era igual. La pobre no podía ni andar por la artrosis, pero no se estaba quieta. Tenía que estar en la cocina escogiendo el arroz, cortando las verduras para el hervido. Coño aquí y coño allá. Acompañando sus comidas con una copica de vino. O una cervecica.

Es una vaina vivir tantos años. Aquí en el edificio la mitad ya se han ido al otro barrio. Los últimos fueron los Carrasco. Y antes de ellos se fue Conchita a una residencia. Nos dio tanta pena cuando se la llevaron sus hijos. Nosotras notábamos sus fallos a la hora de las cartas. Ella que había sido tan buena para el juego se confundía a cada paso. Contaba las mismas cosas. Vivía en el pasado. Antonia decidió internarla cuando la encontró llena de papelitos pegados por toda la casa. Hoy es martes. Tengo que pedir el butano. En una semana será mi cumpleaños. Vivo al lado de Mari y debajo de Miguela. Ya no la veremos, sentenció Petra al verla salir con la mirada perdida. Y ahora temo no verla a ella que ha sido mi única familia en estas tierras.

Andrés quisiera que me fuera con ellos a Málaga, pero no me atrevo. ¿Qué tal si me contagio en el viaje y los fastidio a ellos? Prefiero quedarme aquí, aunque el barco se hunda.

De vez en cuando sacan algún cuerpo. Vencido por la enfermedad. Al fin libre de tanto encierro. Nos asomamos a verlo en silencio. Sin poder pronunciar un solo adiós.

A veces alguien canta. A lo lejos. Y no sabemos si es canción fúnebre o un destello de esperanza.

Los niños juegan a las escondidas debajo de las camas y las mesas. Pintan las paredes. Destrozan las persianas. Hacen lo que pueden por llevar la calle a la sala. Disfrazándose de piratas. Montando teatros, recreando escuelas de música y danza en estas casitas de sesenta metros cuadrados.

No tengo mocos ni flemas ni esos escalofríos o fiebres a las que debo estar atenta. Sólo siento un dolor profundo aquí en la boca del estómago, sobre todo por las noches. Cuando estoy en la cama y el dolor me despierta. No sé si serán los nervios de ver que los días pasan y seguimos en la nada. O de sentirme presa a todas horas. Mirando los ángulos de estas paredes. Buscando en el aire la voz de mi Petra. Descifrando las pocas sombras que proyectan mis lámparas.

Quiero pensar que es una úlcera y nada más. Que pronto saldremos a las calles. Para ver a los niños corriendo como locos. A los viejos con sus carritos de la compra, hablando de lo caras que están las cosas. Y a los taxistas tocando sus bocinas por estas avenidas. Quiero subirme al autobús y dar una vuelta. Bajarme en un parque cualquiera. Ver a la gente pasear.

Ya falta menos, bonica. Cualquier día te levantas y nos dicen que se ha ido todo el mal. Mi Petra. Abro las ventanas y me lleno de las luces que palpitan allá afuera. Si libramos una guerra, no hemos de morir en esta celda.

 

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