Sábado

Sabado

Cuando la luna sube hacia lo alto, los chicos salen de a uno y se juntan a unas calles del parque. Distinguen las ramas secas envueltas en niebla como manos de ahogado. La pandilla decide que Carlos vaya porque es más viejo y tiene tratos con los extraños. Además, sabe cuándo es negocio o si los estafan. Luego, los golpea el olor malsano de los cangrejales. Dando pasos veloces, Carlos parte sin mirar atrás. Y sigue soplando con más ímpetu el viento de las marismas. Fernando fuma febrilmente, Diego se dobla y desdobla las mangas de la camisa, Gabo se masca los dedos.

No quiero estar aquí, piensa Gabo. Solo amanecer sin ansias. Se le impone en la imaginación un dibujo que dejó sin finalizar en su taller: «Jaula de pájaros». Carlos pudo venir de día, se queja en voz alta. Se dice: el silencio de las aves, el metal de la jaula, su consistencia de noche. Ni hablar, replica Fernando, da otra aspirada, solo a esta hora traen el menos. Y qué tal es, pregunta. No sabe si es mejor que la jaula se le meta en los pensamientos. Dicen que se consiguen resultados impresionantes. Hombres con alas, pirámides con miles de ojos, seres que parecen dioses. Imposible. Claro que sí. Fernando aspira su cigarro. Más pestilencia. Más niebla. Y qué pasa si Carlos no vuelve. No te preocupes tanto, Diego susurra. Ha comprado tres veces en la semana. El menos lo aloca. A Gabo le tiemblan las manos. La alameda que conduce al parque parece un abismo. Si nos atrapan, piensa. Mira hacia un lado y se abalanza la silueta de un hombre desde la niebla.

Pero no es nada. Solo son sombras. Y Carlos vuelve lentamente. Sube las escalinatas de lajas desde el parque. A unos pasos, sonríe. A Gabo lo marea el viento. Parpadea. Es «Jaula de pájaros», piensa. Casi no oye a Carlos. Aquí está, es menos. Carlos señala el paquetito en la palma de su mano. Mucho más efectivo que cualquiera. Todos miran. Es una bolsita de plástico abultada de polvo azul. A Gabo le parece la brillantina de los estafadores. Le molesta la confianza de Carlos. Los chicos ríen. Él solo aspira el olor a podrido. Ya lo tienen. Gabo dice: me voy a dormir. Ni se te ocurra. Carlos lo contiene con la mirada. Nos vamos al cumpleaños de Alfredo. Gabo cierra los ojos. Me voy, dice de nuevo. Marica, replica Fernando. Tienes miedo de ver a Luciana. Gabo no replica. ¿Es esa razón? Altísima, la recuerda Gabo, parece un caballo de humo. No voy, contesta.

Las aves chillan en la jaula. Gabo sabe que así solo lucen las circulinas de las patrullas. Nos descubrieron, vocifera. Por un instante, todos se estremecen como si las luces alcanzaran a barrerlos en la oscuridad. Carajo, Carlos guarda el menos en un bolsillo. Nos vamos a la mierda. ¡Nos vieron! Y el espacio huele a marisma. Empuja a quien tiene más cerca. No sabe de qué corre. Y si no es la policía, los vecinos la llaman. ¡Nos descubrieron! Huyen. Fernando o Diego le arrebata la dirección a trancos. Vociferan unos contra otros para que se callen, mientras dan trancos por una telaraña de luces sesgadas, de gritos ensordecidos y saltan sobre pistas empedradas de laja que los precipitan a callejuelas cada vez más estrechas.

