Querida Elena, te abraza Alfredo. Conversaciones con Elena Poniatowska

 

                                                                                          Entre el espanto y la ternura

                                                                                                                crece la hiedra

                                                                                                                 En sano juicio con la locura,

                                                                                                                la flor, la piedra

S. Rodríguez

 

Nos advirtieron que Elena Poniatowska Amor estaba cansada, que había pasado toda la mañana dando entrevistas. Además, como era de suponer, el asunto de los 43 estudiantes de la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa la tenía con el alma desecha. Nos pidieron que al abordar ese tema seamos delicados; que tengamos en cuenta que pocos días atrás, al finalizar un discurso en el Zócalo, luego de ofrecer una instantánea biográfica de cada uno de los estudiantes desaparecidos, Elena comenzó a sentirse mal y se desmayó.

Con Elena Poniatowska y Nora Erro Peralta-2

Elena nació en París en 1932, a los diez años se mudó a México donde hizo de la escritura su instrumento para identificar problemas sociales y darle voz a los silenciados. La mayor parte de su oficio lo ocupó en rescatar, en sus propias palabras, a las grandes olvidadas de la historia. Entre ellas, Josefina Bórquez (Jesusa Palancares) en Hasta no verte Jesús mío (1969), Angelina Beloff (Quiela) en Querido Diego, te abraza Quiela (1978), Tina Modotti en Tinisima (1992), Leonora Carrington en Leonora (2011), además de todas aquellas voces que vieron la luz pública en La noche de Tlatelolco (1971). En su aproximación al testimonio y la ficción desembocó el espanto y la ternura, tono con el cual insertó su voz en la historia literaria de México.

La necesidad de rescatar la dimensión humana de lo ocurrido en Ayotzinapa evoca la devoción y el esfuerzo que implicó dar a conocer, en La noche de Tlatelolco, las pérdidas humanas de 1968. De algún modo, la debilidad física del momento puede atribuirse a la desilusión de saber que después de casi medio siglo algunas cosas siguen igual. A pesar de que era posible articular preguntas fuera del contexto de Ayotzinapa, en tanto que la entrevista se llevó a cabo en el marco de la trigésima primera edición de la Feria Internacional del Libro de Miami, su compromiso social y su pasión por las causas justas la llevaron una y otra vez al dolor de ese momento.Elena P. 3-2

Algunos años atrás tuve la oportunidad de conocerla. Mientras cursaba el programa de maestría en Literatura Latinoamericana, mi amiga y directora de tesis, Nora Erro Peralta, tuvo la generosidad de presentármela. Resulta que Elena y Nora son muy buenas amigas y esa cercanía permitió mi primera aproximación a esa gran mujer. Elena es una de esas personas que tiene el don de la amistad, es decir, la habilidad de hacerte sentir siempre cercano. Ahora se presentaba la oportunidad de conocerla desde otra perspectiva.

De pronto se abrió la puerta y entramos a una de las salas de juntas del hotel Hilton del Downtown de Miami. Eran alrededor de las dos de la tarde del domingo 16 de noviembre, el sol se colaba entre los vacíos de las verticales. Elena nos recibió con una sonrisa generosa y una mirada suave, esa con la que riega paz por los lugares que visita. Nos miró uno a uno, mientras conversaba con la naturalidad con la que conversan los grandes amigos. Así inició la entrevista, dos periodistas más y yo, en representación de Suburbano Ediciones.

Quizá por la preocupación con la que entramos o por el evidente elogio que merecía el humanismo expresado en el Zócalo, ninguno de nosotros escatimó palabras para felicitarla. Con la responsabilidad histórica que la caracteriza, Elena intentó contextualizar su intervención y subrayar protagonismos:

Sí, el que di en el Zócalo. Después me desmayé porque me sentía muy mal. Hizo una pausa, como buscando un espacio para que asimilemos lo doloroso del momento. En estos casos siempre dicen un nombre, pero nunca dicen “sonreía con facilidad”, “usaba camisetas azul cielo”, es decir, quien era cada uno. Me pareció que sí valía la pena decir quién era cada uno.

