Nostalgia por hechos no ocurridos

En la penumbra, vas con los brazos estirados. Cuidas no darte de cara con un mueble o tropezar con cualquier cosa. A tientas, cierras la ventana que da al jardín. Tiras del cordón para que se despliegue el conjunto de paneles que conforman la cortina. Entre sus ranuras, das un último vistazo a la calle. Ahora estás seguro, se han ido. Las yemas de tus dedos rozan una pared, guiándote, hasta percibir el relieve de un interruptor. Enciendes las luces. Ya puedes ver cómo es por dentro la casa de tu hijo.

Si te sorprendiera, por tu ropa andrajosa, espalda encorvada y cabello cano, pensaría que eres un loco o un ladrón. No su padre. Tal vez descubras la fuerza de sus golpes, tal vez no. Lo cierto es que llamaría a una patrulla. Y tú ya no eres capaz de soportar un día más en una celda.

Las fotos enmarcadas sobre una mesita de estar te hacen saber que la pareja de tu hijo es rubia y que tienes una nieta. A él lo reconoces por el iris de sus ojos: ámbar, como el tuyo. La imagen que en estos momentos observas contiene un mar de fondo, a la niña entre los brazos de su madre y a Sergio, abrazándolas. Un cosquilleo en la punta de la nariz hace que tus ojos se humedezcan. Parpadeas y vuelves el cuadro a su sitio.

A tu alrededor, una mesa de vidrio con sus respectivas sillas circundándola, un pequeño bar de madera con botellas de whisky escocés, ron y tequila, un refrigerador de dos puertas, una estufa con un traga humos instalado y el “tac”, del paso de las manecillas de un reloj de pared con forma de velero.

Escapa de ti la primera lágrima. Respiras, profundo, para contener el llanto. El ambiente es de un aroma a lavanda. Los mosaicos sobre los que estás parado son blancos y lucen impecables. Piensas en la poca falta que has hecho en la vida de Sergio. Que el hombre al que él llamó papá en su infancia hizo un mejor trabajo del que pudiste hacer. Que ni siquiera sabe que existes. Y es por esto último que hoy aquí te encuentras, con una carta dentro de una de las bolsas de tu pantalón para demostrar lo contrario. Otra lágrima resbala por tu mejilla.

Llaman; suena el tono del teléfono. Contraes articulaciones y músculos: da la impresión de que te encoges. Ahora tu corazón bombea como si con vida propia intentara desprenderse de tu cuerpo. Te apoyas contra una pared usando ambas manos. Cierras los ojos y respiras por la boca.

No es nada, te dices, con una voz temblorosa.

No es nada, te vuelves a decir.

Quieto, esperas.

Silencio.

De nuevo, lo único que se escucha, es “tac, tac, tac.”

Caminas hacia el fregadero. Abres la llave. Mojas las manos para tallarte el rostro. Pasas un par de minutos entre jadeos e insultos en voz baja hasta que tu ritmo cardiaco se reestablece.

De par en par, abres las puertas del refrigerador. Suena un chasquido por las gomas al despegarse de su marco. Jamón Serrano, jugos en cajas, chocolates Ferrero Rocher, yogurt dietético, verduras, un pastel cubierto por una caratula de plástico transparente y cervezas Miller.

El teléfono de casa vuelve a sonar, pero esta vez ya no te sobresaltas; cierras tus ojos, maldices, sueltas un suspiro.

“Tac, tac, tac.”

Palanqueas el mango de un cuchillo contra la boca de una de las botellas de cerveza. La tapa hace un vuelo en curva y gira sobre sí hasta dar con el suelo. Bebes; el primer trago termina en aliento. Un hormigueo baja de tu nuca a los hombros; la ligereza corporal que hace tanto no sentías, ese placer que logra entumecerte el cuerpo mientras relames tus labios y piensas en todas las cervezas que nunca beberás con Sergio, así como navidades, graduaciones, fines de año y demás fechas en las que no lo acompañaste como cualquier otro padre a su hijo. Ni siquiera conoces el sonido de su voz, la primera palabra que pudo pronunciar, su color favorito, si le gustan los deportes o prefiere pasar su tiempo libre viendo películas a solas. Nada. La única certeza que tienes es que lo perdiste, a él, a Sara y a toda una vida que ahora cargas sobre tus hombros. Ante la ley, eres un asesino calificado, para tu familia, nadie.