Frenan contra el muro de una finca desmantelada. Boquean y se tiran vaho a los rostros. Carlos mira hacia el parque. Aún hay algunas tiras de niebla ¡No hay nadie!, grita. Voltea hacia Gabo. ¡No hay nadie, maricón! Lo quiere agarrar a golpes. Gabo apenas lo esquiva. Déjalo, dice Diego. Pero Carlos se lanza de nuevo y Diego se interpone. A Gabo la taquicardia lo ciega. No puedo respirar, gime. El pensamiento tiene solo aves. Es «Jaula de pájaros», piensa. Guarda silencio para oír. Los pájaros chillan. El sofoco y la taquicardia son lentos. Es una sensación de vértigo sinuosa.

¡Paren, estúpidos!, les dice Fernando. Señala hacia el parque. Las tiras de niebla ya no están. Únicamente se distinguen los árboles. No huele a pantano, dice Diego. Hace mucho frío, balbucea Gabo. ¿Qué viste?, le interroga Fernando. Gabo boquea velozmente. Yo vi a un hombre, salía de la niebla, parecía que tenía un cuchillo. ¡No hay nadie!, grita Carlos. Déjalo en paz, le pide Diego. ¡Está loco! Respiran hondo por unos segundos. Luego, sigue un nuevo griterío de vaho. Nos vamos de frente donde Alfredo, exige Carlos. Tengo sueño, se opone Gabo. ¡Vamos a la casa de Alfredo! Diego interviene: no de frente. Es peligroso. Por si acaso. Carlos propone el rodeo: Pescadores, la casa de los Linares, San Martín, neoplásicas, llegamos. La mayoría asiente. Los sacude una nueva vaharada de hedor de las marismas. La fiesta, piensa Gabo, no quiero ver a Luciana. Ahí vemos lo del menos, dice Fernando. Diego y Carlos de nuevo asienten. Gabo no quiere permanecer en silencio. Los demás están de acuerdo. Pero calla. Toman la calle del muro de la finca abandonada hacia Pescadores. El barrio apesta. Se empiezan a quitar la delantera, como antes, Fernando a Carlos, y Diego a Fernando. y de nuevo Carlos. Y ya están corriendo, dando zancadas, insultándose.

Abre la puerta, Luciana. Cómo te metes donde duerme el abuelo de Alfredo. No jodas. Pero… No jodas, Anamaría. Aquí hay espejos. Toca el papel tapiz sucísimo. Sin sandalias, Luciana siente el frío del piso. El tiempo. Te hundes en él, un pozo asqueroso. Estás loca, cojuda, sal de ahí, no vayas a hacer un incendio. Pero aquí no hay fuego, solo una velita. Luciana examina con cuidado el candelero sobre una consola. En él titila la llama de una vela casi acabada. Luego, mira con desprecio la ceniza encendida de su cigarro esparcida en el suelo. Sal, cojuda, la fiesta es abajo, dice Anamaría. Luciana permanece atenta a los sonidos de la habitación. Unos resoplidos provienen de una cama. Mediante el espejo, vigila el bulto bajo las cobijas. Qué me pasa, se pregunta. El bulto resopla. Me he pasmado. Sigue resoplando. Luciana se tira al suelo: el tiempo es un pozo asqueroso del que no se sale. Solo permanezco inmóvil al centro.

Se pone de pie y se vuelve hacia su imagen en el reflejo. El bulto resopla. Nada altera la superficie del agua… Pero ¿si algo cambiase?… La hipnotiza la habitación que tiene detrás: un claroscuro de muebles viejos a la luz del candelero. Ahora el bulto emite silbidos. El abuelo de Alfredo es un mecanismo de combustibles volátiles camino a apagarse. Sucede cada dos o tres minutos. Entonces, cesa. Pero, es como en una emboscada. De nuevo inhala y el mecanismo. A Luciana le produce fastidio ese lapso. Esa ilusión de final y las emociones inútiles que le provoca. ¿Y si no hubiese que esperar para saber si resopla de nuevo? El silbido cesa. ¡No más repeticiones…! Se exaspera: ¡pero nunca sucede: se repite, se repite…!