Como es usual en Elena, la sensibilidad, convertida en motor y ferocidad, encaminó su búsqueda por esclarecer verdades y colaborar con las causas justas:

Fuimos a ver lo ocurrido con el padre Alejandro Solalinde, que se ocupa de los migrantes entre Guatemala y México. Él tiene incluso una casa para recibirlos y ve casos aterradores. Muchos vienen montados en ese tren espantoso que se llama “La bestia”. Se caen y pierden una pierna, un brazo. En fin es una monstruosidad. Con Solalinde fuimos a ver a Jesús Murillo Karam, procurador General de la República, y cada cosa que le decía el padre Solalinde respondía “eso ya lo sé”, “eso ya lo sabemos”. (El 23 de octubre, fueron con Solalinde a ver a Murillo Karam para entregarle un informe que reunía el testimonio de cuatro testigos que aseguraban que los estudiantes habían sido quemados vivos. Ambos fueron ninguneados).

La mención del padre Solalinde no es causalidad en tanto que ambos muestran actitudes similares frente a las injusticas. Durante la entrevista ella enfatizó que como periodista yo quiero ir adonde no conozco, oír lo que nunca me han dicho. Esa también es la postura que Solalinde siempre ha asumido frente a la causa social. Como la activista que siempre ha sido, durante la conversación demostró necesidad de visibilizar la gestión de Solalinde, como en el Zócalo la identidad de cada uno de los desaparecidos. (En la entrevista con Murillo, éste para calmar la situación, ofreció protección para las familias de los desaparecidos, pero aseguró no tener la tecnología para encontrarlos. Solalinde ha seguido denunciando la complicidad del gobierno en este tema).

Teniendo en cuenta su formación como periodista me pareció que su opinión acerca de Peña Nieto y Angélica Rivera solo se podría conocer a través de las preguntas que ella misma les formularía. Mi pregunta la tomó por sorpresa, pero su mirada reveló el placer que sentía por responderla. ¿Qué le preguntaría Elena Poniatowska a Enrique Peña Nieto?

Yo lo primero que le preguntaría sería ¿por qué no aprendió a leer libros? ¿Por qué no lee? ¿Por qué no dedicó tiempo en su juventud a leer? Luego le preguntaría ¿por qué no regala su casa ahorita? Regale usted su casa para hacer de esa casa un centro cultural que no lo hay en las Lomas, aunque sea un Centro Cultural para la clase media alta. Luego le preguntaría ¿por qué si usted llegó al poder no se dedica de verás a los grandes problemas de México en vez de hacer negocios? ¿Usted que tiene que estar haciendo en China? ¿Por qué se fue a los tres días de que se habló lo de la masacre y usted se va a China a que, no?

Mientras formulaba estas preguntas los ojos se le llenaron de dolor y el tono de voz comenzó a insinuar una mezcla de rabia y sufrimiento.

¿Por qué permite que viajen con usted su familia como si fuera la familia real con unas niñas estúpidas que incluso hacen declaraciones que a usted lo han perjudicado? Son niñas racistas y además ofenden a la imagen que se da de México. Bueno, tengo como 25 preguntas más.

Se detuvo. Quizá porque sentía que debía regresar a su posición de entrevistada. Interrumpí el silencio para extender mi pregunta ¿Y a Angélica Rivera?

Ella no ha hecho nada por México. Parece que ella hizo una telenovela que se llamó la gaviota. Pero lo que hemos visto de ella es que es una halcona. Además nunca abre la boca para hacer nada o para defender a los mexicanos.

Reflexionar sobre los acontecimientos contemporáneos, le permitió a Elena articular su opinión acerca de la función pública en general. Elena señaló que todos los funcionarios públicos tratan a México como un rancho de su propiedad. El ejercicio público es una fuente de enriquecimiento y el que sale pobre es considerado un pendejo.

Su visión del poder parecería trazar una línea histórica entre lo acontecido en 2014 y 1968. Sin embargo, el momento histórico en el que La noche de Tlatelolco fue publicado no es el mismo que el actual. Entonces, me pareció oportuno escuchar su opinión al respecto: ¿Si fueras a escribir un libro del México de hoy, cómo se relacionaría con el de La Noche de Tlatelolco?

No sé cómo lo haría. Ahora es muy distinto. Tlatelolco es un mosaico de voces, son muchos los que hablan de la masacre de Tlatelolco del dos de octubre de 1968 pero también son muchos los que cuentan a que aspiraban. Porque era también la época de la minifalda, los padres se enojaban mucho con sus hijas. Les decían “¿Cuánto costo esa falda? Solo tiene un metro de tela y se te ve todo”. Y había costado carísima la faldita y todos esos cambios son cambios de época. Ahora todas las mujeres usan blue jeans. Es sólo otra manera de ser.

