Una cosa que ofrece la literatura es capturar el ambiente de un lugar, el sonido de sus calles, la vida febril de sus habitantes, la barahúnda de sus multitudes. Lo sitios donde su identidad sale a flote, donde su destino colectivo queda marcado para siempre. ¿Qué trato de decir con todo esto? Bueno, que la novela latinoamericana, se escriba donde se escriba, la haga quien la haga, es reconocida por esa virtud narrativa, por mostrarnos, sin tapujos, lo que somos desde los horizontes que nos pertenecen, desde los conflictos que nos unen o separan. Y si la narración que leemos sucede en Florida, muchos estereotipos emergen, muchos mitos dan la cara. Porque, en Florida, no todo lo que brilla es playa ni todo lo que hace olas es mar. También puede suceder que todo ese paisaje sea un relato donde resplandecen nuestros deseos, carencias y obsesiones, donde choquen nuestros hábitos y costumbres, la lengua nativa y la lengua del trabajo. Que descubramos los lugares que dejamos atrás y las ciudades a donde fuimos a parar y que, en ese transcurso vital, lleguemos a conocer nuestras nuevas urbes de residencia a fondo, hasta hacerlas nuestras.
De eso trata la obra narrativa de Gastón Virkel y cuando digo narrativa debo especificar, para que los lectores no se confundan, que con este autor estamos ante un cronista de la vida urbana en perpetua mudanza, pero que cuenta sus historias desde el tamiz de un género literario tan generoso como es la historia de viaje hacia un mundo nuevo. Virkel nació en Buenos Aires, Argentina, en 1972. Estudió psicología y publicidad, que en estos tiempos no pueden existir la una sin la otra. Su vida ha sido una vida dentro de los medios de comunicación, donde ha servido desde guionista hasta promotor de películas. A principios del siglo XXI llegó a Miami a trabajar para MTV-Latino. Fue un golpe tremendo para él pasar de los laberintos borgeanos a la salsa como ritmo de vida. Pero como todo buen latinoamericano se adoptó a una ciudad donde todos creen estar de paso y, sin embargo, acaban quedándose en ella como náufragos del futuro que viene.
Y Miami está presente de cuerpo entero en su novela más reciente, Neurosis Miami (2023), donde Boris Finkelstein funge como su protagonista. Un argentino que, como el propio autor, cambió su residencia a este puerto. Y es que la Miami de Gastón Virkel es un puerto de piratas al abordaje, un sueño húmedo, una trampa mortal. En ella caben los delirios más engañosos, los personajes más enigmáticos, los misterios por resolver. En el caso de esta novela, que desde un principio es un homenaje a un espejismo televisivo: la Miami de los años ochenta, vista, soñada, disfrutada desde las persecuciones policíacas y los yates de lujo de la serie de televisión Miami Vice (1984-1989). Ese espejo roto de una aventura colectiva cuyo combustible principal fue el ron, el sexo y las drogas. Una historia que le sirvió a Michael Mann para empezar su carrera como director de obras visuales vertiginosamente violentas y violentamente seductoras. Pero también ha influido en la literatura para retratar a Miami como un espacio de gente famosa, criminales latinoamericanos y vicio disfrazado de negocios legales, donde la vida gira alrededor de la bebida, la música, las drogas y los bailes del Caribe. Lugares comunes, por supuesto, pero igualmente signos de una identidad comunitaria que lucha por mantenerse contra todo pronóstico, frente a las agencias de la ley y el orden, en un mundo que no reconoce distancias entre lo real y lo imaginario.