Camina hacia una esquina de la habitación y se acurruca en ella. ¿Cómo el tiempo? Extiende la mano para coger el cigarro tirado en el suelo y lo aspira. Anamaría dice que hay que acostarse con muchos para entender las repeticiones. Las piernas abren el compás del mundo. Escucha la vocecita de Anamaría como tras cientos de velos. ¿Sales o no, cojuda?, te quemas y nos jodes. Luciana sabe que es absurdo. Mira paralizada la luz del candelero en el espejo. No me engañas. No cesas. Y saberlo solo aumenta el deseo de quedarse quieta.

Fernando da un empujón a la puerta y asusta a los que pocos que beben en la primera habitación. Más adentro, las salas de la casa de Alberto parecen repletas. Es un error, se dice Gabo. Carlos se abre paso entre paredes infladas de humedad y las nebulosas de humo de los fumadores. Lo sigue Diego que transpira copiosamente y Fernando que sonríe a los conocidos y se aplana el cabello. La transpiración les desdibuja los rostros. Un gentío baila bajo lamparones herrumbrosos y una escalinata flotante de barandales apolillados en la sala más profunda. Los ahoga las luces apagadas, el aire viciado de las pitadas, el escándalo de la música. ¡Bajen el volumen, carajo!, grita Carlos, por decir algo, pero nadie obedece.

Anamaría se desliza desde el borde de la escalinata. Qué hablas huevón, lo saluda y lo abraza como es su costumbre, haciendo sentir el tamaño de sus senos. Cómo les fue. De la puta madre, contesta Carlos y mira a Gabo, si tu amigo no nos estuviera jodiendo. Anamaría sonríe y también lo saluda con un beso en la mejilla. Carlos añade: piensa que hasta los árboles son policías. Anamaría toma a Gabo de los brazos: cálmate. Gabo asiente. Pero piensa que debiera estar en su casa. El olor a carne podrida que no vencen los cigarros lo descompone, le da náuseas. Toda la marisma parece soplar en su pulmones. «Jaula de pájaros», se sobresalta. Anamaría hace una mueca. Huele a pescado muerto. El imbécil del alcalde, dice Diego, más de diez años que no deseca las marismas. Deben haber cerrado mal la puerta, opina Anamaría. El menos, dice Fernando. No hagas escándalo, murmura Carlos. Lo contiene con la mirada. Si todos saben no va a alcanzar. ¿Has visto a Luciana?, pregunta. Está loca, maldice Anamaría. Se ha pegado. Habla del tiempo en el cuarto del abuelo. Esa mezcla que ustedes dos fuman es bad trip. No le avises que he llegado, pide Carlos. ¿Y el menos?, insiste Fernando. ¡Calla, huevón de mierda!, escupe Carlos. Ahí viene Alfredo, sonríe Anamaría.

Alfredo, lánguido, parece un payaso en zancos: se mece de lado a lado, los cabellos de esponja, el vaso de vodka a punto de voltearse. ¡Puta madre, qué gusto, muchachos! Carlos se desternilla de risa. Alfredo samaquea a Diego. ¿Y tu Melissa? En su casa, ya sabes, el mes. Estupideces, Diego, ¡estupideces! ¿Fernando? Ah, hijo de puta, lo husmea, córtate el pelo: pareces marica. Se agacha para concentrar sus ojos temporalmente estrábicos en Anamaría ¡Hola chata! ¿Mi beso?, le exige. Ya te saludé, le aclara. Pero siempre es bueno abrazarte, tienes unas tetazas. Anamaría se desternilla de risa. Diego se sirve un trago y Fernando da vueltas ¿Dónde mierda está Carlos? ¿Qué pasa?, pregunta Diego, da un trago de vodka. La garganta le quema, los nervios. Ese cabrón de Carlos, ¡por la puta madre! Se lleva el menos. ¿Dónde carajo está?