Parecería que esas pequeñas referencias a lo cotidiano, a las anécdotas hinchadas de ganas de vivir la ayudan a entrar y salir del dolor. Por otra parte, La noche de Tlatelolco, es un “mosaico” de testimonios recopilados entre 1968 y 1971. Su conjunto reconstruye una de las etapas más dolorosas del México contemporáneo. Las anécdotas eran necesarias para comprender la época. Ahora es diferente, a pesar de que el poder todavía no prescinde de estrategias de invisibilización y silenciamiento, los medios y las redes sociales facilitan la exposición de voces y versiones:

Ahora, hay muchos periodistas jóvenes que están yendo a Ayotzinapa. Yo voy a ir también al regresar a México. Pero vamos a ver que se puede hacer. Aunque hay muchísima protesta en México, muchos artículos muy buenos, muchos reportajes y cantidad de fotografías de ese agujero enorme lleno de basura en el que metieron llantas y botellas de plástico y las quemaron. Lo que no se entiende es como nadie lo vio.

La respuesta a otra pregunta ayuda a contrastar ambos momentos históricos cuando señala que al escribir Tlatelolco ninguno de los periódicos quería publicar nada, ni siquiera el periódico donde yo escribía que era Novedades quería publicarlo. Había una orden de la Presidencia de la República de que no se publicaran más noticias. Yo guardé todo. Recuerdo que tenía sobre el escritorio una pila de papeles y llegó mi editora Neus Espresate y me dijo “¿qué es todo esto que tienes acá?” y yo le contesté, “es lo que me han rechazado de Tlatelolco”. Ella lo publicó de inmediato. Tlatelolco es un libro que todavía tiene vigencia después de 46 años.

El “mosaico” de voces de Tlatelolco encuentra ahora en las redes sociales y las nuevas tecnologías su plataforma para insertarse en la esfera pública e incitar el diálogo. De cierto modo, Tlatelolco hoy se escribiría de otra manera, los papeles acumulados en su escritorio circularían por Twitter, Facebook, etc. A pesar de los beneficios contemporáneos, la espectacularización de las noticias y la expansión de las brechas entre clases sociales presentan nuevos problemas que parecerían una contradicción. Si bien ahora existe más acceso a voces y voluntades que demandan justicia social y que hacen más difícil ignorar las luchas que siempre han existido, también hay mayor desinterés e indolencia, sobre todo de las clases altas.

Generalmente las clases altas no parecen tener patria. No les importa lo que sucede en su país. Viven en su burbuja, en su palacio de cristal. La burbuja es una burbuja de la indiferencia, del desinterés, del que todo lo tiene. Sus vacaciones nunca suceden en México, son en Europa en Estados Unidos o se compran un yate que esté en el mar, por ejemplo en Miami. En México no se ha solucionado esa brecha como dicen que ha ocurrido en Ecuador. En México regreso el PAN, el partido de la derecha, y continúa la represión. En Ecuador dicen que eso ha cambiado.

De pronto Elena asumió su actitud de periodista y me miró como esperando un comentario. Sin el menor ánimo de incidir en su optimismo contesté que en Ecuador, a pesar de las victorias parciales, conseguidas jurídicamente mediante la última Constitución, poco ha mejorado en el tema de la justicia social. Las buenas intenciones plasmadas en documentos oficiales no cambiaron mentalidades ni estructuras de poder. Además, parece que nunca se perdió la práctica de criminalizar a jóvenes activistas y a movimientos sociales. Me parece que ese fenómeno se puede extender a más de un país latinoamericano. Elena, sin embargo, continuó desde su espacio de dolor:

Sí, puede ser, pero en México, en el estado de Iguala donde ocurrió lo de Ayotzinapa no solo hay narcotráfico, sino también trata de blancas. Lo peor para una madre de familia es tener una hija bonita. Incluso cuando oyen que pasan los aviones o helicópteros que vienen a recoger drogas esconden a sus hijas en un agujero, o les cubren la cara con tierra para que no vean que son bonitas. A las niñas las suben a ese helicóptero y se las llevan para comercializarlas en las tratas de blancas. De aquí de Estados Unidos llegan todas las armas, porque si hay armas en América latina son armas hechas en Estados Unidos. Nosotros no sabemos hacer armas, acaso sabemos hacer una resortera para matar un pájaro. El gran negocio del mundo es el negocio de las armas. Como otro gran negocio es la guerra.

