Los misterios sobrenaturales de Silvia Moreno García

Hay pueblos que saben a desdicha

Juan Rulfo

La narrativa gótica, desde su aparición en el siglo XVIII, demostró que el horror sobrenatural tiene un camino propio para llevarnos en sus ficciones hasta el corazón de las tinieblas. Ese camino siempre lleno de atajos y desviaciones, de pasillos oscuros y mazmorras ululantes, de paisajes nocturnos y criaturas temibles. Pero en el centro de su laberinto se ubica un misterio por resolver, un enigma que cambiará la vida de quien se atreva a entrar a sus dominios y defender su cordura frente a lo grotesco, lo monstruoso, lo voraz. En cierta forma, lo gótico es una historia de transformaciones: la de los seres que viven más allá de nuestra realidad y la de nosotros mismos al adaptarnos a su cercanía y vecindad.

En la literatura fantástica que es su marco de referencia, lo gótico es, desde los tiempos del romanticismo, un horizonte de acontecimientos que sacuden nuestra percepción del mundo, de la humanidad, de la vida tal y como creemos conocerla. Como lo hiciera la teoría evolucionista de Charles Darwin, esta narrativa desplaza al ser humano como especie superior y lo pone a lidiar con especies que lo desafían, con criaturas que lo hacen verse vulnerable. Lo que ofreció lo gótico fue una mirada a nuestros miedos más profundos, un acercamiento a nuestros tabúes más perentorios: los del amor y los de la muerte en sus obsesiones y perdiciones. Y para que estas narraciones tuvieran un escenario adecuado, los autores que novelaron este género, principalmente ingleses, alemanes, franceses y estadounidenses, pusieron sus historias en el marco de un castillo tenebroso en medio de un páramo, de una mansión en la periferia de la civilización, donde todos los deseos se cumplían y todas las maldades tenían carta libre para desbocarse hasta lo indecible. Del gótico nacieron los relatos supremos de vampiros y hombres lobos, de necrofilia y paranoia, de fantasmas y súcubos, de monstruos hechos por la ciencia del momento o bestias invocadas desde antiguos manuscritos prohibidos.

Cuando lo gótico pasó a otros países pronto tomó carta de naturalización y lo hizo porque en esa literatura abundaba la fascinación por la sangre derramada y por la sexualidad reprimida hasta el grito final, hasta el éxtasis amoroso. En México, por más que se le niegue su vigencia, podemos atisbarlo tanto en Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, como en Aura, la noveleta de Carlos Fuentes. Aquí, en nuestro país, el pueblo maldito y el castillo siniestro han devenido en una hacienda que se viene abajo, en una mansión en ruinas donde la ponzoña teje sus redes, donde el caciquismo se ha vuelto deuda de ultratumba. Ahora, en nuestra época, en este siglo donde la violencia prevalece y el sufrimiento colectivo es la normalidad apabullante, podemos advertirlo en una novela que no oculta la cruz de su parroquia: Gótico (cuyo título original en inglés es Mexican Gothic) de Silvia Moreno García (Mexicali, Baja California, México, 1981, pero avecindada en Canadá desde hace décadas). Publicada en 2020 en los Estados Unidos, un año más tarde la tenemos en traducción al español por el sello Minotauro y bajo la supervisión de la propia autora.

Una novela como Gótico, que advierte desde un principio su filiación a la narrativa sobrenatural, de espanto, de misterio y terror, es una noticia espléndida para cualquiera que apueste por la apertura de nuestra literatura más allá del realismo y el costumbrismo. Y a la vez, al leerla, uno descubre que para hacer verosímil lo maravilloso y lo terrorífico, Silvia Moreno nos ha proporcionado un escenario realista y costumbrista del México de mediados del siglo pasado. Al asentar su relato en la alta sociedad mexicana del sexenio de Miguel Alemán, con su tónica del desarrollo económico para los privilegiados, nuestra autora nos propone examinar la vida rural, un pueblo minero para ser más precisos, como una travesía al horror que se oculta entre la miseria y la opulencia, entre los que poco tienen y los que acumulan riquezas gracias a la explotación de sus trabajadores. Y para contarnos su historia procede a darnos un romance en forma, una historia muy gótica de jóvenes que no cejan de encontrar, en la peor de las situaciones, un vínculo que una para siempre sus corazones.

