Otro triunfo, otra Navidad de mierda

El 16 es un gran número, y el año fue excelente, retortijones de éxito y penumbra, supongo que eso es la vida, supongo que eso es madurar, escribir bien y vivir mal, ese esa es la esquela de este año, de mi año, el epitafio de uno más que se va por el hoyo de las desgracias, de las muertes de mis artistas favoritos y mis errores; pero de lo que haces bien, de tus triunfos, contratos y firmas, nadie se acuerda, solo del vómito expelido, de la diarrea mental de tus obcecaciones, eso es lo que recuerdan, ellos, tus parientes, tus amigos, aliados, conocidos y vecinos, tan obstinados en enumerar sus logros, que terminan por olvidar los tuyos.

Pero aún tengo una mente sana –a pesar de las drogas y la cárcel- como para recordarme a mí mismo todo lo “bueno” que pude hacer este año, que pude escribir a los largo de estos trescientos sesenta y cinco días de furia y desvarío, de hundir la tecla y el diente a las revistas sosas de México. Yo confieso que he escrito, ¡Oh amigos míos! Y confieso que he escrito bien, como Satán manda.

Aunque el 16 sea un número kármico, a mí, a Mixar López, me ha ido de rechupete, el 16 representa a las personas “actuando” en su entorno y se relaciona con el deseo de la continuidad, la cautela, la preservación, la introspección, el intelecto, el misticismo, la fe, ¡Oh sí amigos míos, la fe! Es una invitación a lograr un equilibrio para aprender las lecciones absurdas de la vida, de aprovechar, de recuperar lo que perdemos, lo que siempre perdemos, de ¡abusar! de las oportunidades que nos brinda Satanás.

Es por eso que este fucking año pude lograr cosas maravillosas, fue como tocar por primera vez la Luna con los pies descalzos. No soy nadie, lo sé, pero me siento como Yuri Gagarin en el plano astral de las letras mexicanas, alguien que pisa, por primera vez, con las patas desnudas y sucias, las hojas impresas de las revistas que antes leía, y en las que ahora colaboro.

Este texto no es un recuento de todas mis miserias tecleadas, sino un cálculo de cuánto odio celebrar, por ejemplo, mis logros en Navidad, época de burlería y sarcasmo sentimental. Debería de comprarme un féretro, para hundirme en él todas las madrugadas de nochebuena.

Este año he escrito reseñas sobre importantes artistas como Nick Cave (a partir de su libro La bolsa de mareo, publicado por la editorial Sexto Piso), homenajes a Gustavo Cerati y Phil Selway (baterista del grupo Radiohead), pude reseñar trascendentales discos como el Animals de Pink Floyd, el Post Pop Depression de Iggy Pop, el IV de Black Mountain, el La vuelta del Sol de mi mamacita Leiden, el Tween de Wye Oak, el Strangle Little Birds de Garbage, el Cada vez de Triciclo Circus Band y el Elementos de Mosy. Además, me desempeñé como entrevistador de semejantes y picudos artistas como Juan Cirerol (quien me compuso una canción este año), Francisco Barrios “El Mastuerzo”, Saúl Fimbres, la banda de proto-punk psicodélico de Tijuana San Pedro el Cortez, Alejandro Marcovich, Belafonte Sensacional, José Eugenio Sánchez, Charlie Rodd, Héctor Hellión, Eruca Sativa, Miguel Arroyo, Carlos Velázquez, URSS bajo el árbol y Kristos Lezama.

Así mismo, escribí reseñas de libros como El Karma de vivir al Norte de Carlos Velazquez, Escenas sagradas del oriente de José Eugenio Sánchez, Una pastilla más para que pase el dolor de Alfredo Padilla, Vida y música de Alejandro Marcovich, Malos Tiempos de Carlos Salcedo Odklas y La edad de los salvajes de Ingrid Bringas. Y escribí mi primer libro de crónicas con todas mis memorias sobre la sucia y apestosa cárcel michoacana. Todo esto, para venir a celebrarlo solamente en la fucking Navidad; y cuando empiezas a sentirte orgulloso, en tu mesa, con tus hijos, frente al pobre pavo muerto relleno de hierbas, comienza el asco, el pudor, el sentimentalismo. ¿Qué celebramos cuando celebramos la Navidad? ¡Nada, ya te lo digo, NADA!

Esa puta fecha nos obliga a reunirnos alrededor de una mesa atiborrada de comida con gente que el resto del año no nos importa una mierda. “Familiares” que invaden la intimidad de nuestros hogares, atraídos por el compromiso de estas fechas tan señaladas. Gorrones y borrachos que, después de atestarse de langostinos, romeritos, pavo y vino de mesa ¿misa?, levantan la voz intentando imponer sus opiniones en “debates” sin un puto sentido de la coherencia política.

Abuelitos desviados que ensalivan por la sobrinita que, del año pasado a este, le han salido las tetas, ¡las grandes y jugosas tetas! (para qué vamos a mentir) y la niña se presenta embutida en un cinturón con hebilla al que ahora le llaman minifalda (qué rico). ¡Consumismo que convierte la navidad en excusa para gastarnos lo que no tenemos y olvidarnos de nuestras letras verdaderas!

Yo me quedo con lo que he escrito, con mi propia mierda, y no con la de los demás, que esa se quede en su propia mesa, que la expelen a través de abrazos, cánticos, arrumacos, azúcar y salsas, en una noche llena de tanta y tanta falsedad. Por eso, en cuanto alguien canta un villancico, yo hago lo propio, me pongo a escribir la anarquía.