A Gabo le tiemblan las piernas. No corro desde que dejé la escuela. Extiende una mano y se apoya en una columna. Por qué me está pasando esto. No entiendo. Ese es mi Gabo, lo abraza Alfredo. Cuánto miedo. Se abrazan, matándose de risa. Gabo suelta una risotada de compromiso. Sin advertencia, lo atraviesa una sensación imprecisa, la incomodidad física de una sacudida. Los movimientos de los pájaros, la seguridad de la jaula desciende abruptamente de su cabeza al pecho. Y de ahí no sale ni con arcadas que se produce con el dedo hasta el fondo de la laringe. Lo sobrepasa, lo hace escupir. Puta, huevón, toma aire, no te malees. Diego, que está a su lado, lo ve empalidecer. Lo toma del brazo, le dice respira de a pocos y lentamente lo desplaza de la sala más profunda hacia la primera, la más próxima a la calle, de ventanas selladas, donde se puede percibir el cosquilleo del frío. Sabes qué, Gabo, relájate, cuídate. Lo deja sentado contra un muro, en una banca, inmóvil, en silencio. Por un instante respira mejor. Mi casa, piensa Gabo, no salir. No siente ni el hedor de la marisma ni el humo de los cigarros. Piensa que la mirada de Luciana lo calmaría, pero sabe que es una tentación inútil, Ni más ni menos que en otros momentos y lugares (yo solo fui gentil, Gabo, tú te lo inventas todo, magníficas invenciones tus senos, Luciana).

Se alza al cabo de un instante y va hacia la puerta de calle, en busca de aire fresco que despeje su molestia. No obstante, el movimiento mismo lo descompone, como si con él consiguiera que la jaula de pájaros se desplazase del pecho a la base de su cuello por la laringe y ahí se atollara, y son sus forcejeos contra las amígdalas los de un océano inmóvil. Se desgañita de dolor, mudo. Solo contra el contorno de la forma de la jaula que sube. Es una presión punzante de bordes helados y picotazos cortantes, dibujada incluso en el detalle de sus graznidos. Qué asquerosa, metálica y encajada en el cuello. Jadear es casi imposible. De un manoteo, correo el cerrojo de la puerta de la calle y de otro la aparta. Saca la cabeza fuera y respira el fresco de la noche. Se calma. Apenas apesta menos que cuando en el parque. Abre los ojos que ha cerrado para disfrutar del instante. Mira calle arriba. Distingue las manos de ahogado en los árboles más altos del parque. Y desde sus bancos de niebla los pájaros desplegándose, las volutas como cabellos arremolinados extendiéndose delante de siluetas de cabezas humanas, que se alzan solo instantes antes que sus picos y su alas batientes en el tumulto de una vorágine espesa y blanquísima que se alimenta a sí misma, de las siluetas, de los penachos de pájaros y de las espadas empuñadas y batientes, y de una carga de olas traslúcidas. Luego, no hay nada. En medio de la calle, solo queda el hombre del parque.

Gabo se atora con su respiración y cierra la puerta de un manotazo. ¡Ahí está!, se jalonea de la camiseta. La taquicardia es frenética. Corre a ciegas hasta la habitación del fondo, tropezando con cualquiera. Ahí esta. ¿De qué hablas? Arrastra y empuja a Diego. Por tramos, se le cuelga de los hombros y lo mira sin aliento a los ojos, ¡ahí está el hombre del parque!