Pero la novela de Moreno García subvierte muchos de los tópicos usuales de este género. La protagonista, Noemí, es una muchacha privilegiada que todavía no sabe qué quiere en la vida, pero que accede a viajar a High Place, una mansión ubicada en el pueblo minero de El Triunfo, para averiguar qué le está pasando a su prima Catalina, quien parece haber perdido la razón. Nuestra protagonista buscará explicar lo que sucede, encontrar la cuadratura al círculo, en un ambiente por demás carcelario, fantasmal, asfixiante, donde nada es lo que parece. Pero Noemí no es ninguna damisela en apuros sino una mujer que piensa por sí misma y sabe poner todas sus habilidades a disposición de su inmensa e intensa curiosidad por lo misterioso. Desde el principio, Silvia nos recuerda que estamos en un territorio ambiguo, en un reino de sombras que pesan en el ánimo de los que allí viven. Su descripción del pueblo lo dice todo:

«El Triunfo no aparecía en ninguna guía de viajes. Tenía el aire enrarecido de un lugar que se ha echado a perder. Las casas eran coloridas, sí, pero la pintura se había descascarillado en la mayoría de las paredes, algunas de las puertas estaban descolgadas y casi todas las plantas en los maceteros estaban marchitas. Había pocas señales de actividad en el pueblo.

No resultaba en absoluto inusual. Muchas de las minas de las que se habían extraído oro y plata durante la colonia habían dejado de operar, una vez estalló la Guerra de la Independencia. Luego llegaron los ingleses y los franceses durante el tranquilo periodo del Porfiriato, y se llenaron los bolsillos con las riquezas minerales de la región. Sin embargo, la Revolución acabó con aquella segunda ola de prosperidad. Había muchas aldeas parecidas a El Triunfo, en las que se podía apreciar las preciosas capillas construidas en las épocas de bonanza económica y población creciente; lugares en los que la tierra no volvería a derramar riquezas de sus entrañas… No se parecía en nada al lugar encantador en el que Catalina había dicho que iba a vivir.»

 

Sin ser una feminista de armas tomar, Noemí representa a la citadina que no encaja en las normas rigurosas, a veces convencionales, a veces absurdas, de una casa señorial que parece vivir en otro tiempo y bajo otras normas. Pero nuestra protagonista es una luchadora innata que tiene sus propias ideas sobre lo real y lo irreal, lo justo y lo injusto, lo saludable y lo enfermo. Y ahí entra Catalina, su prima, una mujer casada que requiere su atención, que implica la llave para acceder a otro mundo: uno más siniestro y desquiciante, donde el terror ha afincado sus raíces a profundidad. En High Place, como Noemí pronto comprenderá, su mejor aliado es Francis, un muchacho de su edad que le ayudará a ir comprendiendo qué clase de mausoleo, de prisión tenebrosa es esa mansión, ese recinto donde aún se usan las velas y las lámparas de aceite, donde arcaicos secretos se guardan detrás de sus paredes. Un sitio donde están por ocurrirle sorpresas y desvaríos, encuentros alucinantes y experiencias límite como nunca antes había tenido.

      Gótico se erige, así, como una novela que va revelando, poco a poco, la naturaleza misma de una mansión donde lo tétrico coexiste con lo espeluznante, donde la vida se alimenta de la muerte y viceversa. Es evidente que esta novela se reclama heredera de las obras de Howard P. Lovecraft, Horacio Quiroga y Horace Walpole. Pero también del cine mexicano de la época de oro y sus incursiones en el espacio de los sobrenatural con detalles nacionales. No hay en nuestra autora un intento por mexicanizar el gótico sino por darle a nuestros paisajes la oportunidad de ser el punto de partida de mitologías que nos atañen, como la de los hongos alucinógenos y los cultos prehispánicos, pero el impulso principal de esta novela es, detrás de las apariciones, los zumbidos, las fosas comunes, las curanderas, las maldiciones familiares y las serpientes que hablan, una historia de amor que va creciendo con mesura y tiento, con terquedad y tropiezos; un amor que vence a las tinieblas y a las manipulaciones mentales. Un amor que surge primero como curiosidad, como embrujo, para luego desatarse en un impulso arrollador, en una lucidez imperiosa frente a lo ultraterreno, lo depredador y lo maligno.

