Pacífico retornar a mis sentidos con Thoreau

Tumbado y medio dormido sobre la arena blanca en Punta Leona empiezo a escuchar algarabía de lapas rojas entre el bosque que cubre los cerros circundantes. Poco a poco salgo del sopor y la modorra de mi siesta de media tarde y entreabro los ojos. Sobre mí veo hojas de palmera y ramas de almendro meciéndose en la brisa bajo un cielo blanquiceleste. De repente lo atraviesan como flechas dos destellos de azul, amarillo y rojo. Le siguen cuatro fogonazos tricolores.

Me incorporo y veo una bandada de unas veinte lapas o guacamayas sobrevolando la playa. Se reúnen, vuelan juntas, conversan, hacen su alharaca y luego se dispersan, siempre en parejas, para unirse de nuevo en pleno vuelo. Algunas se posan en los almendros más altos, otras en la copa de un árbol de veinticinco metros de altura que no reconozco. No es roble, ni guanacaste, ni ceiba, ni espavel, ni higuerón. Por las gruesas espinas del tronco me parece un pochote, pero nunca he visto uno tan alto y no distingo la forma de las hojas en la copa. En todo caso el gigante alberga a la bandada de lapas que poco a poco se junta y descansa sobre sus ramas, en medio del denso follaje. Contemplo por un momento ese regalo de la naturaleza: rojo, azul, amarillo entre el verde selva. Luego me tumbo en mi petate sobre la arena y, con sensación de placidez, duermo un poco más.

Despierto y entro al Pacífico poco antes del atardecer. La marea está subiendo en Playa Blanca. El oleaje suave y cadencioso favorece la natación relajada y juguetona. El agua refresca sin enfriar y acaricia la piel. Nado estilo pecho y me adentro en el mar pero sin llegar a las boyas que delimitan el área de navegación de lanchas pesqueras y yates. Me quedo flotando en mi sitio. Basta patear en tijera un poquito, mover los brazos levemente, respirar a ritmo normal y el agua salada me mantiene boyando.

Me dedico a contemplar el paisaje. Los cerros a todo lo largo de la playa están cubiertos de bosque excepto donde hay construcciones lujosas con vista al mar. Los matices del follaje van del verde-amarillo de almendros y palmeras al verde-selva oscuro del gigante donde aún descansa la bandada de lapas rojas. Me giro y en la distancia veo las serranías azules y grises de la península de Nicoya, allá, atravesando la ancha entrada al golfo. Bajo el cielo parcialmente nublado, cuyos tonos van del gris ceniza al celeste pálido, la superficie del agua brilla como esmeralda líquida. Pero si miro hacia abajo, veo claramente mis brazos y piernas y el fondo de arena blanca.

Me quedo fluctuando y sintiendo. A ratos me vuelvo hacia el mar y la península distante. A ratos giro hacia la playa donde camina o descansa la gente y chachalaquean las lapas en la copa del árbol. A ratos miro al cielo y distingo las formas de las nubes y sus matices. Mi boca tiene un ligero sabor a sal y mi olfato se impregna de mar. Escucho el leve romper de olas allá en la playa.

Recuerdo algunas oraciones del ensayo Walking (Caminar) de Henry David Thoreau: “Me alarmo cuando he caminado físicamente una milla hacia los bosques sin estar yendo hacia ellos en espíritu… Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente la ciudad. Me viene a la mente el recuerdo de algún quehacer, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mis sentidos. En mis caminatas preferiría retornar a mis sentidos. ¿Qué hago en los bosques si estoy pensando en otras cosas?”

El poeta y filósofo gustaba de caminar por los bosques de Massachusetts cada tarde para olvidarse de la villa de Concord, su bullicio y su incesante comercio, permitir a su mente estar presente en su cuerpo y regresar a sus sentidos. Eso hago al nadar en el Pacífico al atardecer: regresar a mis sentidos, estar presente con ellos aquí y ahora, y comprender, sin pensarlo, que esta experiencia es plena y perfecta.