Así, cuando Boris está haciendo su trabajo de guionista en una telenovela de Telemundo, el actor que hace de Villegas, el villano del programa, debe desaparecer pues está a punto de ser detenido por la policía por el delito de posesión de pornografía infantil y eso debe solucionarse de inmediato: “-Yo creo que a Villegas lo matan los del cartel rival -contesté dando inicio al brainstroming-. Lo veo con una jeringa en el brazo, puede ser en el gimnasio de su mansión. Podría ponerse un punching bag de box. -La ducha prendida, vapor. -Y el licenciado Etcheberry llega y lo encuentra ya sin vida. -Y lo abraza y rompe a llorar bajo el agua y la luz cenital. Aquella jornada, la de la jeringa, la última del actor en desgracia, terminó bien entrada la noche. En su camerino, donde las letras de su nombre brillaban aún resistiéndose al derrumbe, nos echamos unos mezcalitos de despedida”. Y es que esa es la esencia de la novela de Virkel: funcionar como un guion para todos los propósitos, como una autobiografía en clave de libreto por hacerse, como un testimonio de un mundo donde lo virtual es el espejismo de todos los días, el alimento de los dioses bajo el sol tropical. Y en ella Sammy, el actor, y Boris, el libretista, son la conciencia histórica no sólo de Miami, la ciudad, sino de Miami Vice, la serie de televisión, creando, gracias a ambos, un puente entre el mito y la realidad. Y ese puente se titula Neurosis Miami. Un behind the scenes divertido y acelerado. Un repertorio de episodios, escenarios y personajes donde la vida es “una temporada feroz, plena de tormentas y huracanes”. Un lugar fantástico donde Miami Vice ya no es una serie policíaca sino una telenovela latina que Sammy y Boris se la proponen nada menos que a Michael Mann en persona.
La novela que nos presenta Gastón Virkel es un relato de tránsito: la historia propia enmascarada en un personaje, como Boris Finkelstein, que va descubriendo qué es residir no solo en otro país sino en otra cultura, una que es a la vez paseo costero y locación televisiva, coctel de tiempos que la memoria une y donde el pasado es la serie Miami Vice y el futuro es el volver a ponerla en pie en este siglo XXI, mientras el presente se vuelve una cadena de videos musicales de MTV, la empresa en que su protagonista trabaja para tener dólares y soñar despierto: “Cuando se disiparon los humos del mundial y se acalló la batucada del campeón, apareció en el horizonte de la compañía un desfile macabro: en octubre tendrían lugar los primeros MTV Video Music Awards Latin America en el Jackie Gleason Theater de Miami Beach. Que no era otra cosa que adaptar el exitoso formato del MTV de USA y replicarlo para Latinoamérica. ¿Dónde residía lo macabro? Presupuesto MTV VMA´s: veinte millones de dólares. Presupuesto de la versión latina: sólo dos millones…A regañadientes pasé a conformar el equipo, un rol que consiste en desarrollar durante meses un especulative show a años luz del verdadero. Diego Luna, Carlos Santana, Soda Stereo, Beastie Boys, Black Eyed Peas, Café Tacuba, Juanes, Shakira, Julieta Venegas, Molotov, System of Down…todos pasaron a mi lado, Con ninguno me tomé una foto. Con una sola excepción: una que me tomaron en unos Hispanic Heritage Awards con Edward James Olmos”, el actor que la hacía de jefe de la policía en Miami Vice.
Neurosis Miami es lo que su título indica: el viaje hacia un estado de crispación infinita, un recuento de los daños para quien se sumerge en sus aguas, donde los tiburones abundan y los cazadores de sueños televisivos mueren por obtener su espejismo favorito. Todo aquí es ansiedad: por el poder en todas sus formas, por el placer en todas sus manifestaciones. Lo que esta novela nos dice es que vivir en Miami es un desafío diario, es un recorrer la cuerda floja de las ambiciones y los milagros sin red protectora. Lanzarse al mar de las oportunidades capitalistas sin saber que hay en sus profundidades: la vida o la muerte, la amistad o la traición, la adaptación o el rechazo, las ilusiones tropicales o el aneurisma mortal.
Sí, Miami es una trampa, una bomba Molotov existencial, “un nefasto y miserable egotrip”. Y al mismo tiempo es una urbe que llama a recrear su neurosis colectiva, su creatividad vital. Tal y como Gastón Virkel lo ha hecho, con esta novela, desde la añoranza más profunda y desde la narrativa más fiel.