Diego lo detiene a medio camino. Echa un vistazo hacia Fernando, que viene detrás de ellos. No tiene que preguntarle nada porque su expresión lo dice a gritos. Pobre cojudo, loco de mierda. Pero nunca se sabe, interviene Anamaría. De qué hablas, esta es mi casa, se indigna Alfredo, que también ha salido a averiguar qué pasa, aquí no hay locos. Diego decide acabar de una vez: mejor fijémonos y esta mierda se acaba. ¡Lo van a ver!, dice Gabo. Anamaría, delante de todos, descorre el cerrojo de la puerta de calle. Fernando se percata: ¿y Carlos?, ¿dónde está? Afuera, además de la calle vacía y la vista del parque, persiste el hedor perenne de las marismas. Diego voltea hacia Gabo. ¡Yo lo vi!, asevera, ¡era el hombre del parque! Ere un loco, huevón, declara Fernando, estás cagao. Diego acomoda una vez más a Gabo en una banca. Cálmate, quédate aquí. Anamaría cierra la puerta y se atenúa el mal olor. Fernando murmura, buscando con los ojos a Carlos, ¿dónde mierda está el menos?

¿Qué es menos?, pregunta Anamaría. Fernando se da cuenta de que acaba de hablar de más. No le contesta. Imbécil, dice para sí Diego. ¿Qué es menos?, insiste ella, pisándoles los talones a ambos, que han intercambiado miradas un segundo y toman el camino de vuelta hacia la sala más profunda y su bullicio. Antes de que se deslicen dentro, Anamaría los coge de una mano y no los suelta. Más bien las aprieta fuerte. Al carajo, dice Fernando. Al carajo, piensa Diego, de veras. Fernando dice: es la vaina, la más… En el mismo umbral de la pieza repleta, la bulla los ensordece y Anamaría termina entendiendo apenas una gesticulación entrecortada: la trae. Repite, chilla Diego, que se da cuenta. Anamaría los empuja a un lado y mira de frente a Fernando: ya empezaste. Se tienen que hablar a los oídos. La mueven bastante, vocaliza entrecortadamente Fernando, pero no se sabe nada. Un inglés en Malasia, George, pero él no es, murmura Diego. Cuenta: le allanaron la casa en un río, una choza flotante en un buque lleno de telarañas. Malasia no es, dice Fernando. Había una página web. Era clandestina. No es. La colgaba un tipo que usaba un alias extraño. Se decía Yavé… Es un chiste estúpido. Preguntas «¿Ya ve?» Y ves y no hay nadie. Y cómo es, se pregunta Anamaría. Carlos sabe, maldice Fernando. Pero es…. no sé. Hay un chino en internet, vivía en Kuala Lumpur, estaba quemadazo. Vio, uno…. Eran tonterías, Fernando, dice Diego. Vio bolas de fuego, torres altísimas y una criatura de cuatro cabezas. Qué, salta Anamaría. Tenía la lengua de estrellas. Cada cabeza era distinta: de león, de toro, de águila y de hombre, a la vez, con seis pares de alas y mil ojos. Qué… Dicen que el apóstol Juan se metía menos para escribir el Apocalipsis, dice Diego. Y entonces el chino se loqueó. ¿Sobredosis? No, eso no. Se mató, dice Fernando, se lanzó de un piso ochenta. Tenía una faja de TNT atada a la cabeza. ¡Qué! Voilá. Picadillo de sesos sobre Kuala Lumpur.

Mentiras, asevera Diego. Aquí, Carlos, Tato, su gente, lo usan hasta tres veces por semana. ¿Y? ¿Se viaja? Yo no lo hago mucho. Pero no es lo mismo para todos, dice Fernando. Diego dice: algunos ven torres y espejos, pero luego puede que no siga nada, o tal vez sigue la pirámide o la criatura, nunca se acaba. La vaina, dice Fernando, es que la policía la huele a distancia, va detrás, y el pendejo de Carlos nos lleva como señuelo. No es exactamente así, interrumpe Diego. Me friega que me usen, el imbécil se esfuma. Cálmate, replica Diego, maldita sea, sé dónde está. Qué. Fernando lo mira a los ojos. En la cocina. Qué. ¿No te das cuenta? Es la única puerta cerrada.

