Los Oscar: el rompecabezas de las nominaciones a mejor película

Con el enredo alrededor del anfitrión y el intento fallido de crear una categoría que premie la popularidad en el cine, los Oscar 2019 han tenido suficientes motivos para dar que hablar, aunque por razones poco favorecedoras. Pero tal vez lo más desconcertante de esta edición han sido las nominaciones en la categoría de mejor película. Si ya el hecho de incluir no cinco sino ocho candidatas dificulta los criterios de elección, algunas nominadas han hecho especialmente difícil entender esos criterios.

Por supuesto, hay varias que están justamente nominadas, como Roma y The Favourite, pero la competencia parece haberse decidido por asuntos ajenos a la calidad de la cinta en sí misma.

Una película como Bohemian Rhapsody puede tener varios méritos, pero, aun con la excelente actuación de Rami Malek, es una película simple, hecha para fans (que es lo que debería esperarse de una producción supervisada por los mismos Brian May y Roger Taylor), de personajes planos y de una trama complaciente y predecible, sobre todo tratándose de la historia de Freddie Mercury y Queen, que es conocida por miles y miles de seguidores. La pregunta es: ¿cómo entró Bohemian Rhapsody y no otras, como Eighth Grade, por ejemplo, Can You Ever Forgive Me? o First Man?

Todas estas películas me parecieron también mejores que A Star Is Born. Es cierto que A Star Is Born es una buena película, pero creo que el entusiasmo que causó se debió más a que Bradley Cooper y Lady Gaga excedieron las expectativas de todo el mundo, él como director debutante y ella como actriz protagónica.

Todo esto es discutible, por supuesto, pero lo cierto es que la forma misma como se deciden las nominaciones ha cambiado mucho en las últimas dos décadas. Hace tres años, con la movida #OscarsSoWhite, que protestaba por la falta de afroamericanos en las categorías actorales, se cuestionó muchísimo la demografía de los votantes de la Academia, que en su mayoría eran hombres, blancos y muchos de ellos en edades avanzadas. A raíz de eso se hicieron cambios para hacer la votación más democrática e inclusiva, pero nunca se trató debidamente el “efecto Harvey Weinstein”. Weinstein es conocido ahora por ser el símbolo del abuso del poder masculino en Hollywood y también en el mundo, gracias al movimiento #Metoo. Pero otra parte de su legado cuestionable es la forma como se hace campaña para el Oscar en estos tiempos. En realidad, la idea misma de hacer campaña por una película es una fórmula que Weinstein perfeccionó. El fundador de The Weinstein Company fue el responsable de que Shakespeare in Love le ganara a Saving Private Ryan en los Oscar 1999, gracias a una agresiva campaña en medios que incluía una cruzada de desprestigio contra la película de Steven Spielberg, que tenía como objetivo influir sobre los votantes en las categorías principales de la competencia. Y Weinstein operó así desde entonces hasta su caída en desgracia. Los otros estudios, por supuesto, tuvieron que adaptarse a esta forma de competir. Y eso no parece haber cambiado.

En mi opinión, The Favourite debería ganar el Oscar a mejor película de entre las ocho nominadas, pero en términos de campaña no ha tenido la resonancia de Bohemian Rhapsody o A Star Is Born. Su director, Yorgos Lanthimos, viene más bien del mundo indie y la historia que cuenta no tiene el glamour de esos dos musicales. Tampoco tiene a Lady Gaga, dicho sea de paso.

En cuanto a Black Panther, creo que su nominación a mejor película es el efecto residual de la propuesta de crear un Oscar a la popularidad. No me parece una mala película. Al contrario, es una muy buena película de superhéroes, pero prefiero pensar en la calidad de una película siempre dentro de su género. Son pocas las películas que logran la proeza tan difícil de ceñirse a los usos de un género y a la vez trascenderlos y aportar una mirada nueva al cine como arte en general. The Dark Knight pudo haber sido una justa nominada al Oscar a mejor película en 2009, por ejemplo.

En cuanto a las nominaciones de Green Book y BlacKkKlansman, tengo un problema que no tiene que ver precisamente con la calidad de las películas —aunque ninguna me parece mejor que The Favourite— sino con esta duda: ¿debe una película, es decir un objeto de entretenimiento en su sentido más estricto, ser fiel a la realidad cuando dice estar basada en hechos reales? Porque la etiqueta “basada en hechos reales” es enormemente atractiva, incluso una herramienta de marketing, una frase que verás sin falta en pósters y en trailers de cintas de este tipo.

Una buena historia crece tremendamente cuando uno sabe que lo que ve sucedió en la realidad. Piensen qué sería de The Killing Fields o In the Name of the Father si descubriéramos que todo lo que contaron fue un invento. Y tanto BlacKkKlansman como Green Book han recibido severas críticas por contar historias que en realidad no sucedieron como las contaron. No estoy hablando de las licencias dramáticas que se toma un guionista o un director para relatar su historia, sino de desenlaces o nudos dramáticos fundamentales que nunca existieron. ¿Debe ser una película un documento histórico cuando dice estar contando lo que pasó en el mundo tangible? Si la respuesta es sí, ¿no es un engaño narrar (como pasó en BlacKkKlansman) explosiones, balaceras o desenlaces redentores que, además, pueden asentar aún más en el público la polarización política que se vive actualmente? No sé cuál es la respuesta a estas preguntas, pero de hecho se enciende una alerta en mí cuando esto pasa, cuando el protagonista racista de una película “basada en hechos reales” termina entendiendo que el racismo es un bajón mientras que en la realidad siguió siendo el mismo racista de siempre, tal es la acusación que la familia de Don Shirley ha hecho contra Green Book.

Vice me parece una buena película, pero no lo mejor del año de ninguna manera. Además, creo que Adam McKay se deja traicionar a veces por su carrera como director de comedias cuando le toca contar historias dramáticas como la de Dick Cheney.

Roma es la única que sí podría darle pelea a The Favourite. Tiene una factura realmente impecable y maneja un lenguaje simbólico muy poético y sutil en su propuesta visual: movimientos de cámara, el uso del blanco y negro, el retrato de los cielos, etc. Además, Alfonso Cuarón puso en práctica un experimento de dirección que bien podría estudiarse en el futuro en escuelas de cine: el grabar en estricto orden cronológico sin contarles a los actores o a miembros de la producción de qué va la película durante el rodaje mismo. El resultado es exquisito y habla por sí solo. Con todo eso, el retrato de Cleo, el personaje principal interpretado por Yalitza Aparicio, me pareció demasiado angelical y pasivo como para un papel protagónico. Eso es lo único que no me gustó de la película.

Roma ha tenido también una importante campaña mediática, aunque la película tiene mucho con qué defenderse. Dicho sea de paso, si ganara, ganaría también Netflix, la plataforma responsable de que esté cambiando (y creo que para siempre) nuestra forma de ver cine.

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