Mario Varga Llosa y Jorge Luis Borges

El pez por la boca muere


 

Hace bastante tiempo ya que leer las obras completas de Jorge Luis Borges (1899-1986) –cuentos, poesía, ensayos, notas, críticas literarias y cinematográficas, cartas, incluso discursos y conferencias trascritas– resulta un ejercicio posible si lo comparamos con el ejercicio de leer todos los libros que se han escrito sobre su vida y su obra. Y sin duda el número de estos, condenados de aquí a muchos años a no decir nada novedoso o removedor, se seguirá multiplicando con la perseverancia que el propio Borges atribuía a los espejos y a la cópula, con el mismo fervor y con el mismo espanto.

Justamente en estos días apareció un nuevo título: Medio siglo con Borges, de Mario Vargas Llosa (1936). El volumen reúne un par de entrevistas que el peruano le hizo al argentino en 1963 en París y en 1981 en Buenos Aires, alguna breve ponencia, algunos breves apuntes y una poesía que abre el volumen y que el autor de La casa verde escribió sin demasiada fortuna en 2014 –no registra una sola metáfora, una sola imagen, un solo verso que iluminen a quien está dedicada.

No es la primera vez que Vargas Llosa aborda el género del ensayo; lo viene haciendo desde poco después que diera a conocer sus primeras y formidables novelas. Entre lo mejor de su producción puede leerse García Márquez: historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975) y La verdad de las mentiras. Ensayos sobre la novela moderna (1990); después arremetió con algunos textos que más parecían estar dando una respuesta personal a inquietudes coyunturales, como La civilización del espectáculo (2012) y La llamada de la tribu (2018), y también con algunos fiascos como El viaje a la ficción, el libro que dedicó a la obra de Juan Carlos Onetti, donde se mostró atrapado en una sensibilidad que no le permitió acercarse al mundo ni a los habitantes de La vida breve o de El astillero.

 

Romances tardíos

Medio siglo con Borges tiene momentos de gran interés, en particular la conferencia “Las ficciones de Borges”, que Vargas Llosa leyó en Marbella en 1987 y que luego publicó en diversos medios, en la que analiza la relación del escritor con el lenguaje y exalta su labor ante un idioma de frecuentes incontinencias verbales (“El español, como el italiano o el portugués, es un idioma palabrero, abundante, pirotécnico, de una formidable expresividad emocional, pero, por lo mismo, conceptualmente impreciso… Dentro de esta tradición, la prosa literaria creada por Borges es una anomalía, pues desobedece íntimamente la predisposición natural de la lengua española hacia el exceso, optando por la más estricta parquedad”). También enumera con acierto las constantes del mundo borgiano así como las estrategias que el escritor desarrolló de modo sobresaliente (“…lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó: un pequeño universo ficticio, poblado de tigres y lectores de alta cultura, saturado de violencia y de extrañas sectas, de cobardías y heroísmos laboriosos, donde el verbo y el sueño hacen las veces de realidad objetiva y donde el quehacer intelectual de razonar fantasías prevalece sobre todas las otras manifestaciones de la vida”).

Sin embargo Vargas Llosa no disimula su decepción ante el hecho de que Borges no haya dado mayor importancia a la novela (“Ha leído mucho, sí, pero pocas novelas”, “Yo escribo novelas, y siempre me he sentido dolido por una frase suya…”, “Porque la novela es el territorio de la experiencia humana totalizada, de la vida integral…”), y también incluye algunos artículos insólitos como “El viaje en globo”, en el que exalta un supuesto y voraz calor que habría unido a Borges con María Kodama, “una mujer joven, bella y culta, con la que podía hablar de todo aquello que lo apasionaba y que, además, le hizo descubrir que la vida y los sentidos podían ser tanto o más excitantes que las aporías de Zenón, la filosofía de Schopenhauer…”, y que además provocó durante los últimos años del autor de Ficciones que todo lo que hiciera, tocara e imaginara en su “frenético trajín” lo acercara, “a la vez que a la literatura, a su joven compañera. El rico mundo inventado por los grandes maestros de la palabra escrita se ha llenado para él, en el umbral de la muerte, de animación, ternura, buen humor y hasta pasión”. Es en ese momento cuando el lector comienza a sospechar que en realidad Vargas Llosa se está refiriendo –y acaso explicando– a su crepuscular noviazgo con la filipina Isabel Preysler, más que al vínculo que unió a Borges con su exalumna y colaboradora.

 

El lujo es vulgaridad

El libro presenta otros problemas, quizás atribuibles a la vanidad o a la pereza de nuestro autor, que parece no mostrarse interesado en corroborar ni en corregir fechas. Vargas Llosa asegura que el primer gobierno peronista (al que le atribuye doce y no nueve años, como en realidad los tuvo) adhirió al Eje, cuando en realidad Perón accedió a la Presidencia de Argentina en 1946, un año después de la derrota de Alemania y sus socios. Sostiene que Borges fue nombrado por el peronismo “inspector de corrales” debido a su “adhesión a los Aliados”, cuando el incidente ocurrió sobre fines de 1946, después de que este suscribiera manifiestos antiperonistas. Sostiene que Onetti residió en Buenos Aires de “1941 a 1959”, cuando a fines de 1955 ya estaba instalado en Montevideo trabajando en el diario Acción. Sostiene que Borges participó del jurado que le dio el Premio Cervantes a Onetti en 1981, cuando el fallo se dio a conocer en diciembre de 1980.

En el reportaje que Vargas Llosa le hizo en 1981 en Buenos Aires, no se cansa de mostrarse asombrado ante la austeridad en la que vive Borges: “Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor”, y la biblioteca tiene pocos ejemplares y ninguno del dueño de casa. “Vive usted prácticamente como un monje”, le dice Vargas Llosa, “su casa es de una enorme austeridad, su dormitorio parece la celda de un trapense, realmente es de una sobriedad extraordinaria”, ante lo que Borges le responde: “El lujo me parece una vulgaridad”. Contaba Ricardo Piglia que al otro día Borges comentó con algunos amigos que lo había visitado un peruano que, más que un periodista, parecía un agente inmobiliario que lo quería hacer cambiar de apartamento.

“Los escritores famosos envejecen mal, llenos de soberbia y achaques”, anota Vargas Llosa al cerrar la entrevista, cuando Borges había cumplido 82 años. Sabias palabras. El pez, como es habitual, por su boca muere.

Medio siglo con Borges, Mario Vargas Llosa, Alfaguara, Montevideo, 2020, 108 páginas

 

Relacionadas