¿Qué cambia?, dice Luciana. La marea temporalmente el olor de los cigarros. El piso de madera filtra por sus resquicios las vaharadas de humo que ascienden desde el escándalo y la habitación repleta de la primera planta. Ha salido de la habitación del abuelo. Husmea a través de las rendijas a sus pies e identifica la música, las cabezas de algunos chicos, movedizas, y el baile. Parece que todo se estuviera moviendo. Pero no es así. Es el mismo aire pasmado del fondo un pozo. Se tambalea de lado a lado del corredor, mientras el crujido de sus pasos y las voces de abajo parecen ocurrir detrás de sus ojos. Luce como si el tiempo fuera a acabarse, piensa, pero es con seguridad otro engaño. Fuma. Se apoya en una viga de madera, el cabello contra la cara. Lagrimea por el humo. Lo dejas atrás, pero sigues en él. Se coge de la barandilla de la escalera. No oye sus pasos. Él no se acaba. Hola, Luciana, le dicen. Hola, saluda a alguien a quien no conoce. No existe cambio, me mienten. Es como un aleteo. O quizás como el sonido del galope de un caballo.

Hola, Gabs, dice Luciana. Lo contempla tumbado en una banca. Hola, Luciana, contesta. Saca un hilo de voz alta, no sabe de dónde. No sabe cómo sigue respirando. Porque desde que empezó la noche ningún pájaro ha dejado su garganta y continúan moviéndose. No sabe cuánto tiempo lleva en esa banca: cinco minutos, una hora, pero debió desmayarse varias veces. Y no cesan. Apenas se alza, los pájaros reaccionan picoteando por el esófago y estiran sus cuellos fuera de las amígdalas. No entiendo. ¿Qué haces?, le pregunta Luciana. Quiero vomitar pájaros, se limita a contestar Gabo. No puede contemplar la expresión absorta de la chica. Se le traban las plumas desordenadas en las amígdalas. Pero, al mismo tiempo, siente que, en esta ocasión, puede omitirlos a voluntad. Qué curioso, piensa, al fin, este instante. Pero el humo, el olor del cigarro, el sudor tenue del cuerpo de Luciana, que se ha sentado a su lado y lo mira a los ojos, lo desespera, lo llena de una sensación vacua que es evidente e inevitable. Como si ella fuese el signo de una lengua extraña y debiese leer. Pero esa cara, esa boca moviéndose, no es nada. No dice nada. Es como, eres como un vaso sin agua para ninguna boca. Y las palabras con plumas de los pájaros en tus labios se despliegan como amagos inútiles: te extraño, te quiero. Y son mudas así no haya el escándalo de la fiesta. No importa lo que yo diga, nunca es lo que quiero, Luciana vocaliza. No sé por qué, pero lo pienso. Yo tampoco. No te quisiera aquí, dice Gabo. No me dices nada. Y no oyen más que el zumbido de la música dándoles codazos en las sienes. Luciana piensa oír como un aleteo y también agua que corre. Pero es imposible. Se pone de pie. Ve repentinamente el rostro de Gabo en la intimidad que parece de fondo de mar. Pero es engaño. Dónde andas, se alza, Anamaría.

Ah, los espejos. Los veo. ¡Abre conchatumadre! Carlos aspira, inclinado sobre la mesa de la cocina. Ahora vienen las torres. La habitación se vuelve un abanico. Puta madre, ¡Carlos!, grita Fernando. Cagaos, piensa Carlos, qué saben. Ya no es la cocina. Es una escalera de alas. Fernando golpea duro en la puerta. Mirar a Dios en su casa. ¡Abre, huevón, o te bajo a patadas la puerta! Hay que cantar el cumpleaños feliz, Fernando, la mano de Anamaría en su brazo. ¡Cállate, carajo! ¡Quiero menos! No entienden nada, mierdas, grita Carlos. No lo conocen. No vuelan. Fernando lanza su cuerpo contra la puerta y luego la bate a patadas. El menos es quien vuela. ¡Ya te cagaste, conchatumadre! El menos me vuela. Da una narigada profunda sobre la mesa. ¡Para, que nos mandas a la mierda!, grita Diego, mientras sujeta a Fernando de los brazos. ¡Con tus patadas y todo este escándalo es un hecho que llaman a la policía! ¿Qué pasa?, Luciana coge del brazo a Anamaría. Nada, contesta. ¡Está bien!, Fernando jadea, ¡pero ese huevonazo! ¡No estoy acá!, Carlos sonríe. El menos es fuego.