El murmullo de consenso que suscitó su último comentario fue interrumpido por una pregunta que, de alguna manera, proponía que Elena se explaye sobre la diferencia entre el 68 y el momento actual. Al igual que en el 68, hoy siguen luchando los jóvenes, sin embargo los padres de los 43 muchachos también han sido muy valientes. Incluso los periódicos de derecha han criticado al gobierno, es un logro que no se tuvo en el 68, en ese entonces llegó una orden de Presidencia y ahora sí los periódicos han manifestado su indignación porque ya es demasiado.

Durante esta edición de la Feria Internacional del libro de Miami se rindió homenaje a Julio Cortázar por sus 100 años de nacimiento. Además, estaban por cumplirse los 40 años de la entrevista “La vuelta a Julio Cortázar en (cerca de) 80 preguntas” que Elena le hizo en 1975. Al revisar esa entrevista, a manera de preparación para esta conversación con Elena, encontré una referencia muy oportuna sobre la cual decidí preguntarle. Apenas nombre a Cortázar a ella se le iluminaron los ojos:

A Julio lo quise mucho, sí, lo entrevisté hace muchos años.

Por eso –continué-, me parece justo hacerte una de las preguntas que tú le hiciste: Elena, ¿tú no has resuelto la miseria humana con tus libros, verdad? Manteniendo la sonrisa nostálgica que el nombre había provocado, respondió:

No, desgraciadamente lo único que uno hace es hacerse de muchos enemigos, porque a los do-gooders o bleeding hearts, todo el mundo los odia. Todo el mundo dice: “!uy que hígado! ¡qué antipático!” Tú te consigues de veras el odio y el rechazo de los demás. Caen muy mal. Cortázar, como él se fue a Nicaragua y se preocupó muchísimo por Cuba y llamó a Cuba un caimancito porque la isla tiene forma de caimán en el mar. Bueno, yo digo lagartija, pero el insistía que era un caimán. A Cortázar lo han criticado mucho, incluso otros escritores se preguntaron qué diablos estaba haciendo si era un gran escritor. Sus cuentos eran únicos, irrepetibles, entonces qué diablos estaba haciendo yéndose a Nicaragua.

¿Es una crítica injusta que todavía se hace?

Sí, es una crítica que hacen muchos intelectuales latinoamericanos.

¿Crees que ese tipo de crítica sea una estrategia para deslegitimar ciertas voces? ¿Cómo la tuya por ejemplo?

Podría ser una estrategia para la nulificación, de mí se podría decir: ¿Qué está haciendo en México esta mujer? Poniatowska no es un apellido latinoamericano ni mexicano ni nada. Sí, podría ser una medida nulificadora. Pero uno no puede eliminar las reacciones que suscitan una acción. Hay que seguir adelante haciendo lo que uno cree que debe hacer independientemente de la reacciones. Yo he tenido mucha suerte. Por qué finalmente, solo fui a la cárcel una vez y solo por 24 horas.

¿Pero en una entrevista se aludió a ti como una traidora de su clase? (Me refiero a la entrevista que le hizo Margarita Flores en 1982).

Pero, ¿cuál es mi clase? Ya no estamos viviendo en la época de los Luises como para decidir quién sí y quién no. Además, hoy la clase la da el dinero, si tienes dinero van a tus fiesta o a tus cenas. Hay una frase muy cierta que dice “poderoso caballero don dinero”. El título don lo da el dinero y eso es horrible, no hay ninguna virtud de ningún tipo solo money. “Money makes the world go round”.

Las palabras de Elena bullen con una fuerza particular, cada una de ellas contiene esa potencia que se requiere para estimular espíritus de lucha. Mientras sus ojos mantienen la ternura con la que, seguramente, ella sueña un mundo mejor. De ese ejercicio de soñar, en el que se conjuga el espanto y la ternura, surge la voz de Elena Poniatowska, una voz firme y clara que dista, inmensamente, de la fragilidad de la cual se nos advirtió antes de entrar a esta sala.