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Los secretos heredados de Cynthia Ozick

Nacida en el Bronx, Nueva York, en 1928, Cynthia Ozick, hija de judíos lituanos, es una de las más destacadas exponentes de esa literatura que, junto a nombres como los de Saul Bellow y Philip Roth, han hecho de la peripecia de su colectividad en Estados Unidos el tema central de su obra. Ello no implica solamente dar un estrellato casi absoluto a sus integrantes sino también bucear en las huellas de una tradición y de una cultura antiquísima, y en los cambios que la adaptación a una sociedad como la yanqui les ha deparado de modo inexcusable. Si a esto sumamos estar ante una rigurosa intelectual, que ha tomado distancia de tratamientos previsibles de algunos temas del judaísmo moderno, en particular del Holocausto y de ciertos fanatismos religiosos, se hace obvio que el entramado de sus textos nos deparará, más allá de su exquisita literatura, un debate incisivo y una toma de posición permanente en tanto desarrolla sus historias en cuestión.

Conocida tanto por sus novelas (entre otras la estremecedora El chal, El mesías de Estocolmo, Los papeles de Puttermesser y Cuerpos extraños), como por su poesía, sus ensayos y sus numerosos cuentos, su obra le ha hecho ganar el mote de la “Emily Dickinson del Bronx”, aun cuando ella se ha empeñado en dejar constancia a toda hora de que su principal maestro ha sido Henry James, a quien homenajea una y otra vez en sus páginas. La editorial Lumen ha publicado ahora Cuentos reunidos, un voluminoso libro que contiene buena parte de los relatos que Ozick fue dando a conocer, de manera parsimoniosa y constante, entre principios de los 70 y fines de la década pasada. Integrante de esa luminosa generación a la que también pertenecen Norman Mailer, John Updike y el ya citado Roth, lo único que la ha distinguido de ellos es que empezó a publicar tardíamente; recién a los 42 años dio a conocer su primera novela, Trust.

Cynthia Slider

Las primeras Remington

La gran mayoría de estos cuentos transcurre en Nueva York; la gran mayoría de sus criaturas son judíos adultos que suelen matizar las dificultades propias de sus exilios con la culpa que sienten por haberse marchado de sus lugares de origen. Algunos son individuos preocupados por la suerte del yiddish, aunque el temor por la extinción del idioma más parece dar cuenta del fin de sus vidas mediocres, cuando no decididamente fracasadas, sustituyendo la angustia del tiempo histórico por la angustia del tiempo personal. Otros suelen mixturar envidias con tristezas, inseguridades religiosas con dudas emocionales, la incapacidad en el cumplimiento de ciertos rigores litúrgicos con el reiterado y asfixiante fracaso afectivo, la sensualidad con el pecado.

A medida que avanza en sus historias, Ozick (al modo de la Elizabeth Costello de J.M. Coetzee) también va desgranando una suerte de arte narrativo que no solo conecta a la literatura con sus estrategias intrínsecas, sino que la ubica en relación a la ética, al éxito y a la posteridad, como bien sucede en cuentos como “Envidia, o el yiddish en América”, “Virilidad”, el delicioso “Cómo ayudar a T.S. Elliot a escribir mejor” y el magnífico “Dictado”, que parte de un encuentro entre Henry James y Joseph Conrad y termina en la amistad entre las secretarias de ambos, las dactilógrafas de las primeras Remington que ellos poseyeron. Cada relato también es una oportunidad para que Ozick deje en claro cuáles son los intereses y las destrezas que la mueven a la hora de escribir, como cuando pone en boca del narrador de “Del cuaderno de notas de un refugiado”, las siguientes frases: “No soy un poeta, y desprecio las metáforas. Soy una persona de mentalidad literal. No tengo paciencia con las figuras retóricas”, o cuando en “Usurpación” el narrador confiesa: “A mí, en cambio, no me atrae el símbolo, sino el suceso mágico absoluto”, en un cuento en el que un escritor joven y desconocido pacta con el Diablo para ocupar el lugar de otro, anciano y famoso, y súbitamente se convierte en alguien elogiado pero también en un viejo decrépito.

En su extensión, algunos de los cuentos de Ozick se aproximan a las novelas que solía escribir su maestro James, además de ser meticulosos, ingeniosamente descriptivos, dulce y dramáticamente poéticos, como cuando en “La mujer del médico” un hombre quiere describir a una mujer que se va acercando a la vejez y dice de ella que seguirá sola, “esculpida en cosméticos, con el canal del parto yermo, las mareas rojas menguando, desvaneciéndose…”. También la aproxima al autor de Otra vuelta de tuerca el recurso sutil, a veces apenas esbozado, de lo fantástico u onírico, en particular en el mejor de los cuentos del libro, “La bruja de los muelles”, en el que una misteriosa y lúbrica mujer termina convertida en un ominoso mascarón de proa.

Sobre la herencia

A diferencia de los relatos de Alice Munro, en los que la canadiense acostumbra trazar historias que abarcan la vida entera de sus protagonistas, los cuentos de Ozick son básicamente diacrónicos: todo en ellos está condenado a suceder en un día, en unos pocos días, a lo sumo en semanas, más allá de que el significado profundo de los mismos pueda explicar la vida entera de un individuo o de una nación. En ese sentido, ella misma escribió en uno de sus libros de ensayos que “Los secretos que me interesan –que me arrastran– son generalmente secretos sobre la herencia: de cómo las semillas de pera se convierten en un peral y no en un oso polar, por ejemplo. Las ideas son emociones que penetran en el futuro de la coherencia; en particular, la idea de génesis”.

Esta mujer que ha llegado a declarar, como lo hizo en una reciente entrevista publicada en la prensa española, que “como novelista el Holocausto no me interesa. Tampoco como judía, ya que la cultura que lo produjo no es mi cultura: es la cultura del opresor. Pero el Holocausto es importante, para entender la intención, el sentido y el carácter de la civilización”, también dice oponerse “a la poetización mitológica del Holocausto en la ficción dramática y en cualquier tipo de material imaginativo”, actitud establecida en estos cuentos, y extendida expresamente en relatos como “Derramamiento de sangre”, en el que un judío realiza un viaje de Nueva York a un pueblo que se está construyendo para ser habitado exclusivamente por jasídicos, y termina siendo acusado de ateo tras no compartir las plegarias ofrecidas en una ceremonia religiosa.

Admirada por escritores de las nuevas generaciones, tal el caso de David Foster Wallace, esta soberbia narradora declaró que simplemente “quería ser parte esencial de mi propia época, quería abrirme un resquicio, quería aunque fuese una astilla de la mesa literaria, quería ser aquello para lo que había nacido: es decir, no quería una carrera sino la posibilidad de ser uno de esos inconfundibles animales que llamamos escritores”.

Cuentos reunidos, de Cynthia Ozick, Lumen, Buenos Aires, 2015, 718 páginas.

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