 

Ahora suspiras al estar acostado en esta cama, amplia, suave, bajo sábanas gruesas y blancas. Percibes hendiduras; la forma de los cuerpos que todas las noches duermen sobre este mismo espacio. El cuarto tiene un aroma a vainilla que nace de una veladora sobre un pequeño mueble junto a la puerta. Llenas tus pulmones de aire y echas a volar la mente.

Quisieras escuchar el rugido de la camioneta de Sergio en la acera, la puerta de la cocina abrirse y ver corriendo a tu nieta hacia ti y recibirla con los brazos abiertos. Quisieras ir a la sala y sentarte frente al televisor con tu hijo, sin prestar atención a la pantalla y platicar con él de cualquier cosa. Quisieras ir de pesca con Sara, como solían hacerlo al final de cada mes en Playa de Faros. Quisieras entrar al salón y decirles a los alumnos que saquen el libro tal y busquen una página. Quisieras caminar, al menos por una última vez, por el boulevard a solas, con el aroma a salitre en el ambiente y tu cabello revuelto por la brisa. Quisieras haberle enseñado a Sergio cómo conducir una bicicleta, a nadar y a cruzar una calle. Quisieras ver a Sara, con su chaleco verde, sus botas para escalar montañas, con un ojo cerrado y el otro pegado a la mira de un microscopio, desde el sillón en el que solías sentarte para leer y preparar la clase del día siguiente, en esos minutos en los que en tus pensamientos idealizaban formas del futuro que nunca ocurrieron: haberse mudado a una casa propia, pintarla juntos, los rostros con pringas de pintura blanca, un gato gris enroscado en la meseta de la cocina.

 

Dejas una estela de huellas húmedas al salir del baño. Desnudo, con la piel erizada, abres todos los cajones de un ropero. Encuentras una camisa de cuadros azules, metes los brazos dentro de las mangas y abrochas los botones. Hurgas de nuevo y das con un pantalón de mezclilla, calcetines y ropa interior. Pareces un niño con la ropa de su padre, todo te queda ancho y holgado, pero sonríes, porque de alguna manera logras sentirte cómodo, pero, sobre todo, cerca de Sergio. Estar vestido con su ropa es como si te abrazara.

Dejas la carta debajo del marco de una de las fotografías. Abandonas la sala y el comedor, atraviesas el pasillo que da a los cuartos y al segundo piso y das con la puerta que te lleva al patio trasero. Justo a tiempo: han llegado. Escuchas el traqueteo del portón eléctrico que se abre, luego el aliento del vehículo hacerse intenso por cada centímetro que avanza. En el patio hay una piscina de unos aproximados cuatro metros de largo por cinco de ancho, y es frente a ella en donde ahora te encuentras. A su alrededor, pasto. Imaginas a Sergio asar carne, a su esposa beber una de las botellas de cerveza del refrigerador, todo mientras la niña con flotadores en los brazos patalea bajo el agua. Tienes, también, ante tus ojos la reja que conduce al pasillo en el que se encuentra el boiler y desemboca en la calle. Suenan los seguros de la puerta principal destrabándose. Percibes, como un rumor, pasos y palabras cada vez más próximos. La risita de la pequeña hace que cierres los ojos y contengas el aire; un cosquilleo recorre tu columna vertebral de arriba abajo; tensas todos los músculos de la espalda. Ahora, escuchas una voz tan similar a la tuya, que te dice:

—¿Quién anda ahí?

 

 

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