Vamos a cantar el cumpleaños feliz, repite Anamaría. Jala a Luciana de la mano y la interroga con los ojos. Como no la entiende, añade: ¿y el obsequio? Solo entonces Luciana recuerda: ¿será? Ya ni sé, le replica y se ríe. Grita: ¡a cantar! Acuden a su voz y repiten el aviso y en unos minutos están apretujándose. Diego baja el volumen del estéreo. Anamaría habla sobre el griterío. ¡Son las doce, es japiverdi de Alfredo! No empujen, carajo, dice Diego que se afirma con las manos en un respaldar de silla para que no lo tumben. Ya vente, apremia Anamaría a Fernando, a gritos. Pero no se mueve de la puerta de la cocina, que no cede. Luciana apremia: ¡ya, a cantar!

Qué pasa, alcanza a balbucear el abuelo de Alfredo. Con los ojos violentamente abiertos, reconoce su cuarto. Percibe que los sentidos se le aguzan, mientras experimenta una lucidez exultante. Es una sensación que se incrementa con una velocidad agotadora. Hiperventila. Piensa: mi cuerpo no ocupa mi espacio.

Sbado.02

¿Quién llega?, pregunta Gabo. Yo no sé, nadie, farfulla Alfredo. Jala a Gabo a la mesa y casi le echa su vaso de vodka encima por dárselo a beber. Uno, dos, tres. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Sí, es alguien. Gabo se pone de pie con el vértigo en los ojos. Qué pasa. Ah, no de nuevo. Se lleva la mano al cuello. ¡Los pájaros! Toma aire, dice Alfredo. Piensa casi esperanzado: si aspiro a pulmón abierto, los pájaros se van. Pero están picoteando y graznando, y continúa apretándolos en las amígdalas. Avanzan a la vez, quitándose sitio, una revoltijo de plumas apestoso y agitado, atrapado en el fondo de su boca. No entiendo. De qué soy culpable, se le ocurre. La sensación se multiplica. La taquicardia. Y los pájaros, cantan, mientras salen de su boca y ondulan en el aire. Y llegó. Que los cumplas felices. Por donde mira hay pájaros. Un laberinto de plumajes que se entrama en nudos cada vez más sutiles. ¡Alto! Lo vuelve a ver. Mira, a Anamaría, agolpadas con Diego y Alfredo. Quiere gritar, pero la jaula que sigue atascada en la boca se lo impide. Ahí está. El del parque. Y se abre paso como si no existiera. Avanza como si esperara una señal, como si supiera de una inminencia que solo él entiende. ¡Es él!, ¡mírenlo!, brama Gabo. Pero no se escucha a sí mismo. Los pájaros siguen cantando. Lo sigue con los ojos: atraviesa una silla sin tocarla. ¿Sin objetivo?, piensa el abuelo, pero ¿quién es? ¡Se ve a Dios!, sabe Carlos, ¡¡puta, madre se ve a Dios!! No hay cocina, ni escalera ni vuelo. ¡Tiene miles de ojos! El hombre se detiene al lado de Gabo. Pero es como si estuviera al mismo tiempo de frente. Solo ve una oscuridad que tiene pliegues cada vez más remotos, una pura silueta que respira. Si aguza la mirada sus tinieblas parecen el fondo de cientos de abismos. Y entonces lo toca. Es como si le dieran un tiro entre los ojos. Oye los aleteos de todos los pájaros, sus propios latidos. Y la jaula está demás. Y el hombre lo sabe. Y lo acaba repentinamente en un mismo instante: un ademán sin manos que los combina, los confunde y los expulsa. Es el fin, piensa Gabo.

