LOS IRIDISCENTES

      Se dice que en el pasado… en verdad, lo contaba Santiago mientras preparaba los cadáveres, aquellos que fueron pintores durante sus vidas, pintores que cambiaron la historia del arte, tenían las uñas llenas de tierra al momento de morir. Y esa tierra guardaba colores alucinógenos.

       Permítanme retroceder un poco la secuencia de eventos. Había una sala repleta de lienzos. Estos lienzos estaban envueltos en otros lienzos. Las pinturas se acumulaban como si fueran pergaminos a lo largo de un corredor. Obras amontonadas, adquiridas durante décadas. Una calavera negra, recubierta de ocre, con símbolos y trazos carmesí; dispositivos para medir el tiempo que se derramaban desde un cubo junto a la costa, una llama invisible revelando el rostro de un anciano, un jardín en donde todos bailaban y se devoraban a sí mismos, justo antes de ser arrojados al fuego.

       Abajo, debajo del piso, reposaban los artistas. Santiago también guardaba con celo los trajes y los vestidos con los que fueron enterrados.

       Santiago recordaba las obras adornando el interior de los rascacielos. Colgadas, sostenidas por una espina metálica, montadas en serie, una tras otra, suspendidas en la oscuridad de los pasillos. Ahora Santiago me señalaba con el dedo donde las guardaba, como un vigilante que nos indica que la salida es por el interior de un túnel sin retorno.

       Sucede así… La idea cobra forma dentro del cráneo. Recorre los tejidos hasta llegar a los dedos. Allí las uñas acaban llenas de color y mugre. La invención termina sobre una superficie que narra una historia, como la cacería recreada sobre una enorme roca al fondo de la cueva; siglos después, bodas, banquetes, crucifixiones de dioses, un hombre sin oreja, una procesión de máquinas, creadores traslúcidos hechos de pensamiento puro. “¿Cómo crees que pintarán los humanos del futuro?” me preguntó, sosteniendo un pequeño cilindro de cobre que cabía dentro de su puño.

       “No necesitamos beber tanto,” me explicó antes de meter el contenedor en el bolsillo de su saco, “apenas unas gotas.”

       Después de años experimentando, Santiago descubrió que un tipo de pintura amarilla con rastros de arsénico, ha sido la causa de los delirios más terribles en muchos pintores. En realidad, lo causa ese amarillo, mezclado con la saliva, un tipo de tierra, y otros compuestos biológicos.

       Tomó mi mano y bajamos por unas escaleras. Su sótano guardaba artefactos que servían para manipular la carne. En el centro nos esperaban los cuerpos. La mayoría de ellos ya estaban rígidos; pero uno en particular se mantenía suave. Como si su piel se hubiera tejido con tiras de seda.

       Aquí, Santiago cultivaba los cadáveres de los iluminados. Los llamaba “los iridiscentes”. Y se preservaba el pigmento de ese amarillo en las uñas, en la boca y en las entrañas de los difuntos.

       “Se llama el ‘Amarillo de Antimonio’. Se dice que ese es el color verdadero del sol. Al principio, un grupo de apóstoles intentó recrearlo. Todos acabaron ciegos.” Santiago se desplazó hasta alcanzar un cofre con botones azules. Destapó un orificio y de allí extrajo un tubo que arrastró de vuelta a la mesa. Tomó la punta de la manta y la retiró hasta exhibir a una joven que yacía muerta. “No fue sino hasta que muchos años después, se usaron los pétalos de una flor ámbar untada con la tierra de ciertas tumbas”, concluyó.

       Humedeció su pulgar, y con él, acarició los labios sin vida de la joven. Luego, conectó el conducto grueso en la boca inerte. Se tomó unos minutos para contemplarla. “Ella le dio colores a esas sombras que se manifiestan con el atardecer. Pintó al sol detrás de los árboles que rodean a un lago. Un puente que flota ante su reflejo. La luz pulsando, titilando sobre el agua, provocando un prisma que rebota con todo. Esa obra maestra contiene colores que no existen. Ella los inventó.”

       “Pero… la tumba de quién?”, quise saber. Santiago solo sonrió y volvió al cofre. Apretó tres botones azules, y la caja comenzó a inhalar y exhalar por el otro extremo del tubo.

       “Haber utilizado ese amarillo”, y entonces Santiago extendió su brazo para delinear un cementerio imaginario. “Hizo que estos artistas fueran llamados al abismo de la locura. La misma locura que ofrecería a cambio, belleza y perfección a la humanidad.”

       Santiago creía que el veneno sublime de ese amarillo descansaba en los restos de la muerte. Estaba convencido de que en su néctar se escondía el ingrediente principal, causante de síntomas extraños, atribuidos a espíritus; como el ver los fantasmas de seres queridos, abrir pasadizos a universos paralelos y comulgar con las versiones de nosotros mismos, esas que habitan en otras realidades.

       Y desde lo más profundo de la figura que descansaba sobre su camilla, esa que apenas dejaba de ser una niña, extraería un elixir delirante. Una llave que abriría esos corredores secretos que antes conducían a ninguna parte.

       El grueso tubo succionó lo que quedaba de ella. Se escuchó un chasquido dentro del cofre. Una cadena se soltó, levantando tres poleas miniatura, engranando las tuercas como sucede en las vísceras de un reloj. Al terminar la mezcla, un aceite amarillento goteó hacia el pequeño cilindro de cobre. Santiago lo tomó, esta vez sin sonreír. Se detuvo por largos minutos ante la nada. Había aprendido a robar la única luz que faltaba. La última en este lugar. Ahora, ni siquiera la oscuridad podría formarse.

       “Ahora solo queda el color de las sombras”, pensó.

“Ven a beberla conmigo arriba”, me susurró, ahora sí sonriendo. “Bebámosla juntos”.

Tomé de nuevo su mano.

¿Quién dijo que el horror no puede existir en los lugares más hermosos?

 

 

@pabloerminy

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