Nuevos valores del policial español

policialQue el género policial español está muy vivo y tiene cuerda para rato es una evidencia incuestionable con permiso de los autores nórdicos tan de moda desde hace casi un decenio y que surgen, incluso, en países en donde el crimen es testimonial como en Islandia (el último premio RBA de novela Arnaldur Indridason es de esa nacionalidad).

Últimamente han caído en mis manos cinco ejemplos bien dispares de otros tantos autores emergentes y con mundos bien diferentes que me confirman la calidad y la diversidad del género en España y la buena salud de la que goza mientras vivamos en una sociedad, como la nuestra, sujeta a desafíos criminales de toda índole, y en ella incluyo, como no, los delitos financieros, quizá los que más repercusión tengan por afectar a un mayor número de personas, aunque, curiosamente, ninguna de las cinco lo aborden.

Muerto el perro, de Carlos Salem, editado por Navona Negra, es un original acercamiento del escritor argentino español al universo negro desde la parodia y centrado en una viuda vengadora de armas tomar. Salem no es nuevo en estas lides, procede del mundo de la poesía, es un admirador de Charles Bukowski,  y sus libros cargados de humor negro y dotados de una lírica peculiar siempre son sorprendentes.

Los gatos pardos, de Ginés Sánchez, último premio Tusquets de novela, es un relato despiadado en torno a carteles de la droga que operan en España y sus atroces métodos de trabajo. Sánchez se adscribe de lleno en la corriente hardboiled de la literatura negra, aquella que utiliza la violencia como revulsivo para sacudir al lector. Aunque resulte imposible empatizar con los sujetos que pueblan su novela, Los gatos pardos, guiño lampedusiano en el título, es una obra a tener muy en cuenta aunque desprendan ácido sulfúrico sus páginas.

Muy diferente a las dos novelas citadas anteriormente es La mujer que no bajó del avión, publicado por Versátil,  título inquietante de Empar Fernández, una escritora que no es nueva en estas lides y que aboga más por el misterio y los perfiles psicológicos de sus protagonistas que por la intriga policial clásica. La mujer que no bajó del avión, una novela que contiene otra novela, es un relato vampírico: vampiriza al protagonista masculino y al lector que se acerque a sus páginas. Empar Fernández, sola o en compañía de otros, de Pablo Bonell Goytisolo concretamente, es una de las autoras emergentes de la literatura negra española.

El asunto Melkano publicado por Unomasuno, de Alberto Llamas, es quizás la más clásica de esas cinco novelas leídas, trama protagonizada por un detective, aunque muy alejado de los estereotipos norteamericanos (ni liga con rubias, ni lleva pistola, ni bebe whisky y además vive con su madre) y trama criminal ligada en torno al mundo inmobiliario. Un relato realista muy próximo al periodismo, profesión del autor malagueño.

Yonqui, el desembarco de Paco Gómez Escribano en la novela negra, publicada en la prestigiosa colección Cosecha Roja de la editorial vasca Erein, es un excelente ejemplo de literatura quinqui (el narrador utiliza con soltura un argot que el algecireño afincado en Madrid domina) que nos retrotrae con extraordinario realismo y no sin abundantes dosis de humor, a los tiempos de los perros callejeros, El Vaquilla y compañía, una juventud marginal que fue exterminada por la droga y que vivió al límite hasta su último suspiro. Difícil no pincharse con una aguja infectada en esa crónica de barrio poblada por antihéroes entrañables que el autor describe con ternura.

No existen vínculos literarios entre Carlos Salem, Ginés Sánchez, Empar Fernández, Alberto Llamas o Paco Gómez Escribano salvo el haber nacido todos en este país convulso llamado España y ser relativamente jóvenes. Los cinco son otras tantas razones para engancharse a la novela negra, un género en el que cabe casi todo, que es casi una visión de la vida, y en el que coexisten esos nuevos valores, que seguro tendrán una fructífera continuidad, junto a veteranos de la talla de Francisco González Ledesma, Juan Madrid y Andreu Martín, los refundadores de un género que la temprana muerte de Manuel Vázquez Montalbán dejó huérfano.