Sobre el documental Visage Villages, de Agnès Varda y JR


Hay algo más que el gusto por el azar en la búsqueda de historias, relatos, personajes e imágenes que posiciona a Visage Villages, como algo más que un documental de una cineasta de 90 años junto a un fotógrafo y artista gráfico callejero de 35. Visage Villages, el documental de Agnès Varda y JR, nominado al Oscar en febrero pasado (no ganó) y que ha recorrido con éxito varios festivales del mundo, es un hecho cinematográfico, un poema audiovisual y una ruptura para estos tiempos en que como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, «los individuos hoy se autoexplotan y sienten pavor hacia el otro, el diferente».

Esta ruptura es ir en contra del vacío que hay en la interacción humana, contrariar el desprecio hacia el encuentro con los demás, que más allá de la reflexión de Chul Han, se puede ver en las calles de una ciudad como Santiago de Chile, donde la rapidez, el vértigo y la indiferencia nos convierten en la imagen perfecta de un esquema de producción que busca sus mejores números a través de lo uniforme. La perfección de la sociedad capitalista despojada de emoción. El cine predominante en el mundo es también eso (siempre lo fue); una industria de contar historias de la forma que arrastre a la mayor cantidad de espectadores posibles a las salas. Es curioso que en la era digital hayan cambiado muchas cosas, pero esta no. Todo sigue igual. Por esto es que pese a la derrota de que el documental de Agnès Varda y JR haya tenido apenas un par de funciones en salas de cine en Chile, sólo en Santiago y Viña del Mar, no es menos cierto que el deseo de imaginar su visionado en una gran pantalla es el triunfo de la ficción del espectador, ese «pasarse películas» de verla a gran escala. ¿De qué otra forma se podría ver —o imaginar que se ve— una película como esta?

El azar o la planificación del azar (quizás perfectamente pensada) convierte a esta historia de viaje en una invitación a jugar, algo que ya parece una declaración de principios en el caso de Agnés Varda. La directora franco-belga, referente feminista de la Nueva Ola Francesa, aquel movimiento que tuvo a François Truffaut, Jean-Luc Godard y Alain Resnais como figuras centrales, no se guarda ninguna intuición para llevar a cabo y jugar en este viaje junto a su compañero JR. Un viaje encantador de dos creadores puros que van de pueblo en pueblo, haciendo fotos de gran tamaño a personas que van conociendo, para luego intervenir muros y estructuras abandonadas con estas imágenes.

Si el diagnóstico de Chul-Han es que «sin la presencia del otro, la comunicación degenera en un intercambio de información: las relaciones se reemplazan por las conexiones», Agnès Varda y JR emprenden una búsqueda del otro no sólo para generar un contacto, sino que para hacer un homenaje a través de la imagen. Así es como este trabajo adquiere una belleza en su concepción y una política en la decisión de inmortalizar a estas personas, de las que vamos conociendo parte de sus historias y entendiendo que son comunes y corrientes que quizás sólo tendrían cabida en un filme como este.

Lo que hace la dupla Varda-JR es pasar por encima de esa obsesión que tienen algunos directores por quedar en la historia del cine, porque para ellos en esta misión de relacionarse con los vecinos de la Francia profunda, esa que no se ve en el cine convencional, está totalmente anclada la idea del juego y de disfrutar la experiencia en común. Y como en todos los juegos, se disfruta, hay sorpresa, se gana y se pierde; Visage Villages no es la excepción.

En estos tiempos de pocas sorpresas, este documental es una recuperación total de lo que para sus creadores es la máxima de la vida y que para muchos espectadores es la máxima de las películas. Es la recuperación del azar (o de algo muy parecido a eso en este arte del engaño que es el cine), es la recuperación de la memoria, de las fotografías familiares, de las imágenes que dan a los personajes su lugar en la sociedad actual, pero también es la recuperación de que todavía sea posible salir a la calle y crear una propuesta artística que cuestione a la industria, al público y a la naturaleza de la propia imagen por sobre las consideraciones económicas. Aunque esto último sea debatible hasta la eternidad y aunque Agnès Varda lo siga intentando a los 90 años, ya es un triunfo para su cine, su arte y su poesía que en el mismo año en que Hollywood le diera su Oscar honorífico, Visage Villages haya estado nominado al mejor documental. No ganó. Quien se llevó la estatuilla fue Icarus, de Bryan Fogel. Pero tal como a una de las protagonistas más entrañables de su viaje, todo este hecho cinematográfico la ha tenido saludando a la resistencia.

Visages villages. Francia, 2017. Dirección y guion: Agnès Varda y JR. Duración: 90 minutos. Fotografía: Roberto De Angelis, Claire Duguet, Julia Fabry, Nicolas Guicheteau, Romain Le Bonniec, Raphaël Minnesota, Valentin Vignet. Montaje: Maxime Pozzi?Garcia y Agnès Varda. Música: Matthieu Chedid. Productora: arte France Cinéma, Ciné Tamaris y Social Animals.

© 2018, Víctor Hugo Ortega. All rights reserved.

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*Víctor Hugo Ortega es periodista y escritor chileno, autor de los libros «Al Pacino estuvo en Malloco» (2012), «Elogio del Maracanazo» (2013) «Relatos Huachos» (2015) y «Las canciones que mi madre me enseñó» (2016). Es profesor en la Plataforma de Formación General de la Universidad de Chile, en la Escuela de Cine de la Universidad Mayor y Director del proyecto de formación de audiencias Barravento.
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