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#NewLatinoBoom: Retrato de Nubia

La vida imita el arte y viceversa. Según la perspectiva del espectador su realidad cambia. Armado con pluma en vez de pincel, Rodolfo Martínez Sotomayor crea una Mona Lisa latina, una obra con tanta intensidad y detalle, un misterio en papel. Pinta con palabras el retrato fragmentado de Nubia y la complejidad que es su vida. Retrato de Nubia (Editorial Silueta, 2017) es una obra de arte que te dejará interpretando, procesando y haciendo preguntas. Es una pintura literaria que debe colgarse en los museos de arte, o mejor, tener lugar entre las colecciones más queridas en un estante de tu casa.

En esta novela de tres partes, te encuentras participando en el pasado y el presente. La técnica de Martínez Sotomayor confunde al lector de una manera muy positiva, es como estar en el Scrambler en una feria otoñal, sintiendo la brisa en la cara, fría y chocante, y permitiendo que los brazos metálicos le arranquen de lado a lado. Los hechos de la trama se revuelven y su orden se transforma en algo nimio. Desde la primera página hasta el final, uno se mete en esta máquina de tiempo. Se recomienda usar el cinturón de seguridad.

La novela es polimorfa. Cambia de forma y te permite ver el mundo bello y peligroso donde interactúan los personajes. Desde una escuela de la antigua Cuba, hasta la jungla norteamericana, natural y moderna del punto más sur de la Florida, te encuentras viajando en segundos. Las escenas cambian como los telones de una obra de teatro. Cuando la última palabra sale de la boca de los actores del libro, cae otro telón y te lleva a otro lugar y tiempo, a los sitios salvajes e implacables.

En Retrato de Nubia, las frases te atrapan y no te dejan salir. Como los dientes de un gran caimán, el lector se encuentra hundido en el texto, agarrado por las palabras como poesía sutil de un autor que sabe manipular el léxico y crear imágenes bellas. Con una técnica precisa uno ve la atención que se dio a cada palabra y el sentido que intenta provocar. Llegarás al final pensando en el transcurso de la novela y los varios símbolos, presagios, migas doradas que dejó Rodolfo Martínez Sotomayor. Las conexiones son finas y fantomáticas y, al mismo tiempo, resonantes y evidentes. La fluidez de las frases, la ingenuidad de las conversaciones y la intriga de sus enlaces mutuos hacen que las páginas doblen sin pensar con dedos de piloto automático. La novela lo come al lector, quien puede encontrarse perdido en su barriga, pensando cómo ha caído en su trampa.

La novela tiene una relación romántica con el arte. Desde las sinfonías de Mozart hasta las baladas rockeras de Kiss, el autor coquetea con el ancho y la profundidad de lo auditivo. Lo visual es clave también. Cada escena descrita se puede sentir. Al leer cada palabra, estás involucrado en el mundo que el autor moldeó. Uno puede ver las palabras cambiando en imágenes, en estatuas de barro fresco que siguen manipulándose. Abrir esta novela es igual a abrir una ventana, abrir un telón para ver lo que te espera detrás.

Retrato de Nubia ofrece un misterio donde el lector toma el papel de detective siguiendo las frases bellas con una lupa, un ojo analizador, para llegar a un final que le dejaría a Sherlock Holmes sin sospechosos ni ideas. Como dijo Nubia en la novela, “No entender las cosas les da la oportunidad de hacer su propia interpretación” (25). Rodolfo Martínez Sotomayor reta al intérprete, al lector. Paso a paso, página tras página, capítulo por capítulo, te deja formar un análisis de lo que sucede, arreglando (o, mejor dicho, intentando arreglar) los datos y nombres a la manera de un inspector artístico tratando de crear una realidad que tiene sentido. Retrato de Nubia no es lo que piensas. No te queda claro (y no se debe). Con tantos giros y vueltas, motivos opuestos e identidades escondidas estarás perdido en el trance que te pone este libro y no querrás escapar.

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