Prólogo para tres funerales.

“Yo trabajo con niños delincuentes …” Eso fue lo que le dijo Joaquín a Robert Redford, después de que nos presentaran durante el acto de su fundación.

Pero antes de continuar, debo comenzar desde el principio.

En la Primaria conocí a un chico llamado Philip. Entre nuestros juegos, su favorito era describirle a los otros niños el lugar de donde él y yo vinimos. En la Atlántida, la luz era líquida, corría por los ríos de la Metrópolis y su néctar se bebía usando la lengua; los Atlantes, usamos las piernas y los codos para agacharnos a beber de la luz… tal y como lo hacen los perros, al beber de las cunetas cuando hay lluvia.

Hay discrepancias entre las leyendas que explican la destrucción de la Atlántida; pero lo que es importante saber, es que cuando la bestia culminaba de devorar a la población, Philip y yo, acompañados de unos pocos, fuimos rescatados antes de ser masticados y arrojados al estómago hirviente del animal.

Estas historias se relataban, una y otra vez, al terminar la clase de Historia Universal, durante el receso más largo del día.

A lo largo de mi niñez, pasé por muchas escuelas. A Philip no lo volví a ver más.

Años después quise estudiar el arte de hacer cine lejos de casa. La semana previa a mi viaje, eligiendo qué llevar, descubrí un papel descolorado, empalado en la parte de atrás de una gaveta. Ahí escondía mis cuentos favoritos de ciencia ficción. El papel se asomaba entre las páginas de una revista llena de colegialas cogiendo astronautas, flotando desnudas sobre la vía láctea.

Ese papel era una lista con los nombres y teléfonos de los niños que vivieron conmigo la Primaria… pero el nombre de Philip no estaba.

La niña de ojos grises fue la segunda en atender el teléfono. Se llamaba Claudia; solo que ya no tenía siete años. Ahora era una hermosa adolescente que cursaba su segundo año de Filosofía en la Universidad.

Platicamos sobre los recuerdos en el colegio. De lo que fue de Santiago, de Matías; de aquella niña solitaria que nadie nunca llegó a conocer bien. Dos años después, para mi sorpresa, moriría asfixiada al caer en un pozo ciego detrás del cajón de arena, donde los chicos del tercer grado se juntaban para jugar ‘a que no te atreves’, antes de regresar al salón para la última clase del día.

Al principio, Claudia se burlaba. “¿’Tú no cambiaste?” me decía; hasta que entendió que mis preguntas iban en serio. “¿Que qué fue de Philip, Pablo?” me preguntaba con suavidad sarcástica. “Si, Claudia. ¿Qué pasó, también se murió?” Luego de varios segundos, como quien reconoce tarde que le toca responder, sentenció: “Philip era tu amigo imaginario, maldito psicópata de mierda.”

El fin de semana después, arribé a los Estados Unidos con dieciocho años de edad. Ese Lunes comenzaba mi primera clase en la facultad de cine. Discutíamos conflictos y motivaciones al momento de diseñar un personaje. Una voz ronca a mis espaldas explicó que “el horror más profundo, solía suceder en los lugares más hermosos.” Fui el único que giró para verle. Sentado al fondo, aislado de los demás, vistiendo sandalias con un fedora borsalino, Joaquín, a sus treinta y tanto luciféricas, acababa de tomar la palabra. Y para mí, fue amor a primera vista.

Lo primero que Joaquín me dejó leer fue un cuento sobre su romance con Batman a las orillas del mar. Un cuento avanzado y sublime, pero que hasta el día de hoy, permanece en el baúl de sus historias sin censura. Lo leí afuera del cine que queda junto a la feria de comida, minutos antes de entrar a la función.

Esa tarde morimos calcinados en el teatro.

En el cuarto de proyección se escuchó un fuerte chasquido. La escena de un hombre que moría frente al mar se había atorado, quedando inmóvil en la pantalla. Yo logré ver por segundos la silueta chamuscada del celuloide, desencadenando chispas en el proyector. En la lona blanca se veían pedacitos de fuego junto a las sombras de los presentes que trataban de escapar.

El suéter de Joaquín se prendió desde las mangas. Los gritos de pavor comenzaron a escucharse cada vez menos. Yo sabía que la gente no podría huir con tanto humo nublando la salida, así que decidimos, desde la primera alarma de incendio, quedarnos tranquilos, sentados, entretanto el resto de la audiencia se quemaba viva, y el oleaje fulgurante no tardaba en abrazarnos con su resplandor homicida. Cuando se abrieron las puertas, una brisa furiosa que penetró desde la calle, nos levantó en cenizas.

Sí. Joaquín y yo vivimos y morimos muchas veces; pero esa es otra historia. Me fui a la deriva …

Joaquín se convirtió en una terrible influencia … defectuoso, hermoso y satánico, transfiguró nuestra amistad durante los años siguientes con dosis prohibidas de Pasolini, Buñuel y Visconti; Lynch, Brass y Almodóvar. Pero fue su literatura, más que su pasión y conocimiento del cine, lo que lo hacía maravilloso, atormentado, peligroso… el amor desmedido de un Cristo en motocicleta, el hombre que despertó con unas tetas enormes; o Ignacio, sangrando mariposas desde sus entrañas, agonizando el inolvidable momento antes de morir. Historias aún sin publicar, pero que marcan una profunda resonancia en mi…  pues es la literatura de Joaquín, niño maldito, la que me ha inspirado más que cualquier otro tributo a la psicosis y la locura.

Sin embargo, los momentos más alucinantes que hemos vivido juntos, aún no han sucedido.

Una vez, en el desierto, tratamos de escapar de la crueldad del hombre distópico, pero fue inútil; los motores colosos nos alcanzaban. “Para sobrevivir el oscuro lado de la humanidad, uno debe cambiarse la sangre por gasolina, Pablo” me dijo, horas antes de desaparecer entre las hélices de una máquina asesina, soldada en partes monstruosas entre, una trituradora industrial de construcción, y un precioso Mercedes Benz.

Joaquín fue quien me enseñó a sobrevivir en ese desierto y en otros mundos imposibles. Decía que “cuando la noche llegaba, la brisa de la madrugada y el aroma dulce del diesel, hacían al hombre encontrar su sentido, su propósito … salvándolo de su desesperación.» Como uno de sus primeros niños delincuentes, aprendí cómo sobrevivir en los túneles subterráneos de las letras. Ya no bebía luz líquida. Bebía tinta, a galones. La inyectaba en mis venas, la frotaba con mis dedos entre las encías y la colocaba atrás de mi lengua.

Me había convertido, en un adicto a escribir.

Divagué de nuevo …

¿Cuántas urnas imaginarias caben en un mismo horno?

¿Cuántos balazos se necesitan para un escritor envejecido que comulga con su última versión inventada?

¿Es así como sucede? ¿Uno se descubre como el imaginado? ¿Uno se despierta dentro de la hoja?

Si soy el reflejo de quien me escribe … solo para que tú, en este instante me escuches, con tu voz, en tu  mente; sembrado en tus pensamientos. ¿Puedes escucharme?, te lo suplico … ¿puedes escucharme?

¿A qué suenan mis gritos desde el papel? … Suenan a columpios vacíos que se mecen al borde de un cajón de arena.

El segundo ataúd lo empujan a las llamas. Pronto será mi turno, y este asesino en serie me alimentará también a la máquina. Primero Philip, luego Joaquín, y ahora yo … las mismas cenizas.

Atrapados en estas páginas a punto de quemarse.

¿Y para qué?

“Para describirle a la humanidad, el hermoso Apocalipsis que todos llevamos por dentro…”