El significado de un buen poema, incluso de un buen verso, se enriquece con la vivencia. La experiencia vital resignifica a la poesía, da más profundidad y amplitud a sus posibles interpretaciones, la renueva y transforma.

     Me encontré con decenas de jacintos a mediados de abril, cuando visité el Rock Garden del Jardín Botánico de Brooklyn. Florecían en medio de rocas y cactus. Por la apariencia de racimos de uvas de sus floraciones, en inglés se llaman grape hyacinths o jacintos de uva. Vida brotando de la roca, uno de ellos nacía de la grieta profunda de una piedra y se elevaba para buscar la luz del sol primaveral. Recordé mi verso favorito del «Pequeño vals vienés» de Federico García Lorca:

                              ¡Mira qué orilla tengo de jacintos!

     Leí el poema por primera vez hace muchos años y me gustó este verso antes de conocer a los jacintos. Había pasado un verano peripatético en Viena, explorando la ciudad durante el día y dando clases de álgebra en una universidad internacional durante las noches. En aquella vida yo era matemático, pero ya prefería leer poesía que resolver problemas. Cuando lo descubrí, el vals de García Lorca desató mi imaginación vienesa y despertó la curiosidad por conocer a los jacintos.

     Mi anhelo no se realizó durante aquel verano austríaco sino en una primavera brooklynense. Caminando por Prospect Park descubrí los ramos de florecillas púrpura, diminutas y agrupadas como uvas en un racimo de la vid. Por su nombre común en inglés los empecé a identificar con el verso lorquiano y supe que brotaban en abril.

   Transcurrió un tiempo hasta que, curioseando en una guía de plantas, aprendí que en español se les llama muscaris o nazarenos (Muscari armeniacum), no jacintos, y que en realidad son de la familia de los espárragos. «¿Espárragos? “¡Mira qué orilla tengo de espárragos!” no me suena muy poético», pensé. Seguí llamándolos jacintos de uva para poder relacionarlos con el verso.

     Años después conocí a una ninfa neotropical y a veces, en nuestras fantasías poéticas, nos imaginábamos en el Viejo Mundo bailando un vals vienés. Yo me convertía en el Danubio y ella en la náyade de aquel gran río, mientras escuchábamos a Silvia Pérez Cruz cantar los versos:

                         Y en Viena bailaré contigo

                         con un disfraz que tenga

                         cabeza de río.

                         ¡Mira qué orilla tengo de jacintos!

                          Dejaré mi boca entre tus piernas…

     Aunque no fuimos a Viena, ni bailamos un vals a orillas del Danubio, sí exploramos muchos ríos. Este abril de renacimiento, al reencontrarme con los jacintos en el Rock Garden, sentí que mi propio cuerpo era un río caudaloso y pleno.

     Y hoy, día soleado de mediados de mayo, regresé al Jardín Botánico para jugar con mi cámara fotográfica. Me encontré con un campo cubierto de Spanish Bluebells, jacintos del bosque. Miles y miles de bulbos han florecido a la sombra de enormes robles. Sus flores tiñen el campo de azul. Al conocer su nombre científico, Hyacinthoides hispanica ‘Excelsior’, me pregunté si por ser hispánicos serían los jacintos a los que se refería García Lorca.

    Sea como fuere, me quedé absorto, admirando el paisaje azulado. El descubrimiento modificó la imagen que asocio con el verso. Luego empecé a fotografiar a las flores de seis pétalos blancos con una raya azul marino en el centro. Son pequeñas campanas que cuelgan de los tallos, como chicas introvertidas mirándose las raíces.

      Tomaba fotografías como si fueran retratos, como si en cada imagen quedara un rastro de mi alma procurando la suya, mientras tarareaba los versos finales del poema:

                         ¡Mira qué orilla tengo de jacintos!

                          Dejaré mi boca entre tus piernas,

                          mi alma en fotografías y azucenas,

                          y en las ondas oscuras de tu andar

                          quiero, amor mío, amor mío, dejar,

                          violín y sepulcro, las cintas del vals.

     Cuando sacié mi impulso lúdico y sentí que era el momento de despedirme, me alejé. No caminaba. Me deslizaba como un Danubio caudaloso y pleno, con orilla de jacintos.

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