La prosa de Moreno García está a la altura de sus mentores: sabe delinear un momento, un acto, una descripción o un altercado con la precisión de un maestro de lo fantasmagórico, de una maestra de lo macabro. El castillo funesto de la novela gótica de hace siglos se ha transformado, gracias a la imaginación de nuestra autora, en una mansión en tierra mexicana bajo el acoso de la niebla y los espíritus desgarradores. Gótico es la prueba de su capacidad para convocar demonios y fantasmas, momias y fuegos fatuos, como parte de una realidad que se alza desde las raíces de la sangre corrupta y el deseo insatisfecho. Su narrativa es fluida y su trama inmisericorde. Para los que se acerquen a esta literatura, aquí tenemos una obra que despliega sus horrores con precisión quirúrgica, que apuesta por el crescendo bien temperado sobre el fácil tremendismo:

«Noemí bajó la vista hasta sus manos, hasta su muñeca, que le picaba horriblemente. Antes de que pudiera rascarse, las pústulas se abrieron y, de ellas, empezaron a brotar tendones, como pelos que surgieran de su piel. Su cuerpo aterciopelado fructificó: píleos carnosos, blancos y en forma de abanico brotaron de entre su médula ósea, de sus músculos. Cuando abrió la boca, un líquido dorado y negro se derramó sobre ella, como un río que manchó el suelo.

Una mano en su hombro, y un susurro en su oído.

—Abre los ojos —dijo Noemí por puro reflejo.

Su boca estaba llena de sangre. Escupió sus propios dientes.»

 

      Gótico es una aportación valiosa a la narrativa de terror contemporánea. Silvia Moreno nos ha dado una novela que revela nuestros miedos ancestrales, nuestras historias ocultas: las de una pureza que se cree superior, que medra en la sangre de los mineros, que quiere perpetuarse más allá de la muerte. Relato donde el pasado vuelve por sus fueros, donde el poder se ejerce a rajatabla. La suya es una ficción como brebaje mágico que hay que beber hasta el fondo. Un conjuro que ilumina los recovecos de nuestra sociedad. Al terminar la lectura de esta novela, hemos descubierto a una autora que sabe conducirnos a su reino de oscuridades y a una heroína que sabe enfrentar a los peores demonios, los suyos y los de su entorno, con singular destreza y bravura; una muchacha terca y vivaz, que empieza a madurar y tomar el destino en sus manos. Sí, lo macabro también nos hace tener esperanza. Sí, el horror también consuela y reconforta.

En un momento en que abundan las novelas de fantasía, donde las heroínas con superpoderes son la regla, da gusto encontrarse con una muchacha como Noemí, que sólo cuenta con su ingenio y su sentido común, con su aplomo y su tenacidad para sortear los obstáculos, naturales y sobrenaturales, que se le presentan en su cruzada personal. Una joven mexicana que no quiere ser lo que manda la tradición paterna, sino crear sus propias oportunidades para vivir, amar y progresar. Y que cuando debe escoger entre salir corriendo o enfrentar el mal que la asedia, no duda en seguir adelante, en no desfallecer, en desafiar lo imposible.

      Gótico es una aventura situada en plena zona minera de nuestro país. Pero antes que eso, esta novela es un canto de amor a los cuentos populares y sus casas embrujadas, sus fantasmas implacables, sus maldiciones eternas. Relatos pueblerinos y voces marginales que nuestra autora pone al día, haciéndonos recordar que siguen en nosotros, asustándonos, manteniéndonos en vilo. Silvia Moreno García se une, con esta novela, a tantos escritores nacionales, desde Amparo Dávila hasta Francisco Tario, que han edificado la otra literatura mexicana: la que revive las sombras crepusculares, las pesadillas grotescas, los monstruos desesperados. Esos que nos habitan cuando la niebla llega y la noche ruge. Esos que portan nuestro rostro cuando nos miramos en el espejo y descubrimos de qué somos capaces, a cuál estirpe milenaria realmente pertenecemos.