Alfredo sopla las velas. Silban. Gritan. ¡Feliz cumpleaños, carajo!, dicen. ¡Regalo, regalo! , piden los más. Diego piensa: ya cumplí con Alfredo. Me quito. Anamaría le da un codazo a Luciana en medio del zafarrancho frenético de abrazos. ¿Lo hacemos, cojuda? Luciana boquea: ¡Lo hacemos, carajo! Las dos se remangan las camisetas y se las quitan despeinándose, mientras sacan las cabezas echas un lío, y empujan a Alfredo a manotazos contra un sofá. Baten sus pechos pálidos de pezones duros por el frío contra la cara de Alfredo, que delira de la risa. Los coge con la boca apenas, porque también pugna por no atragantarse con el vodka de las botellas que le vacían a chorro sobre su cabeza. ¡Regalo!, vociferan en coros. El hombre del parque, piensa Gabo. Mi regalo es grande, chilla Anamaría.

Es el fin, se dice. Luciana escucha el agua que corre y murmura sin entender. El cambio ¿A este huevón qué le pasa?, dice Fernando. Gabo está petrificado en su sitio. Lejos, pide inútilmente, así los pájaros pueden volar. Muerto de risa, el abuelo se yergue sobre sus brazos: ¡Al fin, el hombre! ¡Está loco!, lo mira Anamaría, cubriéndose. Gabo solo mueve los labios: ¡Ahí está! ¡El hombre! Y sucede. Una gota de agua altera la superficie quieta de la habitación en que permanecen. Su impacto remece en ondas concéntricas y silenciosas los rostros, los muebles, la oscuridad. Extingue a la vez el olor de la madera, el humo y la marisma. A Luciana le parece el olor de altamar. ¡Llegue!, boquea Carlos. Tiene mil ojos. Y miles de cadáveres en los ojos, ¡miles de cadáveres! Se incendia el menos tras sus ojos. Los pocos muebles de la casa se vuelcan al unísono. ¿Qué mierda pasa?, pregunta Fernando, con la cara y la voz deformadas por el tránsito de las ondas concéntricas sobre el agua. A Luciana la confunde la espesura de fondo de mar que adquiere la sala. Piensa: no es engaño. Los pájaros lucen indistintos, ondulando en el aire o en agua… ¿El cambio es el fin?, piensa Gabo, mientras le picotean los brazos y las piernas. El abuelo jadea. El cartílago del cuello se infla. Se ahoga ¿Qué sucede, carajo?, Anamaría voltea. Una onda concéntrica en el agua la toma en vilo contra un muro, de cabeza, y cruje como una cáscara de nuez. ¡Es el hombre del parque!, anuncia Gabo. La habitación queda en el fondo del océano. Y en vez de algas o sargazos se mueven diligentes en el viento del mar las hojas de espadas. Para Carlos es lo mismo que el fogonazo más alto del menos. Pero alcanza a reconocer al que se le abalanza: ¡El de las cuatro…! Frente a sus ojos aún abiertos, desciende de la nariz el chorro de sangre a presión. Gabo continua quieto, apenas si mecido por una corriente leve, mientras se aferran a él unos pocos que no entienden que se ahoga. Solo manotean agua. El tiempo, se acaba, murmura Luciana, y sonríe, sin cubrirse los senos. Da una media vuelta y luego se lanza, sin vacilación, contra la hoja de una espada. Y yo nado, impecable. Los vidrios de las ventanas de la habitación centellean. Al unísono, la multitud chilla. Gabo dice: ¿Hablamos…? Pájaros, se responde. Y una hoja de espada se le lanza a los ojos.

Sábado pertence al libro El inventario de las naves, que puedes ordenar desde la imagen

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